sábado, 4 de abril de 2020

DÍA 20: Las cuatro y diez


Esta tarde he esperado inquieta a que fuesen las cuatro y diez, para ver si la gente se asomaba a cantar ‘Al alba’ desde todas las ventanas, que será siempre un himno de libertad. Pero suena el silencio cuando el reloj marca las cuatro y diez. Me cautivaba tanto esa breve canción de Aute que, en lugar de soñar con príncipes azules, yo creo que crecí soñando con sentir la melancolía de besos de papel arrugados en el tiempo. Todo lo importante permanece en el sabor de un helado de fresa, o en una canción que cuando vuelve a sonar precipita un torrente de turbadoras emociones, que evoca aquel instante de palpitante despertar.

Hoy iba a ser un día de plácido sosiego, de lectura tranquila. Pero en esta tarde azul la muerte resucita a Aute, y sus versos y sus discos llaman a mi memoria. Siento que habitan en el pasado. Algunas canciones me hacen daño, como las fotografías a las que no quiero asomarme, porque me envenena el desasosiego de que solo somos el tiempo que nos queda.

Una vez leí que cuando somos jóvenes inventamos futuros distintos para nosotros, y que cuando somos viejos inventamos pasados distintos para los demás. Supongo que el tiempo va fundiendo la memoria de aquello que fuimos y de aquello que imaginamos ser en un guión, en el que también se enredan escenas cinematográficas, lecturas y las melodías que nos hicieron sentir y que hemos hecho nuestras.

Somos los libros que hemos leído, las películas que nos emocionaron, la canción que aún hoy nos acaricia la piel desde aquel ayer, cuando el futuro todavía estaba por escribir.
Aquel tiempo a estrenar en el que la vida se deslizaba a toda velocidad, cuando todo temor se diluía en una impetuosa efervescencia.
Aquel tiempo excitante, volcánico, repleto de inexplorado placer y emoción, en el que gran parte de nuestros sueños se forjaban también a través de las películas, que entonces aún crujían al iluminarse el proyector. En salas de cine donde se enhebraban susurros y miradas furtivas.
Aquellas sesiones de estreno que a veces se vitoreaban con encendidos aplausos.

También pienso como se parecen todas las vidas, todos los recuerdos. Cuántas experiencias íntimas son en realidad un lenguaje universal compartido.
Quién no ha sentido el temor a que no exista el olvido, a adivinar el pasado en todos los rincones, a que los lugares que frecuentamos se vuelvan tristes.
Quién no ha caminado por la calle anhelando un tropiezo a la vuelta de cada esquina. Volviendo la cabeza para tratar de reconocernos entre la gente.
En algún lugar suena un bolero y nos estremece una infinita melancolía. Como esta tarde que se apaga entre recuerdos, cuando aún tendría que estar construyéndolos.

Pienso en cuantas veces hemos preferido permanecer invisibles para el otro. Y, también, como un encuentro a las cuatro y diez, en el velo de la distancia, nos desnuda en el tiempo y lo hace parecer menos interesante.
La luz del día, la conversación trivial y forzada, las miradas disimuladas, nuestras voces. Todo raro y ajeno. No somos los mismos.
Yo también tenía prisa por marcharme.

viernes, 3 de abril de 2020

DÍA 19: Suena el timbre



Esta mañana, muy pronto, mi vecina ha llamado a la puerta. No me ha cogido por sorpresa. He pasado la noche en una extraña vigilia, en un desasosegante duermevela. El viento zarandeaba el andamio que cubre la casa de enfrente, y en el silencio retumbaba el eco metálico de un xilófono que parecía dar campanadas a martillazos. Cada vez que me despertaba oía toser a través de los tabiques. Escuchaba pasos y susurros.

Pasé largo tiempo despierta, con los ojos inútilmente abiertos en la oscuridad de la habitación. Sentí un extraño desamparo. Durante los primeros días de confinamiento temía enfermar. Llegué a ponerme el termómetro cuando tuve un escalofrío. No podía respirar bien. Daban las ocho y abría la ventana, aplaudía sacudida por sollozos para exorcizar el miedo. Pensaba que era la situación más extrañamente aciaga que me había tocado vivir y temblaba, sentía mucho frío y una palpitante fragilidad.

Después, los días fueron sosegando este temor inicial. Es ciertamente sorprendente la ligereza con la que nos acostumbramos al hábito. La verdad es que muchos de nosotros, también antes, estábamos solos. Mi vecina del quinto, Pulcro el del octavo, Petrita la de enfrente. A la hora de las vísperas, en la oración del atardecer cuando ya declina el día, somos mayoría quienes nos asomamos en solitario a las ventanas.  

En el perímetro geográfico que habito la liturgia de las ocho no es nueva. Cada día a esa hora, cada viernes por la tarde, el centro de la ciudad se apaga cuando cierran los comercios y los bares, en un letargo de soledad y silencio. Hasta que el lunes la  alegría de los escaparates devuelve la vitalidad efervescente a las calles grises con peatones invisibles.

Cuando veo a mis vecinos en las ventanas me pregunto si lo suyo es una soledad elegida, si militan en un individualismo de convicción o de desesperanza. Me temo que una epidemia de soledad, antes imperceptible en medio del barullo, ha convertido el corazón geográfico de esta ciudad en un espacio áspero para vivir. Reserva de solitarios y veteranos; de tapete y mesa camilla, de miradores mudos y tendales tristes, de nidos vacíos. Negocios y despachos conquistan las entreplantas de portales sin apenas vecinos.

