miércoles, 25 de marzo de 2020

DÍA 10: Una extraña luz en las sombras de la noche



Anoche sucedió algo. Eran más de las dos de la mañana. Me había quedado en el sillón del salón intrigada por alcanzar el desenlace de un libro. Me levanté, apagué la lámpara de pie y a tientas, entre las sombras, con los párpados vencidos, caminé hacia el ventanal para cerrar completamente las cortinas. Me gusta simular ceguera y recorrer la casa de memoria adivinando los contornos y las esquinas. Abrí los ojos cuando rocé el cristal con la punta de mis dedos extendidos. Miré distraída hacia la calle. Algo brilló durante unos segundos ahí fuera, prendido en el vacío negro. Esperé un rato, congelado el gesto, mi mano agarrada a la cortina. Sombra y silencio. Hay dos farolas ciegas y el resplandor de las otras solo ilumina la acera. El fugaz brillo me había hecho dar un brinco, probablemente sin razón. Habré percibido el último fulgor de una luz que se apaga. Todo el mundo duerme –traté de razonar- y si hay insomnes estarán contando ovejas en la oscuridad de su habitación.
El confinamiento no tiene nada de aventura, solo de rutina. Antes de acostarme entré al baño a ponerme crema en la cara. Es un hábito nuevo que me cuesta mucho seguir. Me empeñé a fondo aplicándola con detalle, a pequeños impulsos, tecleando mis dedos sobre la piel. Examiné el resultado en el espejo. Diez días de terapia hidratante y la arruga del entrecejo, la brecha más rotunda de mi rostro, sigue ahí. Con ambas manos estiro la piel a la altura de las cejas tratando de aliviar el surco. Al fin, derrotada por su persistencia, aprieto los ojos y me resigno al consuelo de que no han prendido aún patas de gallo. 
Apagué el interruptor y me acerqué a la ventana a correr la cortina. Entonces sucedió. Esta vez pude verlo con claridad. Un relámpago de luz. Fugaz. Esperé quieta, escondida en las sombras. Uno, dos, tres ramalazos luminosos, como impulsos de linterna. 
Sin prender la luz traté de calcular de dónde procedía. Me desconcertaba la distancia y la altura de las señales. Repasé mentalmente las siluetas de la calle y concluí que debía provenir del edificio gris del fondo, el de la esquina en chaflán. Es raro –pensé-  porque jamás he visto a nadie ahí.
Admito que el asunto me sumió en un inquietante desconcierto, ¿quién hacía señales con una linterna desde aquella ventana a las dos de la mañana? ¿Eran realmente señales o es que este encierro desborda mi razón? 

Me había espabilado completamente. Con vehemente decisión y presa de una gran excitación abrí la ventana del baño para intentar ver mejor el distante balcón. No pensé que fuese a provocar tanto ruido en el sepulcro negro de la noche. Lamenté no haberla engrasado porque al tirar de ella gimió con aspereza y retumbó en el eco de la noche. Todo sucedió muy rápido. De súbito, un haz de luz más fuerte que los anteriores se precipitó sobre mi cuerpo. Me deslumbró con más sorpresa que intensidad y el miedo me empujó atropelladamente a la oscuridad interior del pasillo, tras lanzar un grito de terror. Podía oír mis propios latidos. Permanecí largo rato sentada en la alfombra del recibidor, la estancia más segura de la casa, el único espacio sin ventanas. Paralizada por un escalofrío de hielo. 

Al fin encontré el aliento suficiente para levantarme sin hacer ruido. Miré a través de la puerta del baño. La ventana seguía abierta. Fuera, solo había oscuridad. Me atemorizaba dormir sin cerrarla, y me atemorizaba también acercarme a hacerlo. Temía que aquel foco volviese a caer sobre mi. 
Tras varios minutos de vacilaciones me adentré agachada con pasos cautelosos en la estancia y, desde la altura del lavabo, en un movimiento rápido empujé la ventana, aseguré el pestillo, corrí la cortina, atravesé el recibidor, alcancé el pasillo pequeño y cerré tras de mí la puerta del dormitorio. 
Me desvestí a oscuras, sin hacer ruido, y al meterme en la cama me tapé la cabeza con las sábanas. Allí, a salvo, en la madriguera, rememoré toda la escena. Sé dónde procede la luz. Del balcón del quinto piso con barandillas blancas torneadas, coronado por un dintel. Del edificio de la fachada gris. Lo más raro es que en cuatro décadas nunca he visto a nadie asomarse a él.

