viernes, 10 de abril de 2020

DÍA 26: El descampado



Nuestro patio está roto. Abierto a un solar, que el tiempo ha convertido en un despeinado oasis. De la vieja casa de piedra queda en pie un trozo de pared, con su papel estampado en geometrías marrones y naranjas, y una ventana de madera vieja que quedó abierta hace cinco lustros y que los días de sur golpea con fuerza contra un quicio inútil.
Por el hueco de esta ausencia penetra la luz en las habitaciones de nuestro patio. La hierba está muy alta, ha crecido una higuera y ha estallado una alfombra de margaritas que alumbran como diminutas luciérnagas el prado verde. A través de este vacío la ciudad se hace más grande y la vista desde mi cocina alcanza hasta el Cabildo, que es un barrio roto. Desde esta mayúscula ventana podemos aspirar al infinito porque nos deja ver un horizonte, más allá de lejanas siluetas de edificios y balcones con ropa tendida. Cuando madrugo para ir a trabajar veo amanecer desde la ventana sin casa, huérfana de hogar. En esta geografía rota habitan tres gatos: el negro, el gris y el otro -bautismos sin complicaciones de mi vecina Marichelo- bastante lozanos, porque este patio es para ellos como un banco de alimentos, como un generoso orfanato.

En una ocasión se llenó de plumeros. Crecieron hasta sobre las ruinas de piedra de la antigua fachada. Un día el viento empezó a sacudir las espigas y el patio se cubrió de un vapor de minúsculas espumas blancas que flotaban despacio, casi detenidas, y se agarraban a la ropa de los tendales, cubrían las macetas y hacían estornudar a los gatos. Don Ramón se tragó una pelusa mientras pronunciaba un discurso de vibrante retórica desde la ventana de la cocina. Su mujer, María, le tuvo que aliviar la tos con un coñac. Entonces salió Emilio y le dijo al aire que había que protestar a la autoridad.
Algunas semanas después, más bien probablemente por efecto de la casualidad, entró una máquina al patio y lo segó todo. Solo quedó en pie la higuera.

El caso es que, ahora, en este estado de alarma, ha prosperado un asentamiento. Dos familias, con abuelos y niños, pasan el día ahí. Llegan por la mañana con las cestas de comida y una nevera, extienden una mesa grande de camping, las sillas de playa y plantan una sombrilla. Montan el campamento a la vera de la higuera de tal forma que no se ve desde el exterior.

Así llevan tres semanas. Protegidos a la vista desde la calle por el perímetro del muro que cierra la finca. Toman el sol, juegan a las cartas, los niños corren detrás de los gatos, buscan caracoles en las tapias y cortan margaritas. Hay bullicio a la hora de comer y sosiego a la hora de la siesta. Los aplausos de las ocho son el toque de queda. Se suman con alboroto, palmas y baile y, al terminar, recogen sus bártulos y toman el camino a sus casas, que está a la vuelta de la esquina, alegres y cansados como quien regresa de un día de excursión.

Algunos vecinos del patio están molestos, otros les observan con envidia, los más audaces hoy han propuesto instalar un pequeño oasis en nuestro trozo de patio y empezar a subir por turnos a la azotea. “Paco, primero” –ha dicho el hijo de Matilde- “que es el que peor lo lleva”.
Se ha complicado la organización de turnos, que en principio se han decretado individuales, desde la asamblea de ventanas del patio. María, la de Ramón, no entiende que no puedan subir los dos juntos, ya que también comparten casa. Emilio, que se considera la eminencia de la comunidad, ha insistido en que todos necesitamos “un tiempo a solas para la reflexión personal”. Entonces Rebeca, mi vecina del quinto, me ha mandado un mensaje al teléfono: “Me pido compartir azotea con Damián el platas”, a quien bautizamos así una tarde que coincidimos en sus interesantes canas.
Ha surgido un debate que, en términos generales, se resume así: Los que viven en pareja o familia prefieren subir solos, y los que estamos solos preferimos ir acompañados. Existe, también una tercera categoría: los solos temerosos de infectarse, como Pulcro. Que se ha negado a compartir espacio en la azotea, pero que quiere acompañarse de Dandy. “Animales, no”, vierte el vinagre Marichelo. “Pues entonces alguna se queda en casa”, replica el Platas y casi a la misma velocidad recibo un emoji de Rebeca con corazones.
El hijo de Matilde se ha asomado en pijama para decir que prefiere el turno de noche. “Es que éste no madruga mucho”, maldice Marichelo. A Conchita, a Pepe y al niño les hace ilusión subir a ver amanecer. Paco dice que no sube. 
Como somos muchos a opinar las conversaciones se confunden. Entonces alguien ha pedido a don Ramón que organice los turnos de palabra aprovechando que lleva de serie un altavoz en la garganta. “María, tráeme una corbata, que vamos a votar como si esto fuese el hemiciclo”, proclamó con emocionada pompa. A partir de ahí todo se ha desarrollado como un bingo de feria. Don Ramón dijo: “tercero izquierda”, y yo contesté “sola y a las tres de la tarde”
Emilio iba anotando para luego pasarnos la lista de turnos de azotea por teléfono. Cuando le tocó al Platas dijo entre bromas: “A las diez de la noche y... acompañado”. “¿Por quién?”, preguntó don Ramón. “Por la vecina del quinto”, grité en pleno arrebato. “Hecho”, sentenció rápido el Platas.
Me llega un mensaje de Rebeca: “¿Qué me pongo?”.