Acompañando estas evocaciones pesimistas, el viento siguió haciendo vibrar los tendales y el andamio tocando su monótona melodía. Fueron pasando las horas ciegas y lentas. Percibí un desacostumbrado ajetreo en el piso de al lado.

Cuando sonó el timbre a las ocho de la mañana supe lo que iba a pasar. Abrí la puerta. Mi vecina Tea me habló desde la suya, con un pie en el descansillo que compartimos. Estaba en bata, llevaba guantes. Me costó entenderla porque la mascarilla parecía sofocar su aliento. “Estamos enfermos”, me confesó agitadamente. Me quedé paralizada, incapaz de dar un paso hacia ella, meditando si debía vencer mi desaforado temor al contagio y cruzar el rellano para abrazarla. Permanecí inmóvil, abrumada. Desconcertada. Tuve la tentación de cerrar la puerta y seguir la conversación a través de ella. Me pregunté –avergonzada, pero me lo pregunté- cuánta distancia es capaz de saltar un Covid para alojarse en otro cuerpo. Recordé la habitación sin la puerta que ayer alguien abandonó junto al contenedor, y me venció un infinito desasosiego.

Ella siguió hablando. “No te acerques”, me pidió. Y recibí esa dispensa como un gesto de afecto infinito. Ella y su marido tienen fiebre alta y mucha tos. Yo asentía mientras iba narrando los detalles, en el frío de la escalera.

No me ha dado tiempo a ponerme las gafas y en la distancia de puerta a puerta no percibo nítidamente su rostro. No solo eso está borroso. Siento que se quiebra el confort de mi confinamiento, que no puedo permanecer más tiempo a salvo.
Han llamado al teléfono de la desesperanza y les han recetado paracetamol. Improviso algunas frases para tranquilizarla. “Todo saldrá bien” –repito el mantra oficial- y me ofrezco para ir a la farmacia o al supermercado. Nos dicen que todo volverá a ser como antes, aunque sabemos que se abre un abismo bajo nuestros pies.

Nos despedimos entre lágrimas. Cada una a un lado de esa metafórica trinchera. Nos separa una distancia extraña.
Cierro la puerta. Abro el armario y saco el pantalón de punto negro y un jersey. Busco unos zapatos y cuelgo un abrigo del perchero. Preparo el bolso pequeño. Cojo un par de guantes de plástico morados y voy el cajón de las medicinas de mamá. Ahí está la mascarilla azul que reservaba para una ocasión especial. Dejo todo en un sillón. Respiro hondo. Ya estoy preparada para salir al rescate de cualquier emergencia.
Alguien desde el quinto piso empieza a tocar el piano y la música fortalece mi ánimo como bálsamo frente a la tempestad.

jueves, 2 de abril de 2020

DÍA 18: La puerta



Cuando nos hemos despertado ya estaba allí. Una puerta. En la calle, junto al contenedor de basura. Lacada en blanco. Parece estar en perfecto estado, no está rota. Así que, esta mañana, pronto, cuando han empezado a rugir las persianas al desperezarse, todos hemos mirado hacia la calle con estupor y cierto desconcierto. Algunos sacudían la cabeza con incredulidad desde las ventanas, otros nos intercambiábamos miradas interrogantes. Petrita, la del tercero, saludaba a todo el mundo desde su mirador con impetuoso alborozo, mientras Paco el invisible se acercó al contenedor y empezó a propinarle pequeños puntapiés, como si temiese una resurrección que la enervase en pie. Más tarde, Pulcro, el del octavo, estuvo husmeando alrededor de ella en busca de pruebas, mientras Dandy ladraba al trozo de madera con ofuscada vehemencia.

Yo también me sumo a los balcones de curiosos. La puerta abandonada en el contenedor es una extraordinaria novedad, en la que nadie hubiésemos reparado hace solo unos días. Hoy, sin embargo, nos intriga y queremos leer en ella una historia. Qué casa abrigaba y por qué ha dejado de hacerlo.

La presencia de la puerta es toda una metáfora en tiempos de confinamiento. Las puertas se abren y se cierran. A través de ellas se entra y se sale. Son por tanto una bisagra hacía los sueños y las pesadillas. Nos bendicen con la intimidad y nos hieren sus cerraduras. Hacen que exista algo fuera y que exista algo dentro. Y también que las dos cosas sucedan sin mirarse la una a la otra.

La ingenua transparencia de una ventana no la hace más frágil, es una trinchera infinitamente más amarga que la textura maciza de una puerta. Entre la vida y yo hay un cristal tenue –recitaba Pessoa- por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla.

Hoy, la aparición de esta puerta en la acera parece habernos inquietado a todos. Es algo que está fuera de quicio y nos preguntamos por qué. Algunos vecinos siguen asomados a las ventanas, otros sacan de vez en cuando la cabeza para comprobar si sigue ahí. La puerta no se mueve, claro. Un coche detiene su marcha para mirarla. A lo largo del día, varios conductores han bajado la ventanilla al pasar junto al contenedor y después, antes de acelerar su marcha, han mirado alrededor como si esperasen que alguno de nosotros les diese una explicación. A media mañana paró un coche de policía. Tres agentes salieron y rodearon la puerta. Pero no pasó nada. Fue una simple ceremonia de contemplación.

Todas las personas que caminan por la calle se la quedan mirando con expectación. Se detienen unos segundos, como si esperasen el milagro de percibir el aliento de su inanimada esencia.