Me despertó un ruido ya vencida la mañana. Eran las diez. No recuerdo cómo conseguí quedarme dormida anoche en medio de aquella tremenda excitación. Veo por la ventana del patio que un vecino trata de arreglar a martillazos un desvencijado tendal.
Preparo café y pan tostado. Miro las islas Bermudas en el mapa de la pared. Pura leyenda. Hoy se han disipado las tinieblas. ¿Cómo pude dejarme llevar por el pánico? Alguien con una linterna trató de gastarme una broma. Un niño. ¿A esas horas? Un adolescente fantasioso y aburrido. Sí, es más probable.
Espero que hoy sea un día tranquilo, necesito sosiego después del susto de ayer. Pero inmediatamente suena una sirena en la calle. Retiro la cortina y me asomo al ventanal norte con la vista prendida del balcón del chaflán. La Policía está hablando con una chica rumana que vive con tres chiquillos en la destartalada casa naranja pequeña. Los niños se pasan el día saltando en el balcón y a menudo corretean por la calle desierta. Ella tiene una bicicleta con una caja de plástico que pone Amstel amarrada atrás que todos los días trae atiborrada de objetos extraños y deformes que consigue en las basuras. Me queda un poco lejos y no alcanzo a entender qué dicen. Aparece en el portal otra mujer, más mayor, que por su atuendo –pañuelo negro  a la cabeza y delantal- parece salir de la Rumanía de Ceaucescu. 
Me interrumpe el teléfono. Para una vez que pasa algo. Viene mi hermana Begoña a traerme provisiones. Tengo que bajar a recogerlas al portal y eso me pone en guardia. Me pongo los guantes y cojo un trapo empapado de lejía. Me crispa tener que salir de la burbuja, menos mal que no me tropezaré a nadie. 
Me equivoqué. Si la noche fue turbulenta el día también. En un instante se quebró el silencio de once días de encierro con un barullo insólito. Sale del ascensor una vecina, entra en el portal el señor de la limpieza y baja por las escaleras el del sexto. La policía sigue hablando con las señores que asienten con la cabeza y dicen: “ya, ya, ya”. Se abre el portal de enfrente y aparece la chica del perro gris. Por la cuesta sube un señor en bicicleta y baja otro como un relámpago en patinete eléctrico hablando a gritos por el móvil. 
He entrado en pánico. Demasiados riesgos, no se si he conseguido mantener la distancia de seguridad. Subo al ascensor y, al fin, estoy otra vez en casa. Dejo los zapatos castigados en la escalera. Me quito con cuidado los guantes, el gorro y la bufanda. Me lavo las manos. Me cambio de ropa. Cuando acabo mi histérica liturgia de desinfección miro a mi alrededor con encendido estupor. Entro en la cocina, paso por el recibidor… ¡me he dejado la compra en el portal! 
Desde anoche se suceden inquietantes perturbaciones. He tomado la decisión de averiguar que pasa en el balcón de barandillas blancas. Esta noche.


martes, 24 de marzo de 2020

DÍA 9: Inventar un horizonte



Los martes me pinto los labios. Es el domingo de mi confinamiento. Tengo clase con mis alumnos, futuros periodistas, por videoconferencia. Aliciente que percibo como extraordinaria novedad. 
El martes es un día efervescente, porque me asomo al exterior. Hablar una hora se me hace raro, porque la mayoría de mis conversaciones transcurren en el silencio de la escritura. Anoche me di cuenta de que estaba cantando mientras me hacía una tortilla francesa de cebolla, que mi madre y yo solíamos compartir para cenar con deliciosa frecuencia. Hace unas semanas ni siquiera podría haber soportado su sabor. Hoy, en medio de esta adversidad, desde que empecé a temer al virus, siento que comienzo a vencer naufragios más feroces.

Hoy, además, no hay nubes y algunos balcones se han llenado de alegría con gente tomando el sol. En la ventana de mi cocina aún no germinan las lentejas que planté hace dos días y estoy impaciente por verlas crecer. He desayunado más rápido que de costumbre frente al mapamundi, explorando los contornos de la Antártida. Después he elegido ropa y ahora tengo que arreglarme el pelo y maquillarme para asomarme a la cámara del ordenador. Al bullicio virtual de una clase con veinte estudiantes que anhelan salir de este encierro. 
Yo, en cambio, cada día me encuentro más cómoda en este exilio interior. Aunque la soledad, este tiempo detenido, va abriendo algunas puertas dentro de mí, dentro de mi propia casa. Un espacio propio que, insospechadamente, ha resultado contener proporciones mayúsculas. Supongo que las tormentas interiores que hemos sorteado cada uno de nosotros van germinando una resistencia que aflora en estos cauces de desesperanza.

Hace mucho tiempo que no pasaba tantos días sin carmín. “¿Un café?”, dice cada mañana mi compañero Isma. “Espera, que me pongo labios”, respondo yo. Y antes de bajar a la cafetería de Azu –que también hace terapia desde detrás de la barra a espíritus frágiles como el mío- me retoco en el espejo de la cajita del colorete que guardo en el cajón. Otras personas ponen la estilográfica sobre la mesa del despacho, yo pongo la barra de labios, en pie. Y antes de tomar cualquier decisión, ante cualquier contratiempo, yo me pinto los labios. También para hablar por teléfono. Si ahora mismo tuviese alguna llamada profesional al móvil sacaría la barra de labios y me sacudiría rauda las zapatillas.  

Después de morir mi padre me parecía obsceno pintarme los labios. Guardé ese extraño luto durante varios meses. Algo tan insignificante fue para mí toda una artillería de combate ante la primera adversidad real e infinita de mi vida, que hizo minúsculas las anteriores tragedias y decepciones vitales. Meses después un día me pinté los labios sin darme cuenta, resucitando un hábito que he mantenido hasta ahora y que solo parece haber quebrado este retiro.