jueves, 9 de abril de 2020

DÍA 25: El perímetro del miedo



Enfrente de las Pérez viven las Ruten. Dos hermanas grises, Palmira y Melita, que tienen un canario, tres cerraduras en la puerta y que, como su propio mote advierte, son muy rutonas. Ambos clanes comparten rellano desde 1957, circunstancia que repiten como un padrenuestro en cualquier conversación. Las familias de las Pérez y de las Ruten mantuvieron una sonora rivalidad a cuenta del cerramiento de un balcón. El de unas permaneció como terraza, y el de otras evolucionó a mirador. La disputa debió ser épica porque aún se recuerda en patios y escaleras, se ha convertido en una leyenda que los padres nos cuentan a los hijos.
Las Ruten heredaron la enemistad familiar. Pero la naturaleza jubilosa de las Pérez ha impedido que prospere. Es decir, que desde hace tres décadas Palmira y Melita viven enfurruñadas con unas vecinas de puerta que les ignoran los gestos con generosas dosis de cumplidos y sonrisas. En realidad, las Ruten casi no hablan, más bien farfullan, y discuten hasta con el canario.

Yo estaba asomada al patio porque se me están muriendo los cactus. Mira que es difícil, pero desde hace días cada vez están más amarillentos. Desde que aquella ráfaga se llevó mis brotes de lentejas. “Están más mustios que Paco”, dice Marichelo. María, la de don Ramón, apunta a un sabotaje con lejía. Entonces hemos escuchado voces airadas y todas hemos corrido a asomarnos por las ventanas del norte. Las Ruten están increpando a las Pérez, de mirador a balcón. Abajo, en la calle, está el portero, Paco el invisible, Dandy ladrando desde el garaje y Petrita asomada a la ventana de enfrente preguntando “¿Qué dicen?, ¿qué dicen?”.
Palmira y Melita se turnan para lanzar maleficios que Flora, Fauna y Primavera derriten con alegría. Al final, nos enteramos por Paco -que es invisible pero no mudo- de la génesis del conflicto. Petrita envió –como no- media docena de sobaos a las Pérez, recién llegadas de Madrid, que el portero colgó por error en la vecina puerta de las Ruten.
A resultas del incidente están muy enfadadas, porque dicen que las Pérez traen el virus de Madrid y no pueden tocar su puerta por si las infectan. Es más, ahora mismo están reclamando a voces que no salgan ni a la terraza. “Eso vuela, vuela… y se nos puede colar por la ventana”, reprocha airada una de ellas. Las Pérez han intentado entregarles el botín de los sobaos por la terraza, como muestra de buena fe. Entonces se ha acabado todo, porque las Ruten –presas de pánico al contagio- han cerrado la ventana del mirador y hasta el visillo.

Después, la tarde ha transcurrido con placidez. He vuelto al sur de mi cartografía vital. Por la ventana de la cocina entra el sol hasta las cinco y media. Me siento en una silla con los ojos cerrados. Sopla una brisa cálida que me hace evocar las cosquillas de la arena sobre los pies desnudos.
Pienso en el felpudo de las Ruten, infectado –no sé si de coronavirus- pero, sin duda, de prejuicios. Primero no querían rozarse con la chica ecuatoriana que limpiaba la casa de los López. Después pusieron el grito en el cielo cuando una familia de chinos alquiló el primero derecha, no compartían con ellos ni el ascensor. Una vez, desde la ventana, le tiraron un caldero de agua a un señor que hurgaba en la basura. “Es que es rumano”, dijeron. Aplaudieron entusiasmadas cuando escucharon en el telediario lo de las concertinas en la valla de Ceuta. Ante las imágenes de columnas de miles de refugiados sirios al destierro proclamaban: "¡Primero los españoles!". Luego ni siquiera todos, porque también repudiaron a los catalanes cuando intentaron destruir su pequeña España.
El universo de las Ruten se ha reducido tanto que, ahora, la frontera está en su propio rellano, que es otra trinchera contra el virus. El perímetro del miedo, y del absurdo, se acorta cada vez más en tiempos de zozobra. Han cerrado la frontera del quinto derecha para defender la soberanía de un felpudo. 

miércoles, 8 de abril de 2020

DÍA 24: El rayo verde


Hoy despierto en efervescencia. Ha sonado una canción de Quique González y he bailado en pijama, con el pelo alborotado y un lápiz en la mano recorriendo los rincones de mi geografía sentimental. Cada día que pasa las paredes de esta casa se hacen más grandes, tras veintisiete días de confinamiento la isla que empecé a explorar ha revelado la inmensa cartografía de un continente propio. La expedición, intrépida, alumbra un excitante suspense. Aunque el pasillo grande y la habitación del fondo aún permanecen cerradas, ahora por debajo de la puerta penetra un hilo de luz.

Las horas pasan muy rápido y me voy a la cama atropellando planes para el día siguiente. Ya no duermo, solo sueño. Cada pequeño detalle se convierte en una excitante aventura, cada minúsculo pensamiento desencadena un vértigo de emociones. Abro un cajón y llueve ternura, inquietud, ausencias y euforia.   

Lo cotidiano resulta tan extraordinario que temo no querer salir. Me pregunto cómo voy a poder recuperar mi vida anterior, donde ahora –desde aquí- todo parece insignificante, veloz, examen y escaparate permanente. Dicen que los naufragios se combaten así, ocupando los días para no pensar. Pero la tempestad del ruido cotidiano no ha conseguido sofocar la desesperación, ni la rabia, ni el desconsuelo. En cambio, este refugio de soledad y silencio es un inesperado bálsamo. Ahora solo estoy yo. No hay nadie más dentro de esta habitación. Todos están afuera. Yo solo miro, solo me asomo al teatro de balcones y aleluyas. He visto a una de las Pérez sacudir el trapo del polvo. Petrita, con inmaculado delantal blanco, limpia los cristales, y la chica morena del moño ha sacado un brazo por la ventana, ha fruncido los labios y se ha disparado una foto con el móvil.