Nadie la ha tocado. Antes se bajó un señor de una furgoneta y por un momento contuvimos el aliento desde las ventanas pensando que se la iba a llevar. Se rascó varias veces la cabeza y se marchó mirando hacia atrás con cierta melancolía, como quien deja atrás un amor mientras arranca un tren.

Tuvo que ser depositada furtivamente, en las sombras de la noche. Me pregunto si lo habrá visto el gracioso de la careta de Darth Vader que hace señales con la linterna desde el balcón. O su compañero de conversación nocturna en morse.

Ya son las cinco de la tarde y ahí está, extendida como una alfombra en el suelo. El sol hace brillar los apliques dorados. Desde la altura de mi ventana siento el arrebato de tirar del pomo. Me imagino que al abrirla aparece un luminoso pasadizo de escaleras hacia un lugar lejano. Como si la puerta no hubiese estado allí accidentalmente, como si detrás de ella despertase una aventura contra el desasosiego de los días. Imagino también que alguien llega con pasos decididos por la calle, abre la puerta y desaparece tras ella. Entonces, yo no sé si lanzarme a ese vacío o permanecer en el mío propio. En esta angustia extraña, en el frío triste y resignado, en el vacío y en el silencio que habita detrás de los cristales.

Imagino que no tengamos puertas. Que sería como no tener fronteras. Aunque no nos rozásemos, parecería que ninguna barrera contiene la epidemia. Pero anoche alguien arrancó una puerta de sus bisagras y la envió al exilio. Pienso ahora en una casa mutilada, una habitación siempre abierta al fondo de un pasillo. Me pregunto cómo silba el viento dentro de una casa sin puertas. Si hace frío o, si por el contrario, sopla un aliento cálido.

Una casa es un mundo, un nido blando que versó Alfonsina Storni. Es darle al ser humano su cáscara, decía Le Corbusier. Un lugar sin llaves, donde nunca hace frío. Donde se guardan las tardes azules de la infancia y esperan los libros que leímos, álbumes de fotos, sueños olvidados en cajones con pañuelos de tela, caligrafías antiguas y boletines de notas escolares. Nuestra vida está escrita con tinta invisible sobre las paredes, sobre la colcha donde nos abrazaban nuestros padres cada noche y donde, más tarde, lloramos los naufragios de sueños adolescentes.

Siempre que volvemos se disipan los temores. Es una estación cálida que custodia otoños alegres y primaveras tristes. Las casas donde hemos crecido son portales de la calle melancolía. El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres. Si derriban mi casa ‘yo no sabré donde guarecerme / porque todas las puertas dan afuera del mundo’, proclamó Benedetti.

Ya se había hecho de noche cuando tembló una voz: “¡Se llevan nuestra puerta!”, lamentó un niño desde un balcón. Todos nos quedamos un poco huérfanos y nos fuimos a dormir pensando que mañana íbamos a extrañar su ausencia.

miércoles, 1 de abril de 2020

DÍA 17: Soñar y volar



Ningún día es igual a otro, aunque los dos transcurran en la misma monotonía. Ni siquiera aunque lo que sucediese en ellos fuese idéntico, aunque repitiésemos cada rutina, cada gesto. Aun así, la misma persona los percibiría de una manera diferente. Diría que, incluso, incontrolable. Si ayer disfruté haciendo un puzzle, hoy me hastía. Si ayer sentí una enorme placidez asomada a la ventana, hoy me inquieta.
No son los días, ni son las circunstancias. Somos nosotros.
Cada despertar es diferente. Una mañana nos apetece saltar de la cama y otra amanecemos con el ánimo apagado. Hay días excitantes, afligidos, inspirados o tristes. Emociones que inconscientemente nos sacuden al abrir los ojos.
Algunas veces tiene sentido. Me levanto alegre porque hoy estreno un vestido para citarme con alguien que me gusta. Otros amaneceres crean un perturbador desasosiego porque no tienen explicación.
Esta mañana no me apetecía abrir los ojos. Eso que hoy, miércoles, día 19 del calendario del cautiverio, parece idéntico a ayer y no alumbra ninguna inquietud. Me desconcierta sentir este desánimo sin motivo aparente. Cuando tengo un despertar amargo mi receta es hacerme un test. ¿Me duele algo?, ¿está alguien enfermo?, ¿hay alguna catástrofe a la vista?, y entonces concluyo que la ausencia de tragedias es un motivo infinitamente poderoso para tener un buen día. Supongo que eso solo lo aprecian quienes han sorteado algunos naufragios.
La mayoría de mis días ahora son efervescentes, aunque en ellos nunca sucede nada extraordinario. Precisamente por eso. Me encantan la placidez y la anarquía de las jornadas sin horas, en silencio, sin ningún dilema.
Hace tiempo que percibo que me inquietan los días especiales. Limpiar los cristales u ordenar un armario se convierte en un ejercicio de evasión hacia paraísos imaginados, disuelvo debates mientras paso la aspiradora y, de repente, vuelo hacia la estantería a buscar en un libro algo que recuerdo haber leído. Qué pequeñas son mis tentaciones.