Me gustaba dejar el rastro de carmín en las boquillas de los cigarrillos. Me encantaba fumar. Fue un deseo desde pequeña y practiqué mil veces la manera de prender el cigarrillo, de rozar con golpe suave el cenicero, de mirar despreocupadamente al vacío donde se desvanecían los hilos de humo azul. 
Lo dejé hace diecisiete años, como antídoto frente al asma. Fue una cuenta atrás, como la de estos días. Yo empecé a soportar la desintoxicación del cigarrillo porque inventé un horizonte. Decidí que a los sesenta volvería a fumar. Fue un aliciente determinante. Ahora, cada mañana rodeo con rotulador verde en el calendario los días que van pasando. La esperanza es lo único que alimenta cualquier resistencia. Aunque, esta vez, yo no resisto. Disfruto.

lunes, 23 de marzo de 2020

DÍA 8: Vuela un pájaro



Hoy me he lavado el pelo y he salido a la ventana con la toalla enredada en turbante sobre la cabeza. He mirado al infinito y he entrecerrado los ojos. Deslumbra el azul de primavera. Ha volado un pájaro cerca de mí, casi podría haberlo tocado, que se hace minúsculo mientras se esfuma al fondo de la calle. Hay algo plácido en esta escena. Me quito la toalla y agito el pelo mojado. Un viento fresco lo alborota despacio y enreda algunos mechones que me hacen cosquillas en la cara. Cierro los ojos y me dejo mecer por este embelesado arrullo.

Cuando despierto del trance no sé cuánto tiempo ha pasado. Iba a girarme para mirar el reloj cuando he visto regresar al pajarillo. Los del primero derecha todos los días sacan a la ventana un plato blanco con una cola de merluza, unos ojitos o filetes para descongelar. Hoy el pajarillo se ha posado ahí y ha empezado a dar pequeños saltos rodeando el perímetro de lo que parece una pechuga de pollo. Miraba el plato torciendo el cuello en simpáticos movimientos, hasta que decidió administrar un picotazo rápido al género. Le ha debido repugnar el pollo crudo porque instantáneamente se elevó en el aire y se perdió en la distancia moviendo agitadamente sus diminutas alas.

Veo la escena desde la ventana de la antigua habitación de la abuela Estrella, hoy convertida en un pequeño despacho que estos días me sirve de oficina. Sé que ningún gorrión se acercará a estos cristales porque a ella no le gustaban los pájaros. Los espiaba a través de las cortinas y cuando se acercaban hacía gestos para espantarlos. “Suh, suh, vete, fuera…”, amenazaba su acostumbrada letanía. Temía que ensuciasen su ventana.
Consecuentemente mientras la abuela vivió con nosotras, las hermanas Agüero no pudimos tener más mascota que un pez. Porque, eso sí -a su entender- el agua era un elemento purificador. El otro, era el infierno. Es decir, se aplicaban dos protocolos: jabón chimbo o plancha caliente. Dependiendo de la naturaleza material del objeto a desinfectar.

Años más tarde, ya de adultas, descubrimos que la abuela Estrella tenía un TOC. Si ella siguiese en guardia –bromeamos estos días- jamás hubiese entrado una gota de coronavirus en nuestra casa. Sus rutinas desinfectantes eran rigurosas y exhaustivas. Combatía gérmenes con mayúsculo tesón. Superaba la obsesión por la limpieza, ella luchaba contra lo invisible. “Son pequeños bichos que están por todas partes. Existen, aunque no los veis”, repetía. Cuando yo iba a párvulos creía que mi abuela tenía un poder especial para ver seres diminutos.  

Así que la primera vez que entré a trabajar en la redacción de un periódico, no se me hizo ajeno aquel olor a tinta caliente que, entonces, todavía las perfumaba. Porque, cada mañana, para matar gérmenes, la abuela Estrella planchaba hoja por hoja el periódico, que solo podíamos leer una vez desinfectado. Es otro vívido recuerdo de mi infancia. El periódico allí, abierto sobre la alfombra, rendido a la tortura del rito purificador que también se aplicaba a los billetes. De hecho, el dinero impuro se almacenaba debajo de las alfombras hasta que se procedía a la ceremonia de saneamiento, solo entonces podía trasladarse a la pequeña caja fuerte de latón verde donde quedaban confinados.

En el salón estaba, además, el sillón de la abuela Estrella en el que estaba prohibido sentarse. Un trono que no podía contaminar nadie. Esto ocasionaba algunas escenas incómodas. Cuando venían de visita tía Josefa y tío Daniel se sentaban compartiendo sofá. Enfrente, una butaca la ocupaba mi padre, pero mi madre –guardado la ausencia de la abuela- se arrimaba una silla del comedor. Las visitas miraban de reojo aquel sillón vacío y se lanzaban entre ellos cómplices miradas de estupor. Nosotras, las tres hermanas Agüero, estábamos perfectamente educadas para aparentar normalidad.

La abuela Estrella tuvo siempre tanto miedo a infectarse que un día de 1997, tras ser salpicada por un excremento de paloma, tomó la decisión de no volver a salir a la calle nunca más. Lo recuerdo porque su última excursión al exterior fue para conocer a mi recién nacida prima Julia. 

Una puerta se cierra de golpe. Me asusto y me retiro sobresaltada de la ventana. El viento ya me ha secado el pelo que ahora intento desenredar con los dedos. Miro la mesa de madera, el ordenador y la planta de primavera artificial que no se marchita. 
En la habitación de la abuela Estrella solo sobrevive una lámpara de bronce de cinco brazos con flores esmaltadas de colores prendida del techo. Pero a mí todavía me parece aspirar el olor a billetes calientes de mil pesetas.

domingo, 22 de marzo de 2020

DÍA 7: El himno de la batalla


El repiqueteo de las campanas anuncia que es domingo. Tocan alegres en medio de este funeral colectivo. Varias personas siguen la flauta de Hamelin hasta las escaleras de la Catedral. Tres, cinco… ocho. Veo sus pasos apresurados, casi furtivos, subiendo las escaleras. Van de uno en uno pero presumo que juntos, en la iglesia, formarán un brioso coro que entonará las plegarias con más fuerza de lo habitual.