Todo me hace palpitar. La piel es más frágil y se arruga y estremece con cada recuerdo. El olor de una colonia me sube a un tren. Leo el comienzo de un cuento en el vuelo de un pájaro. La vida pasa por delante de mi ventana y yo puedo contemplar cómo fluye, como se sucede sin necesidad de que ocurra nada extraordinario.

Nadie perturba este interior. El torrente de conversaciones y chistes que saturaban el teléfono va siendo menos caudaloso. Cada vez menos llamadas abren estas cerraduras.
Hay un cuento de Ana María Matute de un niño al que se le murió su amigo. Se marchó a caminar, pasó todo el día fuera de casa y cuando llegó por la noche su madre notó que se le habían quedado cortos los pantalones. Las tardes azules del patio de la infancia nos protegen de la vida. Ahora tengo la ingenua sensación de habitar otro recreo en el que nadie puede hacerme daño. Y un rato más tarde pienso todo lo contrario. Toda persona no vive más que por lo que espera. La vida es tener siempre alguien a quien amar y algo que esperar. Sospecho que hasta quienes nos atrincheramos en la rutina anhelamos que algún día la vida nos sorprenda, que turbe la emoción, que se agiten las horas.

Mientras mi mirada se pierde desde la ventana en el infinito azul del cielo pienso que algo así debió sentir Cortázar cuando, al fin, consiguió contemplar el rayo verde. Cuando ante su paciente mirada, desde el atardecer de un acantilado en Mallorca, estalló aquel anhelado efímero fulgor, aquel latigazo verde que excepcionalmente despide al sol en ese último instante, cuando se oculta en el horizonte de un mar tranquilo. El escritor, cautivado por aquel destello que Julio Verne describe en su única novela de amor, esperó un atardecer tras otro. Hasta que un día, al fin, también él se estremeció con esa singular luz.
Dice Verne que dos personas que ven el rayo verde a la vez quedan automáticamente enhebradas la una de la otra. Quizá por eso, sin pretenderlo, se nos prende la mirada del atardecer, de ese viaje del sol hacia la otra cara del mundo, de ese lento y cotidiano apagarse para renacer otra vez en luz.
Aunque, tal vez, el hechizo del rayo verde sea simplemente la espera. Allí. Frente al mar, con la mirada aferrada al horizonte. Esperando a ser vencidos por el rayo, ese anhelo que, en esencia, es lo que nos mantiene vivos.

Desde mi ventana se oye chirriar unas cadenas. A lo lejos, el viento mece un columpio vacío del que ningún niño acaba de saltar.



martes, 7 de abril de 2020

DÍA 23: Llegada de las hermanas Pérez



A la hora del ángelus mi vecina Petrita se asomó al mirador y empezó a dar palmas. Se despertaron persianas y cortinas. Se llenaron las ventanas. Nos asomamos deprisa, temiendo que se tratase de una llamada de auxilio, pero al verla aplaudir con entusiasmado alborozo al ritmo de las doce campanadas de mediodía nos quedamos quietos, mudos de estupor. Nadie acertó a dar una explicación de la escena. “¡Si no son las ocho!”, protestó una niña rubia desde un balcón. 

Ajena al desconcierto, Petrita había dejado de dar palmas y nos saludaba con la mano. Algunos vecinos empezaron a corresponderla. Ella respondió haciendo leves reverencias con la cabeza, lanzando sonrisas y besos al aire con notable regocijo. Por un momento me pareció que la reina de Inglaterra se había asomado al mirador de Petrita. Poco a poco nos fuimos escondiendo y pronto quedó allí sola, de pie, detrás del cristal.

De repente, me di cuenta de que ha forrado con papel celofán las petunias del balcón. En la ventana de la sala, los geranios también están tan protegidos como doscientos gramos de jamón york envasados al vacío. Me pregunto si pensará que el coronavirus es una especie de pulgón que puede fulminar sus plantas. Pero como no las facilite pronto un respirador no habrá remedio, fallecerán por asfixia.

Petrita, que tanto fingir menos edad ya ha perdido la cuenta de los años que tiene, me desveló el otro día el remedio contra el coronavirus, además de las vitaminas de los sobaos. Cuando la gripe del 18, alguien les dijo a sus hermanas mayores que era muy bueno tomar coñac. Así que antes de acostarse se tomaban un generoso vaso de antídoto cada una. La primera noche, las muchachas se marearon tanto que les costó llegar a la cama. A la segunda, invirtieron el orden: primero se acostaron y después bebieron. Supongo que durmieron estupendamente durante el tiempo que duró la fatal epidemia. Pero como su casa fue la única de todo el pueblo en la que no entró la gripe, me faltan razones para desmentir el milagro.

Sospecho que tal vez Petrita está tirando del mismo remedio para exorcizar esta nueva pandemia. Quizá eso explique su conducta de hoy. Todo lo que puedo decir es que la señora parece extraordinariamente alegre y, eso, en este patio ceniciento de impacientes y quejosos, es toda una victoria.

Hoy es martes y la primavera vuelve a intentar vencer este invierno. Anoche vi que habían llegado de Madrid las hermanas Pérez. Puntuales, aún en esta excepción,  a la costumbre de residir en el norte entre abril y noviembre. Salieron al balcón a las ocho y nos saludaron con efusivas muestras de júbilo. Me pregunto con mayúscula intriga cómo habrán conseguido viajar hasta aquí. Nos explicaron, entre voces y gestos, que se han tenido que hacer mascarillas con prendas viejas de algodón que “ya traen de serie los dos agujeros para meterlos por las orejas”, contaban entre carcajadas. Dicen, también, que los taxistas que las trajeron eran muy simpáticos, que no paraban de reírse. Tuvieron que coger tres taxis, uno cada una, en caravana hasta nuestra calle. “Es que era muy gracioso”, repetían anoche.