Para levantar el ánimo al día gris me he vestido como si fuese a salir a la calle. Me he puesto maquillaje y después he recorrido la casa reflejándome en los espejos. Se me ha ocurrido ponerme zapatos de tacón y he alborotado las cajas de todos los que llevo años sin usar. Ahora mismo tengo puestos unos rojos de charol con tacón alto y cuadrado, que nunca me atreví a estrenar.
El truco ha funcionado. Me siento más confortada. Pienso en la gente que se queja por tener que estar encerrada en casa. Me vienen a la cabeza las filas del casting de Gran Hermano. Miles de personas compitiendo por entrar dentro de una jaula televisada. Ellos están confinados por dinero y fama. Nosotros para salvarnos.
Anoche recibí un mensaje de un conocido. Dice que ha perdido la libertad porque ya no puede salir, ni correr, ni andar en bicicleta. Lo pienso un rato mientras intento cocinar una receta nueva y decido que no se puede confundir la libertad con la actividad. 
Ojalá la libertad fuese algo tan fácil de alcanzar viajando, paseando, comprando. La verdadera libertad es la libertad de pensamiento, proclamaba Sampedro. Supongo que esa puede seguir existiendo desde cualquier habitación. Puede romper cualquier cerradura. 
Hace veinte días podíamos coger un avión a cualquier rincón del mundo. Me pregunto si entonces éramos libres. Si ese billete es la libertad. 
Yo empecé a crecer con la primera frase de aquel libro escolar, ‘Senda’. “Había una vez un pedazo de cartón que quería ser cometa”. Que encierra una metafórica subversión contra el destino, que podría ser el principio de cualquier vida. Soñar y volar.

martes, 31 de marzo de 2020

DÍA 16: El viento comenzó a mecer la hierba



Las letras ya no viajan en papel pero sigue viniendo el cartero. Después de diecisiete días algunas cartas sobresalían de mi buzón. Mi vecino del octavo, un señor de bigote y corbata, me las ha dejado sobre el felpudo. Ha golpeado discretamente la puerta con los nudillos pero, en este silencio ha sonado como el inesperado eco de un trueno. Doy un respingo, oigo un leve carraspeo y unos pasos que se alejan rápido por la escalera.

Abro la puerta y empujo las cartas con el pie. Al señor del octavo le llamamos el Pulcro. Estirado, maniático. Remilgado y afectado. Yo, en cuestión de huraños, prefiero el desaliño irreverente y vitriólico de un Houellebecq.

Pulcro sale todos los días sin el perro a comprar el pan y el periódico. Después pasea a Dandy. Los martes va a la Plaza y los jueves al supermercado. Una vez a la semana pasa por la farmacia, los viernes baja al garaje a arrancar y limpiar el coche, y los domingos come en casa de su hermana, cercana a la nuestra.

Pulcro vive exactamente igual que antes de la cuarentena, solo que ahora siempre lleva puestos unos guantes de jardinería. Increíblemente, el estado de alarma ha sido incapaz de alterar su inquebrantable rutina. Todas las mañanas se asoma en batín al patio desde la ventana de la cocina. Arregla las plantas con un tenedor pequeño, emite sonidos como “buff” y “hum” y para concluir la liturgia da la vuelta al ruedo de tendales con inquisidora mirada.

Cuando quiere reprocharnos algo lo hace dirigiéndose al perro. “¿No crees que hace falta pintar los rellanos, Dandy? En esta comunidad nadie hace nada”, le pregunta mientras compartimos ascensor. A veces me dan ganas de soltarle un par de ladridos.

Revuelvo las cartas con los pies porque no quiero tocarlas. Pulcro lleva diecisiete días con los mismos guantes de jardinería puestos y no me fio. Me pregunto cómo podré desinfectar los sobres. Decido que es imposible así que –receta de la abuela Estrella- voy a empujar las cartas debajo del felpudo con la punta del pie. Cuando todo esto acabe calculo que ya se habrán muerto los virus y podré rescatarlas.

Al revolver los sobres un papel levantó el vuelo y se coló en el recibidor. Me puse guantes y lo mandé al exilio del felpudo, algo incómoda por si hubiese soltado su carga letal sobre mi alfombra.

Recordé entonces que una vez alguien metió por debajo de mi puerta una cuartilla de propaganda de otra religión ajena a mi propio bautismo. Había un dibujo de un prado verde en una tarde azul, con espigas doradas que un murmullo de viento acunaba con ternura. Un árbol de hojas alegres, un cielo de luz, un hilo de agua alborozado y un pájaro amarillo.

Aquel retrato de ese horizonte cálido, esa trinchera metafórica, desbordaba una enigmática paz. Lo guardé en un cuaderno y durante mucho tiempo me distraía a menudo en su contemplación. Llegué incluso a colmar de caricias inútiles aquella estampa de papel.

En realidad el dibujo, que todavía conservo, era de una ingenuidad desconcertante. Evocaba esas láminas infantiles que el niño que habita en todos nosotros repite una y otra vez cuando nos poníamos a dibujar. Cuando todavía mañana era nunca, cuando aún no habían despertado los sueños rotos.

Hace unos días abrí un libro y de sus páginas se escaparon algunas imágenes que agitaron latidos viejos. Acierta el verso de Emily Dickinson que le da título, el viento comenzó a mecer la hierba. Porque así sucede. Todo empieza y acaba con un aliento. Algunos versos remiten a aquel imaginado escenario. Cuando la felicidad que perseguíamos era un campo, un árbol, un río y un cielo. Después se vuelven ilusiones ciegas. En lugar de recrearnos en esos paisajes, los borramos para después evocarlos artificialmente. Nos pasamos la vida intentando reproducir la naturaleza dentro de burbujas. Sacamos las vacas de los prados, arrancamos los tomates de la tierra para crecerlos en invernadero. Y, ahora, hasta nosotros mismos estamos en cautividad y palpamos únicamente un mundo virtual.