Cantar se ha convertido en el exorcismo contra el miedo. Toda batalla necesita un himno. Una oración, un aliento, que vibre en miles de gargantas como amuleto y escudo frente a la desesperanza y la zozobra. En medio de este desencanto solo la música en los balcones alivia nuestro confinamiento. En el silencio de las alamedas y los patios, en este desasosegante vacío, tiembla el eco de arias de ópera.

Estos días, mi hermana Cristina canta Puccini desde su terraza. El jueves, alguien de su urbanización le pidió una canción y ahora cada día interpreta dos piezas, que penetran en lo más profundo de sus vecinos como turbador relámpago. La voz llega lejos, sin amplificador ni micrófono, se propaga con desgarrador escalofrío por las sombras de la noche hasta el público de las últimas butacas del anfiteatro, que encienden sus linternas desde los palcos para hacerse presentes. Después, cuando acaba, ruge un aplauso enfervorizado.

Antes, aturdidos por el barullo, tal vez no podíamos o no teníamos tiempo de disfrutar de la belleza de un aria. Hoy, en este precipicio, penetra en nosotros con perturbadora sensibilidad.
Yo encuentro una extraña fortaleza en el aislamiento. Afortunadamente, porque, aquí, el karaoke de las ocho de la tarde no pincha más que el himno de España, a Marujita Díaz con su incombustible banderita roja, banderita gualda y, ayer -a los postres- resucitó el ‘Que viva España’ de Manolo Escobar.

Al margen de las singularidades de cada rincón de Santander, leo que España parece haber recurrido al Dúo Dinámico como himno de resistencia. Cada vez leo más periódicos digitales y he renunciado a comprarlos en papel los domingos, para evitar salir al exterior. Aunque hoy, en la calle, hay más gente que estos últimos días, lo cual es un verdadero aliciente para mi pequeño mundo, que ahora no se extiende más allá de lo abarca la mirada desde mi ventana.

Hace un rato un tipo vestido con camiseta negra se ha hecho un ‘selfie’ mientras depositaba la basura. Lo he visto desde el ventanal del frente norte. De hecho, ya tengo yo meditado que si tuviese alguna capacidad para el baloncesto y alguien dejase abierto el contenedor podría tratar de encestar mi basura lanzándola desde el tercero, y ahorrarme el pánico que me provoca salir de casa.

La chica que pasea al perro pequeño gris, del portal de enfrente, hace lo mismo cuando sale, no despega la vista del teléfono. Pienso que si yo pudiese salir miraría a las nubes, a las azoteas, al infinito azul del mar, que sigue ahí. En medio de esta soledad y de este vacío nada se detiene, todo sigue su camino aunque nosotros no estamos. La hierba sigue creciendo, las olas muriendo en la orilla, la lluvia alimentando la tierra y siguen su ciclo vital las mariposas y los peces.

Todo se sucede sin nosotros que no debemos ser imprescindibles para la naturaleza, incluso nos hemos convertido en un estorbo. Hace tiempo que el planeta también está en estado de alarma, pero nosotros no escuchamos, no queremos romper la cadena de producir y consumir. Creemos que eso mueve el mundo.

He pensado esto después de cerrar la ventana y leer el correo en el ordenador. Recibo con perplejidad un mail de una franquicia textil que me incita a comprar sudaderas con capucha y batas.  ‘Una selección de prendas cómodas para sacar el mayor partido al hogar”, me escriben. “El momento invita –dicen- a vestir cómodas prendas de algodón”. Prendas que tendrá que traer una persona hasta mi casa, corriendo el riesgo de contaminarse, para que yo me sienta más atractiva en el sofá.
No sé a qué me invita este momento. Pero, desde luego, hace patente, con rotunda certeza, que me sobra ropa en el armario para pasar la cuarentena.

Vuelve el tipo de la camiseta negra que se retrató junto al contenedor. Lo veo venir desde los cristales del lado oeste. Lleva una barra de pan debajo del brazo, cruza la calle, se detiene en mitad del paso de cebra. Allí, quieto, rebusca en el bolsillo del pantalón de chándal mientras mantiene en equilibrio el pan, debajo del sobaco. Al fin, saca algo brillante y pequeño que eleva en el aire. Se está haciendo otra foto. Quizá milita en alguna secta de ‘influencers’ y acaba de estrenar una camiseta de algodón.

sábado, 21 de marzo de 2020

DÍA 6: El mapa

Llevo una semana en casa. Hoy, al abrir la ventana, se ha colado una mosca grande que recorre despistada todas las habitaciones. Me distraigo tratando de adivinar su ruta y calculando, por la intensidad de sus zumbidos, los segundos que faltan para que llegue a mí planeando desde el fondo del pasillo. Intuyo en que habitaciones penetra y cuáles esquiva.

Relajada en este vaivén primero he pensado en el poema de Machado y, después -rebajando sustancialmente el nivel de trascendencia- se me ha ocurrido hacer un mapa de la casa. Durante seis días he estado mirando al cielo desde mi ventana, así que hoy decido explorar las posibilidades de mi pequeño ecosistema interior.