Juani, Flori y Pepita, son casi centenarias, hablan atropelladamente las tres a la vez. Locuaces, simpáticas, arrolladoras. Para nosotras -las Agüero- siempre serán Flora, Fauna y Primavera. Hemos crecido convencidas de que son la fascinante reencarnación de las hadas del cuento de la Bella Durmiente. La dulce hermana mayor, la rechoncha pícara mediana y la ingenua pequeña.

De niñas, cada vez que las tropezábamos, mirábamos con enorme expectación sus bolsos, profundos como los de Mary Poppins, a ver si sobresalían las varitas. Las hermanas Pérez –descubrimos más tarde- irradian su magia en dosis ilimitadas de alegría y bondad. Mejoran el humor de todo aquel que las frecuenta. Eran amigas de mamá, compartían oraciones y canciones. Las cuatro juntas derrochaban dulzura y candor. Cuando mi madre se apagó las tres hadas buenas me dijeron que la seguían escribiendo mensajes de cariño al móvil. “Por si acaso la llegan”, dijo Flora. Me desarmó de tal manera que todavía me pregunto cómo pueden seguir vivas en un mundo tan hostil. Estoy convencida de que también tienen el extraordinario don de disolver la maldad a su alrededor.



lunes, 6 de abril de 2020

DÍA 22: Viajes de papel


Se marchó el sur y llegó la lluvia. Ya no hay recreo. Todo amanece nuevamente envuelto en el acostumbrado velo brumoso. Aceras grises, fachadas tristes, cielo ceniza. Los tendales están huérfanos y el patio frío. Desayuno deprisa y me voy a trabajar al despacho, en zapatillas. He conseguido que el lunes conserve su nombre. Hoy, además, ha sido un día intenso y me doy cuenta de que no he parado de hablar sin despegar los labios. Me gusta el tacto de los dedos sobre el teclado, la agilidad con la que resbalan, ciegos, mientras miro la pantalla. Me fascina desde pequeña. Cuando tenía once años mi abuela Julia me regaló una máquina de escribir que se convirtió en mi mayor recreo. De aquella fascinación podían haber surgido dos vocaciones: mecanógrafa o escritora.  Supongo que ya estaba decidido, porque los escépticos no soportamos los dictados. Mi madre decía que yo era capaz de improvisar cualquier partitura con tal de seguir tocando, un rato más, el teclado de la Olivetti. Creo que estos días de plácido retiro han resucitado ese afán.

La lluvia multiplica el lunes y lo hace menos amable. Hago un descanso y me tomo el café mientras miro por la ventana. Nunca me había fijado tanto en las siluetas de los edificios, en los portales, en los tonos de las persianas. Empiezo a identificar a algunas personas que seguramente llevan años viviendo aquí. No nos conocíamos. 

Hoy las ventanas están cerradas. La calle silenciosa. Las golondrinas ya no se acercan al balcón de la primavera que este año, contagiada de este estado de malestar, parece haber renunciado a brotar prolongando la esperanza del verano.
Hay algo de nuestro propio frío en este invierno infinito que ha velado la acostumbrada aunque fugaz primavera del norte, mimetizado con una realidad gris que prolonga sus tinieblas sobre un calendario de incertidumbre. Como si este año el sol no se atreviese a iluminar el desencanto.
La lluvia empapa nuestro desánimo, las gotas de agua estallan contra el suelo en melancólico compás, en un constante rezumar de tristeza. Ya no hay recreos. Y este lunes al sol está pasado por agua.


Hacía tiempo que no me regalaba una tarde para mí y me he tomado libre la de hoy para mejorar mi humor haciendo algo que me gusta, que es releer fragmentos. Acostumbro a señalar en los libros, con trozos de papel, los párrafos que me gustan y, a veces, me entretengo abriendo con calculado azar mis páginas preferidas y disfrutando de un peculiar puzzle literario haciendo repaso de esas pequeñas fracciones escogidas.

Casi todos los libros tienen su propia historia. Algunos los hemos escogido nosotros, otros nos eligieron ellos. Antes, siempre nos regalábamos libros. Tal vez porque uno expresa lo que siente por el otro en el título que elige, en las palabras que contiene. Y tú recibes el libro y lees sus páginas tratando de descifrar pálpitos, mensajes escondidos, deleitándote en la lectura de palabras que ya han sido recorridas por la mirada del otro. Los libros además de palabras custodian emociones, recuerdos, aromas. Me gusta ir evocando en qué momento leí ese libro, donde estaba, cómo me sentía. Los recuerdos se alimentan de papel. Hay flores que duermen entre las páginas. Y también caligrafías sentimentales y promesas rotas escritas con lápiz. 
Esta tarde he abierto algunos libros y han llenado el salón de fotografías. De ausencias, miradas, naufragios y besos. De heridas y pájaros.  

domingo, 5 de abril de 2020

DÍA 21: El sur



Sopla sur y las sábanas blancas cimbrean alegres en el pentagrama de los tendales del patio, que silban susurros agitados e impacientes. He abierto todas las ventanas de la casa para que este aliento cálido, siempre efímero, absorba la tristeza del invierno.
El sur alborota todas las casas, que también hoy abren cortinas y balcones para que las paredes y los armarios respiren el viento caliente. Me trae el recuerdo de las limpiezas de primavera, cuando en abril se sacudían alfombras, se quitaban telarañas de las lámparas y se llenaban de colchas los tendales. Las habitaciones se envolvían en sábanas inmaculadas y nosotros nos poníamos pañuelos en la cabeza. Toda la familia participábamos ese día de una ceremonia bulliciosa.