El dibujo de aquella postal, el lugar al que tantas veces hemos viajado con la imaginación, se esconde en una geografía propia. Para hacer ese viaje, Dickinson se encerró gran parte de su vida en la habitación de su casa. Solo pudo llegar tan lejos porque nunca fue a ninguna parte.

Imagino que estoy sentada en un banco de cualquier calle. Cierro los ojos para poder atrapar un prado verde, una tarde azul y un pájaro amarillo. Y, entonces, oigo el susurro de esa primavera rota que choca contra un cielo de cemento. Hierba que ya no puede mecer el viento.

lunes, 30 de marzo de 2020

DÍA 15: La llamada



Abro los ojos sobresaltada. Alguien llama a la puerta. No veo nada desde la mirilla. Pregunto quién es y solo responde la música de la lluvia sobre la ventana de la escalera. Aturdida, miro el reloj. Son las nueve de la mañana. Demasiado pronto para estos días sin horas. Espero en silencio de pie, a un palmo del pestillo, aún en pijama, hasta que finalmente me retiro con pasos sigilosos para que no me escuche la nada que espera agazapada al otro lado de la puerta.
Pasa un rato y suena el teléfono. “Te he mandado a Paco con unos sobaos”, dice mi vecina Petrita. Abro la puerta y aparecen colgados del pomo en una bolsa de plástico. Para Petrita –que por determinación propia todos los años cumple 89- los sobaos son medicinales. Abren el apetito de un enfermo, mejoran la apendicitis y los esguinces. Cómo no iban ser los sobaos de Petrita antídoto contra el coronavirus. Siempre manda media docena. Los trae Paco ‘el invisible’, portero del edificio. Deja los sobaos como quien mete un anónimo por debajo de la puerta y se esfuma. Una vez, cuando mi madre padeció una de sus largas convalecencias, se nos llegaron a juntar seis docenas y media. Era imposible digerir el generoso ritmo de Petrita.
Aprovecha, y me da conversación. “Asómate, que así nos vemos mientras hablamos”. Cuando me acerco al ventanal la veo en el tercer piso del edificio azul. La distancia no me permite adivinar si está sonriendo, pero veo su mano saludando con efusivo ritmo. A Petrita le encanta la cultura del visillo. “Llevo yo mucha ventana”, me dice simpática. Me confiesa que el ruido de los aplausos de las ocho trastorna a las gaviotas que empiezan a volar y a chillar sumándose a la algarabía, “por eso no salgo, me da miedo”.
Metida ya en confidencias le pregunto si sabe quién vive en el balcón de barandillas blancas. “Si, si” –empieza con entusiasmo- “encima de la joyería, que esa fue de unos amigos de mis padres que, verás, te voy a contar”. Me voy a por el plumero y largo rato después de haberme contado todos los inquilinos que ha tenido el edificio desde 1943, concluye: “pero no te se decir quién vive ahora allí” y cambia de tema instantáneamente. Según ella, estando bien alimentados no entra la peste, por eso no teme al coronavirus.  Pero no le gusta que digan que es una enfermedad de viejos.
Me despide anunciándome más suministros de sobaos que, en estos tiempos de confinamiento, Paco el invisible debe conseguir de extraperlo.
Mi conversación con Petrita me lleva a una reflexión. No hace tanto, los jubilados salvaron de la crisis a hijos y nietos. Antes resistimos gracias a sus pensiones y ahora se les lleva a ellos por delante el maldito coronavirus y los telediarios nos predican que son mayores, como si eso justificase el sentido de su acelerado final.
Nuestra memoria es frágil. En la crisis también utilizaron la economía contra nosotros, contra las personas. Y hoy, leo con desasosiego que algunos insisten en tropezar con la misma piedra, en volver a poner la economía por delante de la salud y de la vida. Algunos que se consideran inmortales, predican desde las atalayas utilitaristas y despiadadas en las que habitan, desde donde no pueden ver lo que todos tenemos delante de los ojos. Esta vez, todos somos vulnerables.
Siempre la economía. Por delante de la vida,  por delante del futuro del planeta. Ayer pensaba cómo saldremos de esto, que pasará después del primer día de alborozo. No hace falta esperar a que todo acabe. Ya se han anticipado a recordarnos que tenemos que sacrificarnos por la economía. Otra vez.

domingo, 29 de marzo de 2020

DÍA 14: La lluvia del olvido



Han empezado a caer gotas que resbalan como lágrimas por los cristales. Es el primer día de lluvia del confinamiento y casualmente –por poco poético que resulte- he puesto la lavadora. Así que me asomo al patio, alborotado por las prendas que cimbrean desde los tendales y las exclamaciones de las vecinas que, apresuradas, extienden plásticos, retiran pinzas y miran al cielo para leer en las nubes si a va a prosperar el aguacero. Algunas comentan que nos van a ‘geolocalizar’ los móviles. Me divierte su preocupación, cómo si nuestros movimientos, en este patio de vecinos, fuesen a interesar a alguien en este estado de monotonía.