Me apresuro en la ducha y, en ausencia de chándal –desterrado de mi armario desde el instituto- me pongo un pantalón de lana que nunca me atreví a estrenar. Parece caliente y cómodo. Tampoco tengo sudadera, así que combino el jersey negro de cuello cisne con una chaqueta a cuadros. Intentando asemejar, sin ningún éxito, cierto aspecto de exploradora que no podría emular ni siquiera añadiendo cantimplora y catalejo. Decido, eso sí, tomar alimentos en conserva para acompañar el operativo y dejo una lata de sardinillas en aceite de oliva sobre la mesa de la cocina para cuando me entre apetito. Los aventureros se guían por la luz del sol y comen cuando tienen hambre. Así que hoy será un día sin hora.

En principio he optado por una cartografía rigurosa, matemática. Rescato un metro del cajón de las herramientas de papá, que seguimos llamando así dieciséis años después. Busco una cartulina blanca en el armario de los juguetes de mis sobrinos. Parecen haberlo pintarrajeado todo, así que en ausencia de materia virgen me decido por el revés de un dibujo apocalíptico de Rodrigo que ha retratado en desconcertante convivencia a Godzilla, Darth Vader y dos orcos compartiendo escena.

El salón mide veintiún metros cuadrados. Para alcanzar esta evidencia métrica me he tenido que arrodillar e ir midiéndolo por partes. Me ha resultado poco excitante y bastante incómodo. Me he acordado de mi hermana Bego, que se pidió a los Reyes un cinturón de herramientas y se ocupaba con verdadera maña de todos los asuntos de cálculos e infraestructuras de la casa. Sigue así. De las tres hermanas, es la única que se atreve a salir al exterior a por provisiones en su Mini color yema de huevo. TelePollo nos reparte el pedido a domicilio.

Después de algunas mediciones más me ha vencido el desencanto. Estoy haciendo un plano y yo quiero un mapa. Así que me he puesto manos a la obra, con palpitante determinación, y he empezado a alterar la cartografía dejando volar la imaginación. Para empezar, he bautizado tres zonas siguiendo los puntos cardinales. El frente norte. El ala oeste. Y el sur, ese lugar que nunca se alcanza, donde siempre sopla la enigmática lírica de la película de Erice.

Nunca he sabido qué sucede primero, si la historia o el mapa. 
La casa se articula alrededor de un recibidor que a modo de glorieta -el término rotonda es tan detestable como el apio- distribuye las estancias a través de dos brazos: el pasillo grande y el pasillo pequeño. En mi casa tampoco nos rompimos mucho la cabeza con este bautismo.

Yo habito en el pasillo pequeño. Al sur. En una habitación blanca, pequeña y alegre. “¿Estamos todas en las madrigueras?”, acostumbraba a preguntar Bego a voces desde su cama antes de dormirnos. Y yo sonreía desde mi burbuja, allí, a salvo, entre las sábanas. Tengo al lado la cocina, que se abre a un patio luminoso donde entra el sol de dos a cinco. Hago incursiones frecuentes al frente norte, hacia donde se abren los amplios ventanales del salón y el baño.

Percibo que, sin pretenderlo, estoy dibujando la geografía sentimental de esta casa. Un mapa es siempre el comienzo de una gran aventura. Es más que un mundo de papel, es una apasionante cartografía de sueños e imaginación. Hay un Monte Palo Mayor, el fondeadero del capitán Kidd y la caleta del Ron. Coordenadas míticas de ‘La isla del Tesoro’.

Pero en todo mapa hay ciénagas y territorios oscuros a los que no queremos asomarnos. Nos los descubre Conrad, cuando la lectura de sus tinieblas nos hace adultos. Un mapa también puede ser un viaje a los abismos más profundos del ser humano.

El pasillo grande es un diminuto Manderley. Es una zona oscura en la que nunca me adentro, ni siquiera en esta de semana de confinamiento. Al fondo hay una puerta cerrada. Se cerró cuando ella se fue y temo que al abrirla estalle una tormenta.
Hoy he intentado internarme en esa selva. He dado unos pasos temblorosos hacía allí por el pasillo del oeste. Sin llegar a la mitad del camino de sombras me he dado la vuelta y he corrido hasta mi burbuja. Allí, en el sur, con la puerta cerrada, he escondido el mapa en un cajón. Para que algún día alguien con más coraje que yo lo encuentre y se arriesgue a emprender este viaje.

La casa también se ha convertido en un laberinto para la mosca que, al caer de la tarde, aún vaga como espíritu atormentado golpeándose contra las paredes sin encontrar la libertad.  

viernes, 20 de marzo de 2020

DÍA 5: Primavera en una ventana

Ha despertado la primavera y no puedo sentirla. Intento adivinarla a través de los cristales. Habrán empezado a estallar las margaritas sobre las alfombras verdes de parques vacíos y cantarán alborotados los jilgueros. 

Se que la primavera existe, aunque no pueda verla. Abro las ventanas de todas las habitaciones por si penetra el rumor invisible de la alegría que anuncia marzo. Pero el cielo está ceniciento y los balcones huérfanos. Sopla una brisa cálida, suave y triste, demasiado débil para combatir la amargura de estos días de silencio gris. 

Ni siquiera puedo ver brotar las flores. El invierno marchitó los geranios y no me dio tiempo a reponer las macetas de begonias y tulipanes. Lo pensé cuando Marién me mandó una foto del primer narciso que estalló en su balcón. Fue hace tres semanas. Bellísimo. Entonces me pareció algo cotidiano, hoy lo encuentro extraordinario.

En el alfeizar de la ventana de mi cocina hay dos cactus ariscos por los que no siento afecto. También hay tres orquídeas perezosas, sin brotes, en el dormitorio grande al fondo del pasillo, desde dónde se ve el campanario de la Catedral. Ahí todavía no puedo entrar.