Los días de sur amanecen profundamente azules, pero se van apagando cuanto más se va enfureciendo su aliento para combatir el viento del norte, que siempre vence la batalla. Entonces, el sur, derrotado, inicia su retirada llorando lágrimas de lluvia que el victorioso aliento frío arrecia en arrogante y furiosa tormenta.

El sur es un instante de recreo que perturba todo. Alborota, desordena y revuelve. Tiemblan los cristales, vuelan las pinzas de la ropa, chocan las puertas, se escapan las cortinas por las ventanas abiertas y ondean, libres, como banderolas, con arrebatada efusión desde las fachadas de los edificios grises.

Pero el sur se ha llevado mis lentejas del alfeizar de la ventana de la cocina ,y con ellas la ilusión de ver brotar esta primavera rota. Ahora vuelan en los algodones del envase de yogur hacia otras geografías. Así que hoy el sur sopla más triste que de costumbre. Habían empezado a abrirse en su mitad las lentejas y, de allí, de un diminuto corazón amarillento, surgían ya unos hilos tímidos y frágiles.
Mientras tomo el café asomada a la ventana pienso que el secuestro de mis brotes verdes es un funesto pronóstico en este domingo de ramos. Y que así, enhebrando circunstancias, me parece un acto más de la tragedia, de la épica bíblica de esta penitencia.

Otros vecinos se asoman a tender la colada, nos saludamos con menos locuacidad que de ordinario. Se van a pagando las conversaciones y el ánimo después de veintitrés días de confinamiento. Anoche nos dijeron que no saldremos de casa hasta final de abril, un horizonte muy lejano. 
Veo un trozo de cielo azul desde mi cocina y se me pone un nudo en la garganta. Marichelo, la del sexto izquierda, discute con el marido mientras tiende la ropa. Todos nos enteramos de que Paco no se ducha desde el jueves, mientras a él se le escucha quejarse con voz débil desde la profundidad de la habitación. No creo que este hombre pueda sobrevivir a un encierro con Marichelo, que es pura dinamita.
El hijo de Clotilde también es de perfil pusilánime. Pero se escapa todas las noches de casa. Le veo perderse en dirección a la bahía a paso rápido. A veces la madre le reclama por la ventana y los vecinos nos arrimamos a las cortinas, alarmados por las voces. Él nunca mira atrás. Ahora, tampoco. Aunque Matilde le está reprochando que ha colgado del revés los pantalones.

Hoy es domingo y las campanas de la Catedral llaman al ángelus. Me siento aliviada de estar sola, de no tener que compartir espacio. Aprovechando el aire cálido yo también he hecho una generosa colada, así que paso el día en la trinchera sur de la casa.  

Cuando oscureció, las ventanas aún seguían abiertas. Sonaba alguna canción en la radio, se oía el murmullo de conversaciones, algunas risas. Paco no quería cenar. El hijo de Matilde fumaba en la ventana. La señora de enfrente habla por teléfono en un idioma que desconocemos, locuaz y gritona. Huele a tortilla. Se oye crepitar algunas sartenes, chocar los tenedores contra los platos. El sur todavía sopla su aliento cálido. Me entran ganas de fumar un cigarrillo.  

“Estimados convecinos, ciudadanos todos”, brama una voz desde las sombras. Repentinamente, las conversaciones se disuelven en murmullos, algunos vecinos se asoman, otros cierran las ventanas. Yo arrimo una silla para no perder detalle de esta noche de sur.

En mi patio vive un hombre que echa discursos por la ventana con impetuosa y vibrante oratoria. Se asoma de noche, sobre las diez, se cuadra firme con aire marcial, carraspea e inicia la perorata. Nunca he sabido que precipita el torrente verbal, si el influjo del telediario o de la barra del bar. Las alocuciones, de encendido verbo épico, siempre alumbran perspectivas políticas enérgicas y singulares.

“Esto del coravirus es una nueva tecnología de judíos y talibanes para castigar a nuestro pueblo”, empieza con prometedor arranque. Dos niños aplauden con regocijo. Alguien grita “Cállate, pesado”“Son cianuros que tiran desde los aviones. Os dicen que se contagian de cuerpo a cuerpo. Os engañan, está en el aire…”, prosigue. Los niños se asustan y cierran de golpe la ventana.
Después de largos minutos de esperpéntica retórica, llega el final y algunos aplaudimos con condescendiente cortesía.
“Métete para casa, Ramón”, dice una voz de mujer.
“Don Ramón, Carmina, don Ramón”, reconviene el orador mientras recoge aplausos con los brazos en alto.
Empiezan a caer gotas. Retumba el eco de un trueno. Cae el telón de las persianas y el patio queda mudo.

sábado, 4 de abril de 2020

DÍA 20: Las cuatro y diez


Esta tarde he esperado inquieta a que fuesen las cuatro y diez, para ver si la gente se asomaba a cantar ‘Al alba’ desde todas las ventanas, que será siempre un himno de libertad. Pero suena el silencio cuando el reloj marca las cuatro y diez. Me cautivaba tanto esa breve canción de Aute que, en lugar de soñar con príncipes azules, yo creo que crecí soñando con sentir la melancolía de besos de papel arrugados en el tiempo. Todo lo importante permanece en el sabor de un helado de fresa, o en una canción que cuando vuelve a sonar precipita un torrente de turbadoras emociones, que evoca aquel instante de palpitante despertar.