Una vez aviados los tendales se cierran las ventanas y se hace el silencio. Es media tarde, me siento en el sillón del ventanal frente al cielo gris. Saco el teléfono del costurero. Lo castigo ahí para que no me distraiga, para poder leer del tirón un periódico o escribir sin perder el hilo. Empecé a aplicar esta terapia el día 5 del confinamiento, desesperada por el desbocado torrente de mensajes que era incapaz de procesar. Me angustió, además, tanto material vinculado a los maléficos virus. También recibo más llamadas. Cuando se anticipan largas, algo frecuente estos días, he tomado la determinación de coger el plumero. Herramienta que me encanta. Tengo uno, seguramente de auténticas plumas falsas de avestruz. Así que, cuando me reclama el teléfono tomo el fusil de combate y quito el polvo mientras alimento la conversación. Lo cual resta tedio a la operación. A veces, a ambas.
Anoche, por ejemplo, quedó reluciente hasta la lámpara de bronce de la abuela Estrella, que sigue prendida del techo como un faro. Mi abuela tenía una memoria prodigiosa hasta que un día empezó a funcionar al revés. El pasado se hizo presente y el presente no existía, por cuanto ella vivía en un recuerdo. Se alteró la línea del tiempo, lo cual nos pareció siempre extremadamente inquietante.
Una mañana la abuela Estrella preguntó quién era esa mujer que la miraba fijamente desde el espejo, incapaz de descifrar su propio reflejo. Tuvimos la certeza de que ya no regresaría de aquel viaje al recreo de su infancia, a donde hasta entonces emigraba repentinamente en mitad de una conversación.
Al principio, a ratos, la abuela era la niña que jugaba en el corral de la casa donde creció. Vivía un presente con atormentados saltos al pasado. Un combate con la memoria que mantuvo durante años amargos.
Creía habitar otro cuerpo, se acariciaba unas trenzas invisibles y llamaba a sus padres que desde este lado del espejo, que nosotros tomamos por real, no podían acudir a consolarla. Nos convertimos en extraños para ella, puesto que regresó a un pasado en el que aún no existíamos.
Empezó a vivir en un mundo propio. Creía que su habitación era el patio de su infancia, que las gallinas corrían por el pasillo de casa picoteando los geranios, que su hermana Concha pronto regresaría de la escuela para jugar. Descubrimos que para ella era un doloroso desconcierto tratar de arrastrarla de vuelta al presente, así que nos enredamos en aquella fantasía.
Poco a poco fueron menguando los relámpagos de lucidez. Después, solo hubo ausencia. Un silencio que dibujó en su rostro el desamparo, un ánimo inexpresivo, como si Estrella ya no habitase en él.

Durante estos años a veces nos apretaba la mano y parecía hablarnos con los ojos desde algún rincón del olvido. Nos preguntábamos qué sentía aquellos días mudos, si fue plácido el letargo que la meció en la cuna de su segunda infancia. Quizá solo podemos aliviar la enfermedad del olvido alumbrando infancias felices. Para que tengan un recreo y no un infierno al que acudir si, algún día, los años les llevan de regreso a esa patria.
Se apagó un día de Navidad. La niña de las trenzas que no se reconoció en el espejo de su vejez. Aquel día que no nos atrevimos a decirle: ‘Así serás tú de mayor’.

sábado, 28 de marzo de 2020

DÍA 13: Desayuno con Cortázar




Una vez escuché que en Japón hay bares tristes donde la gente se sienta a llorar en los taburetes de las barras. Lo recordé esta mañana en el desayuno mientras leía la entrevista a María Kodama que publica El País. Dice no saber muy bien en qué trabajaban sus padres porque, al parecer, los hijos de los japoneses –como ella- nunca preguntan. Renuncio al resto del texto, porque sospecho que estará contaminado por idéntica impostura.

Apuro el café con la mirada prendida en Buenos Aires. Una ciudad que me fascina tanto que no quiero conocer, por si se rompe el encanto. Mientras estoy en la ducha sigo pensando en Argentina y evoco –por este orden- a Borges, Marco y Amedio, y Calamaro. Llego a Cortázar y entonces me viene a la cabeza, como rayo iluminador, su relato sobre el atasco en la autopista.

Ya estoy vestida con el alivio de no tener que pensar qué me pongo. Me asomo al ventanal del salón. Cierro los ojos para sentir el sol en mis manos, en la cara. Llevo quince días de confinamiento. Solo he bajado tres veces al portal. Hoy es sábado. Tendría que haber pasado la aspiradora. Ahora mismo estaría escribiendo la lista de la compra. Después comería con mis sobrinos y, entre carcajadas, me dejaría ganar al parchís para disfrutar de su ingenuo alborozo.

Es un sábado, pero no es sábado. Es un domingo infinito, un martes constante. No puede ser sábado un día que es igual a un lunes. Entonces, o todos son sábados o todos son lunes. O de repente los días no tienen nombre, solo el número del calendario del confinamiento. Hoy es el día 15. No tiene identidad propia. Me pregunto si nosotros –en esta realidad detenida, en esta fotografía fija- todavía seguimos teniendo nombre. Nos llaman ciudadanos y compatriotas. Mueren personas que suman números, sin rostro y sin nombre.

El sol no tiene fuerza y el aliento de este día azul me ha enfriado la nariz y las manos. Desde la ventana pienso que el cuento de Cortázar se parece ahora a nosotros. En él también todo fluía de manera inconsciente, cotidiana, hasta que se paró de repente. Y nos hemos quedado aquí, detrás de las ventanas, en nuestras casas, como los conductores atrapados en aquel imaginado atasco de la autopista del sur que duró varios meses.

Nosotros solo llevamos dos semanas que han puesto del revés nuestro mundo, quince días que lo han sacudido todo. Como aquellos conductores de la autopista hacia París, al principio nos revelamos contra el infortunio, con reproches y exabruptos. No era para tantopor qué no se hizo algo antes, reaccionaron unos y otros ante el estado de alarma. Cuando llegó el lunes –en el relato de Cortázar sucedió a las pocas horas- salimos a los balcones para huir de la soledad y el silencio, y nos pusimos a aplaudir para ahuyentar el miedo.