Me gustaría ver crecer algo de vida en este desaliento, en este paisaje afligido. Se me ha ocurrido algo infantil, emplear los envases de los yogures que voy consumiendo. He humedecido algodón y he enterrado en él siete lentejas, que espero que vayan prosperando como metáfora de la primavera. Pero me ha estremecido recordar cuántas alubias plantamos mis hermanas y yo en esta misma ventana. Cuando todos los yogures eran blancos y yo les disfrazaba con cola-cao para convertirlos en sabor chocolate.

Al fin, la primavera siempre es un retorno a la patria de la infancia, a la euforia de los días sin horas, a la despreocupada alegría, a las ganas de crecer. Correr y correr sin destino, reír y gritar con desbordado alborozo, recitar versos de Gloria Fuertes a los pájaros. Tumbarnos sobre la hierba a soñar con los ojos abiertos imaginando el futuro. Evocar esa efervescencia infantil me hace daño.

Las ventanas siguen abiertas, pero el día se va haciendo más oscuro. Se ha evaporado todo indicio de primavera. Quizá está ahí pero no podemos verla. Quizá estamos castigados a no alcanzarla hasta que aprendamos alguna lección de la plaga que ahora cae sobre nosotros. Es curioso. Ni las fronteras ni los muros ni las alambradas nos han protegido de nada. La fortaleza del castillo se ha hecho cada vez más pequeña. La mía, mi perímetro de seguridad es incluso generoso en metros cuadrados. Los peligrosos no eran otros que huían de infiernos de pobreza o de guerra. 
La amenaza no eran los sirios ni los africanos. La peste del siglo XXI se transmite por el aire que todos compartimos. Viaja en avión, hasta en primera clase. Los más ricos tampoco tienen antídoto. No inmunizan ni curan las cuentas en Suiza, ni los seguros médicos privados. La peste se propaga sin discriminación. No como el hambre que –con la complicidad de nuestra indiferencia- solo mata pobres, desfavorecidos. 

La peste nos hace a todos vulnerables, y por eso tenemos miedo. Tratamos de aliviarlo diciéndonos a nosotros mismos que solo caen las personas mayores y los enfermos. El sacrificio a los dioses.

Se habla mucho de Camus, por ‘La peste’. Poco de algunas otras deliciosas lecturas en las que hoy busco alivio, tras esta nube de pensamientos negros. Es un librito pequeño que aún conserva subrayadas algunas frases. Camus cuenta que superaba los inviernos en el Argel de su infancia porque sabía que “en una sola noche pura y fría de febrero” los almendros del valle de los Consuls amanecerían cubiertos de flores blancas.


Falló Neruda. Hoy no brotó la primavera. Camus me salva de la zozobra. En lo más profundo de este invierno, también habita un invencible verano.

jueves, 19 de marzo de 2020

DÍA 4: El dilema del estofado


Me levanto contenta porque tengo una misión. Un reto. El viernes, hace ya seis días, fui a la compra para conseguir provisiones y atrincherarme en casa. Como ese día todos debimos trazar el mismo plan había muchas estanterías huérfanas. Fui de un supermercado a otro y, al tercero, en ausencia de otro género, conseguí una bandeja de carne para estofar, que era lo único que quedaba. 
Al llegar a casa comprobé con extremada reticencia la fecha de caducidad, pues me extrañó que aquellos pedazos de carne hubiesen quedado allí, repudiados, cuando se habían extinguido hasta las chuletas de Sajonia.

Así que ahora tengo en mi nevera una victoriosa carne de estofado que no se estofar. Yo, una persona alérgica y ajena a los fogones e inmune a la fiebre culinaria de gastrosabios. Consciente del desafío al que me enfrento he pedido una receta que le sale estupenda a mi hermana. La madre de Arturo, el niño que -bendita sea la infancia- no distingue chinos de españoles. 
No quiero pedir comida a domicilio. Porque imagino a los repartidores sufriendo el pánico al contagio cada vez que llaman a una puerta de personas como yo, que habitamos en los algodones del confinamiento.

Supongo que en la cocina no tienes problemas mientras sigues las normas de la receta. Pero yo milito en el escepticismo crítico de Cortázar y siguiendo su credo no estoy hecha “para que las cosas me sean dadas”. Así que he puesto en cuestión los ingredientes. El apio, que me parece absolutamente aborrecible, y la cantidad de guisantes y zanahorias, a mi parecer derrochadamente generosa.

Ante la receta, medito. ¿Desobecerla es la puerta para crear nuevos sabores? ¿o solo podemos apelar a la desobediencia ética cuando consideramos una receta injusta? ¿es lícito incluir el desagradable sabor del apio, enemigo del paladar?

Desordenar las instrucciones, desafiar lo conocido… Durante nos instantes, delante de cuatro zanahorias desnudas y mutiladas, reflexiono sobre la oportunidad que se me abre de cambiar las cosas, de mejorar el estofado. 
Es un riesgo, como toda la revolución. 
¿Debo acatar la receta y respetar la cantidad de zanahoria que recomienda? ¿Elimino el apio si lo considero maligno? ¿Sigo mi instinto, o hago caso a la ley escrita del estofado?
La zanahoria, en realidad, bien pudiera ser una trampa, un ingrediente metáfora. Puesto que llevan años amarrándola al palo que nosotros seguimos, y que en esta ocasión –tras la crisis, el rescate, los hombres de negro y la troika- nos ha conducido en peregrinación globalizadora hacia esta geografía de alarma y malestar. 