Hoy iba a ser un día de plácido sosiego, de lectura tranquila. Pero en esta tarde azul la muerte resucita a Aute, y sus versos y sus discos llaman a mi memoria. Siento que habitan en el pasado. Algunas canciones me hacen daño, como las fotografías a las que no quiero asomarme, porque me envenena el desasosiego de que solo somos el tiempo que nos queda.

Una vez leí que cuando somos jóvenes inventamos futuros distintos para nosotros, y que cuando somos viejos inventamos pasados distintos para los demás. Supongo que el tiempo va fundiendo la memoria de aquello que fuimos y de aquello que imaginamos ser en un guión, en el que también se enredan escenas cinematográficas, lecturas y las melodías que nos hicieron sentir y que hemos hecho nuestras.

Somos los libros que hemos leído, las películas que nos emocionaron, la canción que aún hoy nos acaricia la piel desde aquel ayer, cuando el futuro todavía estaba por escribir.
Aquel tiempo a estrenar en el que la vida se deslizaba a toda velocidad, cuando todo temor se diluía en una impetuosa efervescencia.
Aquel tiempo excitante, volcánico, repleto de inexplorado placer y emoción, en el que gran parte de nuestros sueños se forjaban también a través de las películas, que entonces aún crujían al iluminarse el proyector. En salas de cine donde se enhebraban susurros y miradas furtivas.
Aquellas sesiones de estreno que a veces se vitoreaban con encendidos aplausos.

También pienso como se parecen todas las vidas, todos los recuerdos. Cuántas experiencias íntimas son en realidad un lenguaje universal compartido.
Quién no ha sentido el temor a que no exista el olvido, a adivinar el pasado en todos los rincones, a que los lugares que frecuentamos se vuelvan tristes.
Quién no ha caminado por la calle anhelando un tropiezo a la vuelta de cada esquina. Volviendo la cabeza para tratar de reconocernos entre la gente.
En algún lugar suena un bolero y nos estremece una infinita melancolía. Como esta tarde que se apaga entre recuerdos, cuando aún tendría que estar construyéndolos.

Pienso en cuantas veces hemos preferido permanecer invisibles para el otro. Y, también, como un encuentro a las cuatro y diez, en el velo de la distancia, nos desnuda en el tiempo y lo hace parecer menos interesante.
La luz del día, la conversación trivial y forzada, las miradas disimuladas, nuestras voces. Todo raro y ajeno. No somos los mismos.
Yo también tenía prisa por marcharme.

viernes, 3 de abril de 2020

DÍA 19: Suena el timbre



Esta mañana, muy pronto, mi vecina ha llamado a la puerta. No me ha cogido por sorpresa. He pasado la noche en una extraña vigilia, en un desasosegante duermevela. El viento zarandeaba el andamio que cubre la casa de enfrente, y en el silencio retumbaba el eco metálico de un xilófono que parecía dar campanadas a martillazos. Cada vez que me despertaba oía toser a través de los tabiques. Escuchaba pasos y susurros.

Pasé largo tiempo despierta, con los ojos inútilmente abiertos en la oscuridad de la habitación. Sentí un extraño desamparo. Durante los primeros días de confinamiento temía enfermar. Llegué a ponerme el termómetro cuando tuve un escalofrío. No podía respirar bien. Daban las ocho y abría la ventana, aplaudía sacudida por sollozos para exorcizar el miedo. Pensaba que era la situación más extrañamente aciaga que me había tocado vivir y temblaba, sentía mucho frío y una palpitante fragilidad.

Después, los días fueron sosegando este temor inicial. Es ciertamente sorprendente la ligereza con la que nos acostumbramos al hábito. La verdad es que muchos de nosotros, también antes, estábamos solos. Mi vecina del quinto, Pulcro el del octavo, Petrita la de enfrente. A la hora de las vísperas, en la oración del atardecer cuando ya declina el día, somos mayoría quienes nos asomamos en solitario a las ventanas.  

En el perímetro geográfico que habito la liturgia de las ocho no es nueva. Cada día a esa hora, cada viernes por la tarde, el centro de la ciudad se apaga cuando cierran los comercios y los bares, en un letargo de soledad y silencio. Hasta que el lunes la  alegría de los escaparates devuelve la vitalidad efervescente a las calles grises con peatones invisibles.

Cuando veo a mis vecinos en las ventanas me pregunto si lo suyo es una soledad elegida, si militan en un individualismo de convicción o de desesperanza. Me temo que una epidemia de soledad, antes imperceptible en medio del barullo, ha convertido el corazón geográfico de esta ciudad en un espacio áspero para vivir. Reserva de solitarios y veteranos; de tapete y mesa camilla, de miradores mudos y tendales tristes, de nidos vacíos. Negocios y despachos conquistan las entreplantas de portales sin apenas vecinos.

Acompañando estas evocaciones pesimistas, el viento siguió haciendo vibrar los tendales y el andamio tocando su monótona melodía. Fueron pasando las horas ciegas y lentas. Percibí un desacostumbrado ajetreo en el piso de al lado.

Cuando sonó el timbre a las ocho de la mañana supe lo que iba a pasar. Abrí la puerta. Mi vecina Tea me habló desde la suya, con un pie en el descansillo que compartimos. Estaba en bata, llevaba guantes. Me costó entenderla porque la mascarilla parecía sofocar su aliento. “Estamos enfermos”, me confesó agitadamente. Me quedé paralizada, incapaz de dar un paso hacia ella, meditando si debía vencer mi desaforado temor al contagio y cruzar el rellano para abrazarla. Permanecí inmóvil, abrumada. Desconcertada. Tuve la tentación de cerrar la puerta y seguir la conversación a través de ella. Me pregunté –avergonzada, pero me lo pregunté- cuánta distancia es capaz de saltar un Covid para alojarse en otro cuerpo. Recordé la habitación sin la puerta que ayer alguien abandonó junto al contenedor, y me venció un infinito desasosiego.