Reaccionamos igual que aquellos conductores. La autopista al sur retrata el comportamiento de un grupo de personas atrapadas en un descomunal embotellamiento. Como brota lo mejor y lo peor del ser humano. Ante una situación límite, de nada les sirven sus automóviles individuales. Toman conciencia de que para superar la adversidad necesitan colaborar. Algunos se vigilaban por el retrovisor y un tubo de leche condensada –ahora sería una mascarilla- desataba un conflicto.
El cuento parece repetirse como una fatalidad en una noria trágica, ahora que somos nosotros los prisioneros, Ahora que nuestras vidas están atascadas dentro la jaula mientras los pájaros vuelan libres.
Cuando se disolvió el atasco los coches se pusieron en marcha, todos los personajes miraban solo al frente. Volvieron a sus casas y retomaron su vida normal.
Hace frío. Cierro la ventana. Me pregunto, con cierto temor, qué haremos cuándo salgamos de esto. No cómo será el primer día de alborotada efervescencia. Cómo serán los siguientes. Si miraremos por el retrovisor, si todo seguirá como estaba. Los días de la semana recuperarán sus nombres. Más allá, todo es incertidumbre.

viernes, 27 de marzo de 2020

DÍA 12: La habitación de Pili



Leo que se congela la primavera, que ha nevado tímidamente en Madrid y que soplará un aliento frío que llega de Escandinavia. No puede haber metáfora más rotunda del estado de malestar que padecemos. En el mapa prendido de los azulejos de la cocina repaso con el dedo el contorno de Noruega e imagino un paisaje gélido, verde y azul. Estoy tomando el segundo café del desayuno y mi propósito es ir al despacho a anotar en un cuaderno lo de anoche.

Antes, lavo el termo verde con los restos de Colacao. Era ya muy tarde cuando lo dejé en el fregadero. Entré en la habitación de Pili exactamente a las doce y veintitrés minutos. Lo sé porque nada más instalarme junto a la ventana, a oscuras, la envié un mensaje con la precaución de que la luz de la pantalla del móvil no revelase mi presencia: “Pili, acabo de entrar en tu cuarto. Tengo una misión, ya te contaré”. Permanecí dentro dos horas y veinticinco minutos, a oscuras e inmóvil. La persiana bajada solo hasta la mitad de la ventana. Me bastaba así para vigilar el objetivo a través del ligero visillo. 

Reconozco que la contemplación del balcón se me hizo soporífera así que allí, entre sus cosas, fue inevitable recordar el día que Pili apareció en esta casa. Con ella llegó una alegría que no habíamos conocido, a pesar de que las hermanas Agüero teníamos un mundo propio extravagante y divertido. Inventábamos palabras, nos encantaba comunicarnos con muecas y onomatopeyas. Nos tratábamos siempre de usted. “Oiga, señora, ¿jugamos a botones?” y de un saquito de tela del costurero de mamá salía un ejército. Todos tenían nombre. Los bautismos de nuestros muñecos siempre fueron peculiares. Carlos Saura, rubio, de plástico rígido. Lola Flores, también apodada Pecosina, y Felipe González, pelirrojo y con chupete. El preferido de Bego era más escuálido, Pelo de mujer. Porque nos recordaba al cardado de la abuela Estrella. Todavía Pili jugó con ellos e incluso alguno duerme en los altillos de esta casa. 

Estaba sentada frente a la ventana, desanimada y convencida de que no volvería a ver las luces. Aparté la vista del cristal y adiviné la silueta de las zapatillas de pana azul de Pili. Llegó con tres años y medio. Era la primera vez que veía una ciudad. En realidad, era la primera vez que veía algo más que el fascinante paisaje de alta montaña de su pueblo. Sus primeras frases se han hecho míticas entre las Agüero: ¿Por qué han tapado lo verde? preguntó al salir el primer día a la calle, y “¿dónde están las vacas?”, apostilló a continuación presa de un desconsolado estupor.

Fuera, persistía el silencio y la oscuridad. Decidí tomar el colacao y racionar las galletas. Me comí solo dos. Por puro aburrimiento abrí un cajón del escritorio para buscar el libro de colorear mandalas. Al ver la letra de Pili en un papel, menudita y perfecta, recordé aquel invierno cuando le se le ocurrió escribir lo que pomposamente bautizó como 'El libro de las enfermedades de  familia'. En realidad, un cuaderno de espiral amarillo que todavía conservamos. Allí aparece registrado el día en que mi primo Sergio se metió una alubia por la nariz, y cuando a mamá le dio un 'alcólico' de riñón. Cada vez que alguien tosía –no pude evitar una carcajada- se ponía en guardia con entusiasmo, por si empeoraba y podía abrir un nuevo registro.

Pili llegaba con el otoño y se despedía en junio. El verano se convirtió durante años en un tiempo de orfandad. La añorábamos con ansiosa intensidad y, en realidad, nunca estaba ausente porque se asomaba a todas nuestras conversaciones.

Una hormiga solo puede ser hormiga. Y hacer todos los días lo mismo, transportar comida al nido. A nosotros -desveló Sartre- nos condenan a ser libres. Yo nunca he sabido muy bien para que estaba hecha. Se cuál es mi trabajo, que es mi vocación. Pero ante tormentas y naufragios he sentido un apabullante complejo de inutilidad, el desasosiego de que todo lo que hago es prescindible. No puedo curar. No puedo salvar a nadie.  
Quizá lo mejor que he hecho en la vida es algo tan cotidiano como cuidar a otros. Por eso cuando llegaba el otoño nos vencía esa alegría efervescente en las pequeñas cosas que compartíamos con Pili.