Tal vez toda receta corre el peligro de convertirse en catecismo. La ventaja de estos días desmayados es que no existe la prisa. Así que puedo divagar sobre cualquier excentricidad como las que hoy me ocupan.

Finalmente, después de un paseo mental inspirado por mis limitadas referencias sobre Thoreau y algunos otros conocidos, resuelvo el debate. Decido que una decisión que solo me afecta a mí -cocinar un guiso que únicamente comeré yo- puede correr el riesgo de que salga mal. Yo sería la única perjudicada, me infringiría un daño a mí misma sin más repercusión social.
En cambio, si estuviese cocinando para todos mis vecinos –he concluido con satisfactoria determinación- estaría obligada a seguir la receta, para asegurarme de que el estofado cumple el canon oficial y no provoca daño alguno en paladares ajenos.

El debate del apio y la zanahoria precipita en mi algunas dudas y reflexiones sobre la libertad individual frente a la responsabilidad colectiva. Sobre todo cuando veo que un tipo se salta el toque de queda y otros –frente a mi ventana- hoy se han hecho 'selfies' en medio de la calle desierta.

La receta del estofado me evoca un embelesado desvarío. En un rayo de tibia ensoñación he creído estar en la cabaña del lago Walden. Emulando la condena de soledad de dos años, dos meses y un día que se impuso a si mismo Thoreau.
Cuando regresé del viaje, el apio no estaba en el puchero.

miércoles, 18 de marzo de 2020

DÍA 3: Alguien tose en el piso de arriba


Hoy he despertado de un sobresalto. Una voz imperiosa, marcial, desde un megáfono de mayúsculo volumen nos exhorta a permanecer en nuestras casas. Es un coche con altavoz que se apaga en la distancia de la calle, de la avenida principal de la ciudad. Las órdenes, el tono militar, lo extraño de esta patrulla me suscita un palpitante estremecimiento.
Cuando se apaga la estruendosa voz, vuelve el silencio. No me atrevo a hacer ruido al levantarme, por si quiebro esta calma con el rumor de mis pasos sobre el alfombra. Como si alguien, una especie de gran hermano –orwelliano, no Vasileano- fuese a notar mi presencia y, envalentonado por un uniforme, llamase de inmediato a la puerta de mi casa para llevarme a algún horrible lugar.
Presumo que todos los vecinos nos hemos quedado paralizados, como después de la regañina de un profesor. Lo más inquietante del confinamiento es que no hay ruido. Al menos en mi comunidad. Y eso crea un desacostumbrado vacío, una niebla de incertidumbre. Desde la cocina de mis vecinos cubanos, al otro lado del patio interior, sonaba ayer una canción. Me asomé a escuchar. Al verme, cerraron la ventana con ademán impetuoso, como queriendo absorber para sí toda la alegría que destilaba aquella melodía.
Por lo demás, silencio y vacío. Ni siquiera nos dejamos ver. Antes, la gente se asomaba a las ventanas con la misma devoción que ahora se asoman a Neflix. Pero estos días, en el centro de la ciudad, todo pasa detrás de las cortinas. Como si tratásemos de fingir que no hay nadie en casa.

Tras esta meditación matinal me dirijo a la cocina. Al poco, todo se quiebra. Un escalofrío me paraliza agarrada a la taza de café. Fue como escuchar un grito de pavor. Alguien acaba de toser en el piso de arriba. Instintivamente, pienso algo estúpido y celebro que el coronavirus no pueda atravesar el esqueleto de lasaña de hormigón de mi edificio. Espero un rato. Quieta, en silencio. La tos se repite una vez más, en impulsos cortos, como señales de morse. No pasa nada. Nadie llama a su puerta. A estas alturas –especulo- ya se habrá puesto el termómetro. Pero no he conseguido escuchar nada, ni siquiera el murmullo de una conversación telefónica con el 112.  Al fin, hago un ejercicio de sentido común y se disipan las absurdas nubes del pánico.
Se me ocurre que, para sosegar mi imaginación, puedo jugar a hacer solitarios; así que trepo a la escalera para buscar las barajas en un altillo. Aparecen dentro una bolsa de plástico de Pryca. Están las cartas de familias, de cuando éramos pequeñas. El abuelo bantú, el hijo esquimal… me pregunto si este juego ahora será políticamente correcto. Enhebro con los chinos, a quienes no hemos tratado con mucho respeto en este país. Ahora reparten mascarillas, nos envían ayuda sanitaria y encima, se han adelantado al resto del mundo con la vacuna contra este virus. Quizá ahora dejemos de vernos como una baraja de cartas de familias. Mi sobrino Arturo no sabía que Siján, la de su clase de infantil, es china. Pensaba que solo era una niña. Y tenía razón.
Acaba de sonar el timbre. Me quedo paralizada. ¿Quién burla el confinamiento? No tengo mascarilla. Me pongo apresuradamente los primeros guantes que encuentro, de lana negra con lunares verdes. Levanto el telefonillo con decisión, como si estuviese protagonizando un acto de extraordinario valor. Era el cartero.

martes, 17 de marzo de 2020

DÍA 2: Respirar, una victoria



Abro los ojos y compruebo con alivio que sigo respirando. Es otra rutina nueva. Primero hay un instante de pánico. Después, aspiro con fuerza temiendo que regrese la fatiga. Mis bronquios no silban. Otro día sin asma. No me duele la garganta, tengo apetito de desayuno. Y entonces, una vez alcanzada la certeza de mi certificada salud, ahí, todavía entre las sábanas, estalla una sensación de placidez y serenidad. Hasta ahora, respirar era un gesto de acostumbrada indiferencia. Hoy es una victoria. Me angustia ponerme enferma en el desconcierto de este estado de alarma.