Ella siguió hablando. “No te acerques”, me pidió. Y recibí esa dispensa como un gesto de afecto infinito. Ella y su marido tienen fiebre alta y mucha tos. Yo asentía mientras iba narrando los detalles, en el frío de la escalera.

No me ha dado tiempo a ponerme las gafas y en la distancia de puerta a puerta no percibo nítidamente su rostro. No solo eso está borroso. Siento que se quiebra el confort de mi confinamiento, que no puedo permanecer más tiempo a salvo.
Han llamado al teléfono de la desesperanza y les han recetado paracetamol. Improviso algunas frases para tranquilizarla. “Todo saldrá bien” –repito el mantra oficial- y me ofrezco para ir a la farmacia o al supermercado. Nos dicen que todo volverá a ser como antes, aunque sabemos que se abre un abismo bajo nuestros pies.

Nos despedimos entre lágrimas. Cada una a un lado de esa metafórica trinchera. Nos separa una distancia extraña.
Cierro la puerta. Abro el armario y saco el pantalón de punto negro y un jersey. Busco unos zapatos y cuelgo un abrigo del perchero. Preparo el bolso pequeño. Cojo un par de guantes de plástico morados y voy el cajón de las medicinas de mamá. Ahí está la mascarilla azul que reservaba para una ocasión especial. Dejo todo en un sillón. Respiro hondo. Ya estoy preparada para salir al rescate de cualquier emergencia.
Alguien desde el quinto piso empieza a tocar el piano y la música fortalece mi ánimo como bálsamo frente a la tempestad.

jueves, 2 de abril de 2020

DÍA 18: La puerta



Cuando nos hemos despertado ya estaba allí. Una puerta. En la calle, junto al contenedor de basura. Lacada en blanco. Parece estar en perfecto estado, no está rota. Así que, esta mañana, pronto, cuando han empezado a rugir las persianas al desperezarse, todos hemos mirado hacia la calle con estupor y cierto desconcierto. Algunos sacudían la cabeza con incredulidad desde las ventanas, otros nos intercambiábamos miradas interrogantes. Petrita, la del tercero, saludaba a todo el mundo desde su mirador con impetuoso alborozo, mientras Paco el invisible se acercó al contenedor y empezó a propinarle pequeños puntapiés, como si temiese una resurrección que la enervase en pie. Más tarde, Pulcro, el del octavo, estuvo husmeando alrededor de ella en busca de pruebas, mientras Dandy ladraba al trozo de madera con ofuscada vehemencia.

Yo también me sumo a los balcones de curiosos. La puerta abandonada en el contenedor es una extraordinaria novedad, en la que nadie hubiésemos reparado hace solo unos días. Hoy, sin embargo, nos intriga y queremos leer en ella una historia. Qué casa abrigaba y por qué ha dejado de hacerlo.

La presencia de la puerta es toda una metáfora en tiempos de confinamiento. Las puertas se abren y se cierran. A través de ellas se entra y se sale. Son por tanto una bisagra hacía los sueños y las pesadillas. Nos bendicen con la intimidad y nos hieren sus cerraduras. Hacen que exista algo fuera y que exista algo dentro. Y también que las dos cosas sucedan sin mirarse la una a la otra.

La ingenua transparencia de una ventana no la hace más frágil, es una trinchera infinitamente más amarga que la textura maciza de una puerta. Entre la vida y yo hay un cristal tenue –recitaba Pessoa- por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla.

Hoy, la aparición de esta puerta en la acera parece habernos inquietado a todos. Es algo que está fuera de quicio y nos preguntamos por qué. Algunos vecinos siguen asomados a las ventanas, otros sacan de vez en cuando la cabeza para comprobar si sigue ahí. La puerta no se mueve, claro. Un coche detiene su marcha para mirarla. A lo largo del día, varios conductores han bajado la ventanilla al pasar junto al contenedor y después, antes de acelerar su marcha, han mirado alrededor como si esperasen que alguno de nosotros les diese una explicación. A media mañana paró un coche de policía. Tres agentes salieron y rodearon la puerta. Pero no pasó nada. Fue una simple ceremonia de contemplación.

Todas las personas que caminan por la calle se la quedan mirando con expectación. Se detienen unos segundos, como si esperasen el milagro de percibir el aliento de su inanimada esencia.

Nadie la ha tocado. Antes se bajó un señor de una furgoneta y por un momento contuvimos el aliento desde las ventanas pensando que se la iba a llevar. Se rascó varias veces la cabeza y se marchó mirando hacia atrás con cierta melancolía, como quien deja atrás un amor mientras arranca un tren.

Tuvo que ser depositada furtivamente, en las sombras de la noche. Me pregunto si lo habrá visto el gracioso de la careta de Darth Vader que hace señales con la linterna desde el balcón. O su compañero de conversación nocturna en morse.

Ya son las cinco de la tarde y ahí está, extendida como una alfombra en el suelo. El sol hace brillar los apliques dorados. Desde la altura de mi ventana siento el arrebato de tirar del pomo. Me imagino que al abrirla aparece un luminoso pasadizo de escaleras hacia un lugar lejano. Como si la puerta no hubiese estado allí accidentalmente, como si detrás de ella despertase una aventura contra el desasosiego de los días. Imagino también que alguien llega con pasos decididos por la calle, abre la puerta y desaparece tras ella. Entonces, yo no sé si lanzarme a ese vacío o permanecer en el mío propio. En esta angustia extraña, en el frío triste y resignado, en el vacío y en el silencio que habita detrás de los cristales.