Me puse un poco triste y me agaché a coger un pañuelo del último cajón de la mesa. Al incorporarme, el balcón hizo un guiño, como si pretendiese aliviar mis lágrimas. Hubo un destello, después otro y otro. Me quedé paralizada. Volvieron otra vez las luces, con idéntico ritmo. Un, dos, tres… La secuencia se repitió cinco veces. Entonces, alguien respondió desde el otro lado de la calle. No podía ver exactamente de dónde procedían los destellos porque el edificio queda oculto en la curva de la acera, pero percibía los reflejos con absoluta nitidez. Tenía el corazón acelerado y las manos muy calientes. Las señales intermitentes de las linternas se repitieron algunas veces más. No se cuántas porque eché a correr a oscuras al cajón de herramientas de papá, a rescatar los prismáticos. Los abrí con urgencia, pero los cristales estaban nublados después de tantos años sin uso. Aún así, a través de las lentes borrosas, en un fugaz destello, la linterna iluminó una sombra en el balcón de barandillas blancas que me sobresaltó vivamente. El misterioso individuo llevaba puesta una máscara de Darth vader. Más confundida que impresionada me fui a dormir.


jueves, 26 de marzo de 2020

DÍA 11: Cae la tarde



A las nueve y media de la noche dejé de dar pedales. Había ideado un plan. Cuarenta y cinco minutos de relajada rutina gimnástica en la bicicleta estática alumbran muchas reflexiones. Al principio no soportaba el aburrimiento del ejercicio, ahora lo he convertido en un tiempo de abstracción, dada mi acusada tendencia al ensimismamiento.
Desde la bicicleta había visto caer la tarde y cómo se iban encendiendo las luces de los escaparates antes que prendiesen las farolas que, más perezosas, van despertando poco a poco, del letargo a la llamada del ocaso. Es entonces cuando se adivinan las sombras a través de las las cortinas. Siempre me ha fascinado contemplas, más bien intuir, escenas cotidianas a través de los cristales, creo que es por influjo de ‘Mujercitas’ y de Dickens. Yo siempre soy la espectadora que quiere penetrar en los hogares como un personaje más.

Me embelesa el regocijo de los barullos tras algunas cortinas, y como solo puedo percibir la mímica me voy inventando los diálogos. Que es otro pasatiempo adquirido ya hace tiempo. Cuando estudiaba en Madrid, como siempre andábamos en apuros, a una de mis compañeras de piso se le ocurrió montar un negocio de lectura a domicilio. Buzoneamos montones de octavillas y nadie llamó. 
Pasó el invierno, llegó la primavera y una tarde de julio una señora llamó por teléfono. Quedamos al día siguiente en su salón acristalado atiborrado de cuadros, plantas, libros, alfombras y tapetes. Había mucho de todo y olía demasiado a nardos. Me entregó una novela que resultó ser muy floja. Una decepción. Al tercer día cogí confianza y empecé a alargar y a engordar algún diálogo. Acabé  improvisando incluso alguna mínima escena, también sobre la marcha.
Cuando se acabó el libro dijo que la había gustado mucho y quiso que lo leyese otra vez. No pude volver. Hubiese sido incapaz de recordar todas mis invenciones.

Practicar el doblaje de las escenas de ventana no me trae contratiempos. Pero mientras doy pedales pienso que de todas las que se van iluminando, como chinchetas en el perímetro de mi perspectiva geográfica, prefiero las individuales. Ahí no me invento diálogos, imagino emociones. Una lámpara prendida, una persona que come sola, otra sentada en un sillón frente al televisor encendido, un cigarro en la ventana. Unas veces siento calor y sosiego, otras vacío y soledad.  Una vez se suicidó un gato desde la ventana del quinto del edificio de ladrillo rojo. Éramos pequeñas. Recuerdo que su propietario siguió asomándose a ella, mirando al suelo, durante años. Se hizo viejo allí, contemplando su ausencia.

Después de bajarme de la bicicleta he comenzado los preparativos. Durante todo el día he pensado en las luces misteriosas y he decidido hacer guardia esta noche, por si vuelven a aparecer. Pienso que plantearlo como un enigma le dará un toque de aventura al confinamiento. También –lo confieso- me despierta una extraordinaria curiosidad.

Cuando terminé de cenar comprobé, aliviada, que aún tengo sobres de sopa para nueve días. Después he visto una película triste de Tavernier, que ya conocía, y pasadas las doce he cerrado las cortinas del salón antes de apagar la luz, por si había alguien mirando desde el misterioso balcón. Quiero que crean que me voy a dormir.
La cocina está en el sur, a cubierto de miradas indiscretas. He preparado un termo de colacao, que nunca tomo, pero me ha parecido que podría aburrirme durante la espera. A última hora, también cojo cinco galletas.
Mi plan es permanecer despierta vigilando el balcón desde las sombras. He sacado, del cajón de la habitación burbuja, el mapa que dibujé el otro día de la casa y he estado calculando desde qué ventana puedo ver con más precisión el sospechoso objetivo. Desde el ala oeste tendré mejor perspectiva. Eso supone adentrarme en el pasillo largo, la zona de sombras que nunca piso. La estancia más adecuada es la que tiene una mesa y un sillón junto a la ventana. Ahí podré esperar a oscuras sin ser detectada. Pero tendré que abrir una puerta, la de la habitación de Pili…