Así, amanece el cuarto día de encierro en soledad con una extraña alegría. Decido pensar que es domingo, y convencerme de que, por eso, el centro de la ciudad mantiene hoy también un silencio espeso y desasosegante. 
Oigo el rumor de pasos en la escalera. Mi vecino del sexto. Le identifico por la forma en que carraspea mientras sube y baja ocho pisos resoplando. Necesita quemar energía. La mía se desborda delante del escritorio, o se desperdicia en esos deliciosos ratos en los que me siento en un sillón y miro al vacío. Entro, entonces, en una especie de trance. Un espacio propio, relajado, tranquilo. Ayer se me hizo el día pequeño.

Siento una especie de extraña felicidad en este obligado encierro; sin compañía, sin terraza, sin Neflix. Me cuesta entender que a tantas personas les incomode esta falta de libertad. La mía, habita entre estas cuatro paredes. No tengo que ir a ninguna parte. Y esa sensación me provoca una curiosa mezcla de paz y excitación. Tengo tiempo para mí. Puedo levantarme y estrenar un cuaderno. Puedo abrir un libro y leer hasta desmayarme de hambre. Mientras no escuche las noticias vivo en una deliciosa despreocupación. No tengo que alisar mi pelo, ni titubear frente al armario. No tengo prisa. Y eso me encanta.

No debería estar inquieta porque, en realidad, me parece que nunca he querido ir a ninguna parte. No se me ha contagiado esa efervescencia vital. Me gustan las habitaciones. Los rincones. Las pequeñas cosas. Esas palabras que acarician, algunos olores evocadores, relámpagos de alegría y especialmente todo aquello que nunca llegó a ocurrir. Acumulo recuerdos de cosas que nunca han pasado. Herencia, tal vez, de la infancia. Mi momento preferido del día, desde pequeña, siempre fue irme a soñar. Porque, en la cama, por la noche, no dormía. Soñaba. Primero imaginando con palpitante viveza mis propios anhelos que después se prolongaba en los sueños, más profundos, consumados en su propio albedrío que ya no dirigía yo. Siempre me ha fascinado habitar en lo íntimo.

Desayuno frente a un mapamundi. Quizá algo raro para alguien que no sueña con ir a ninguna parte. Lo prendimos con celo, hace años, en los azulejos de la cocina. Cuando aún habitaba el plural en esta casa. Desde hace unos días,  me tomo el tiempo que quiero para contemplarle. Es otra de las nuevas sensaciones del encierro. Me gusta descubrir sitios pequeños. Lugares insignificantes. Hoy he estado largo rato explorando la isla de Kolguyev, en el mar de Barents, una de mis fantasías geográficas recurrentes. Allí siempre es invierno. Yo hoy veo el sol desde mi ventana. Eso me hace sonreír.


lunes, 16 de marzo de 2020

DÍA 1: Son las ocho

Son las ocho. Lo se porque el ruido de los aplausos de mis vecinos quiebran el vacío de silencio de mis días. Apago la luz y abro la ventana. Enfrente, otras sombras como la mía extienden los brazos para aplaudir a la nada. En la oscuridad y mientras sincronizo el ruido de mis palmas, recuento mentalmente si falta alguno. Hoy no se ha asomado el chico del segundo entre las macetas de geranios. Siempre viste chandal y abraza el aire con energía sobrecogedora. Como si este momento de aplausos colectivos -que para mi es un instante de profundo desasosiego- a él le resultase una rutina gimnástica. Es el quién marca el ritmo con ímpetu. Así que hoy formamos un coro más desconcertado. La vecina del tercero, cuya ventana jamás se había abierto hasta ahora, me mira de forma penetrante mientras aplaude frente a mí, en silencio y a oscuras. Yo paseo la mirada por los edificios de la calle. Aquellos del primero, encima del bar, no salen a dar palmas. Tienen la luz encendida y a través de la cortina se intuye una televisión siempre encendida.
El gesto se ha vuelto mecánico. Dan las ocho, abro la ventana y me pongo a aplaudir. Como quien sacude una alfombra. Es increíble lo rápido que abrazamos nuevas rutinas. Tres días de encierro y ya he consolidado nuevos hábitos.
En realidad, cuando salgo a la ventana me embriaga una emoción desconocida, perturbadora. Se que pasa algo que sacude mi mundo.
Cada llamada al aplauso es en realidad otro silencio. Es el peor momento del día, el gesto que evidencia el aislamiento, la debilidad, el temor. Me recuerda el confinamiento. Despierta en mi la angustia de la incertidumbre. El resto del día consigo olvidar por qué no salgo. Pero cada tarde, cada campanada convoca en mí una extraña desazón. Al tiempo, me hace sentir parte de una extraordinaria experiencia, de una prueba de vida. Durante estos días he sentido temor y una anormal inquietud. Hay algo que se ha salido del guión. Una amenaza propia de la ficción. Algunas cosas han pasado a ser irrelevantes. Otras, como el pan que raciono para mis desayunos, se muestran más imprescindibles que nunca. He decidido no salir de casa hasta que se me agoten las provisiones. Pero voy haciendo una lista con lo que quiero comprar cuando no me quede más remedio que salir. Si. Lo reconozco. Me siento segura entre las paredes de mi casa. En este encierro de soledad y silencio.