Imagino que no tengamos puertas. Que sería como no tener fronteras. Aunque no nos rozásemos, parecería que ninguna barrera contiene la epidemia. Pero anoche alguien arrancó una puerta de sus bisagras y la envió al exilio. Pienso ahora en una casa mutilada, una habitación siempre abierta al fondo de un pasillo. Me pregunto cómo silba el viento dentro de una casa sin puertas. Si hace frío o, si por el contrario, sopla un aliento cálido.

Una casa es un mundo, un nido blando que versó Alfonsina Storni. Es darle al ser humano su cáscara, decía Le Corbusier. Un lugar sin llaves, donde nunca hace frío. Donde se guardan las tardes azules de la infancia y esperan los libros que leímos, álbumes de fotos, sueños olvidados en cajones con pañuelos de tela, caligrafías antiguas y boletines de notas escolares. Nuestra vida está escrita con tinta invisible sobre las paredes, sobre la colcha donde nos abrazaban nuestros padres cada noche y donde, más tarde, lloramos los naufragios de sueños adolescentes.

Siempre que volvemos se disipan los temores. Es una estación cálida que custodia otoños alegres y primaveras tristes. Las casas donde hemos crecido son portales de la calle melancolía. El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres. Si derriban mi casa ‘yo no sabré donde guarecerme / porque todas las puertas dan afuera del mundo’, proclamó Benedetti.

Ya se había hecho de noche cuando tembló una voz: “¡Se llevan nuestra puerta!”, lamentó un niño desde un balcón. Todos nos quedamos un poco huérfanos y nos fuimos a dormir pensando que mañana íbamos a extrañar su ausencia.

miércoles, 1 de abril de 2020

DÍA 17: Soñar y volar



Ningún día es igual a otro, aunque los dos transcurran en la misma monotonía. Ni siquiera aunque lo que sucediese en ellos fuese idéntico, aunque repitiésemos cada rutina, cada gesto. Aun así, la misma persona los percibiría de una manera diferente. Diría que, incluso, incontrolable. Si ayer disfruté haciendo un puzzle, hoy me hastía. Si ayer sentí una enorme placidez asomada a la ventana, hoy me inquieta.
No son los días, ni son las circunstancias. Somos nosotros.
Cada despertar es diferente. Una mañana nos apetece saltar de la cama y otra amanecemos con el ánimo apagado. Hay días excitantes, afligidos, inspirados o tristes. Emociones que inconscientemente nos sacuden al abrir los ojos.
Algunas veces tiene sentido. Me levanto alegre porque hoy estreno un vestido para citarme con alguien que me gusta. Otros amaneceres crean un perturbador desasosiego porque no tienen explicación.
Esta mañana no me apetecía abrir los ojos. Eso que hoy, miércoles, día 19 del calendario del cautiverio, parece idéntico a ayer y no alumbra ninguna inquietud. Me desconcierta sentir este desánimo sin motivo aparente. Cuando tengo un despertar amargo mi receta es hacerme un test. ¿Me duele algo?, ¿está alguien enfermo?, ¿hay alguna catástrofe a la vista?, y entonces concluyo que la ausencia de tragedias es un motivo infinitamente poderoso para tener un buen día. Supongo que eso solo lo aprecian quienes han sorteado algunos naufragios.
La mayoría de mis días ahora son efervescentes, aunque en ellos nunca sucede nada extraordinario. Precisamente por eso. Me encantan la placidez y la anarquía de las jornadas sin horas, en silencio, sin ningún dilema.
Hace tiempo que percibo que me inquietan los días especiales. Limpiar los cristales u ordenar un armario se convierte en un ejercicio de evasión hacia paraísos imaginados, disuelvo debates mientras paso la aspiradora y, de repente, vuelo hacia la estantería a buscar en un libro algo que recuerdo haber leído. Qué pequeñas son mis tentaciones.

Para levantar el ánimo al día gris me he vestido como si fuese a salir a la calle. Me he puesto maquillaje y después he recorrido la casa reflejándome en los espejos. Se me ha ocurrido ponerme zapatos de tacón y he alborotado las cajas de todos los que llevo años sin usar. Ahora mismo tengo puestos unos rojos de charol con tacón alto y cuadrado, que nunca me atreví a estrenar.
El truco ha funcionado. Me siento más confortada. Pienso en la gente que se queja por tener que estar encerrada en casa. Me vienen a la cabeza las filas del casting de Gran Hermano. Miles de personas compitiendo por entrar dentro de una jaula televisada. Ellos están confinados por dinero y fama. Nosotros para salvarnos.
Anoche recibí un mensaje de un conocido. Dice que ha perdido la libertad porque ya no puede salir, ni correr, ni andar en bicicleta. Lo pienso un rato mientras intento cocinar una receta nueva y decido que no se puede confundir la libertad con la actividad. 
Ojalá la libertad fuese algo tan fácil de alcanzar viajando, paseando, comprando. La verdadera libertad es la libertad de pensamiento, proclamaba Sampedro. Supongo que esa puede seguir existiendo desde cualquier habitación. Puede romper cualquier cerradura. 
Hace veinte días podíamos coger un avión a cualquier rincón del mundo. Me pregunto si entonces éramos libres. Si ese billete es la libertad. 
Yo empecé a crecer con la primera frase de aquel libro escolar, ‘Senda’. “Había una vez un pedazo de cartón que quería ser cometa”. Que encierra una metafórica subversión contra el destino, que podría ser el principio de cualquier vida. Soñar y volar.