martes, 23 de octubre de 2012

El cínico Umbral


Paco Umbral decía que escribir era la manera más profunda de leer la vida. Se ponía guapo para escribir, con el batín inglés de terciopelo azul noche y su inseparable foulard blanco. Como si el ornamento exterior determinase a su vez la estética narrativa que sus largos y ágiles dedos construían a impulsos sobre aquella vieja Olivetti, cuya tinta destiló párrafos vitriólicos, lúcidos, críticos. “El cinismo es un gran ejercicio intelectual”, acostumbraba a recitar.

Dicen que fue un ejemplar literario único, poeta y compositor de una prosa lírica fértil que suma 125 libros, extraordinaria, propia, original. Creía que el talento era cuestión de insistencia. Soñó desde niño con ser columnista, como otros anhelan ser abogados o médicos, y según Pepe Hierro lo que de verdad le gustaba era flagelar la estupidez.

Diariamente alimentaba su columna de pequeños detalles, de lo inesperado; lo aliñaba con su lírica elegante y humor, y sostenía que siempre hay que escribir contra el poder. Umbral no dejaba indiferente a nadie. Se definió a si mismo como un escritor hosco y brillante, insolente y un poco rojo. Durante una temporada le dio por beber leche y arrojar a la piscina de su casa los libros que no le gustaban. ‘La madurez no es llegar al orden, sino instalarse en el caos’, reflexionaba.

Explicaba que un periódico tiene dos opciones: ‘Tranquilizar la digestión de sus lectores o ser la espuela de plata mañanera que invite a la gente a vivir, participar y enterarse’. Pero a la vez reconocía que el español medio compra el periódico para tener ideas. ‘Por veinte duros se hace uno socialdemócrata, demoliberal, democristiano, moderantista, neoconservador, liberal de izquierdas, rojo de derechas o partidario del Atlético o el Madrid’, apostillaba.

Enhebraba con brutal ironía las costuras de una columna que destilaba belleza narrativa, ingenio y vida propia, a través de un penetrante y seductor ejército de palabras que resucitaba, creaba o interpretaba hasta bautizarlas en su peculiar lírica, en un credo narrativo extraordinariamente metafórico que todos los días se asomaba, con renovado ingenio, al escaparate de la realidad.

Ayer, cinco años después de su fallecimiento, los políticos de Madrid le organizaron un acto patrocinado por Caser Seguros y Gas Natural Fenosa. “La independencia existe, pero se paga”, como repetía Umbral. Ana Botella aprovechó el momento para adornarse con pluma ajena, y dijo que, hoy, la prosa del columnista haría temblar a los nacionalistas. La tinta del intelectual salpicaría, como acostumbraba, en todas las direcciones, incluida la suya; y pretender lo contrario es desconocer el alma de sus palabras: ‘El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto’.
‘Yo estoy conmigo y contra mí’. Es la mejor definición de un columnista.

lunes, 22 de octubre de 2012

El hombre del traje gris


El otro día descubrieron a un hombre que llevaba quince años muerto. Tenía el pijama puesto y estaba acostado sobre la cama de su casa, a la que los servicios municipales accedieron por casualidad tratando de solucionar unas filtraciones de agua denunciadas por una vecina.

Vivía en una casa en Lille, al norte del país, y era español. Se llamaba Alberto Rodríguez y habitaba el mundo en una burbuja de soledad tan descomunal que solo la casualidad le ha devuelto al recuerdo. Nadie le echó de menos, nadie le lloró. Ha pasado quince años en silencio y ahora, repentinamente devuelto a la actualidad ha cobrado más notoriedad de la que nunca tuvo en vida. Ha sido precisamente el anonimato de su existencia, exhibido en el mudo letargo de su despedida, la causa que ha forjado el interés por este protagonista, intuimos que involuntario, de esa incomunicación.

Su muerte no desató ninguna reacción. Probablemente hasta habrá seguido recibiendo regularmente su pensión en el banco, a donde habrán sido girados los recibos de luz, agua e impuestos de la casa que tenía en propiedad. Es decir, que su vida ha seguido sin él. Quizá porque ya estaba muerto en vida, ya que para el estado somos ciudadanos, no personas, y seguimos vivos mientras paguemos regularmente nuestros impuestos.

Esta es la historia del hombre del traje gris, en cuya anónima historia hurgan ahora sin pudor los investigadores para despejar la incógnita de quién fue y porqué nadie le añora. Toda su intimidad celosamente preservada en esa soledad está ahora expuesta como un escaparate a la policía, los vecinos y los periódicos, que quieren construir su historia triste.
Aunque quizá se forjó el destino a su antojo. Y quizá amó y fue amado con todo el ardor del que fue capaz, a lo mejor fue extraordinariamente dichoso conociendo, compartiendo. Tal vez la vida le llevó a donde tantas veces había viajado con la imaginación.

Dicen que la soledad es un infierno para los que intentan salir de ella. Pero también felicidad para quienes se esconden en ella.
Montesquieu decía que queremos ser más felices que los demás, pero eso es muy difícil porque siempre les imaginamos más felices de lo que son. Tal vez también cometemos el mismo error con la tristeza y la soledad.

viernes, 19 de octubre de 2012

Bocados de realidad


La realidad es irracional, enunció Hegel. Comulgamos cada día con ello. Hoy dice el periódico que se va a ampliar el aeropuerto de Castellón, para conservar su virginidad porque no ha aterrizado nunca un avión. Casi como la silla de la funcionaria Esperanza Aguirre quien –recién incorporada a su puesto tras treinta años en política- esta semana ha trabajado solo un día, dando ejemplo a los liberados sindicales a quienes tanto criticó de hasta donde llega el liberalismo que abandera, que es a la insumisión laboral. El inefable e inflamable Cosidó, que ordena y manda a las fuerzas de seguridad del estado, ligero forjador de epítetos, podría catalogarla de antisistema.
Leo, además –dos veces, para cerciorarme de que los cereales del desayuno no han sido adulterados con alucinógenos- que el Gobierno de España quiere prohibir que se tomen imágenes de la policía en plena faena de disolución de manifestaciones, entre otros supuestos. Para ello reformarán la Ley de Seguridad Ciudadana porque, en opinión de Ignacio Cosidó –un eminente miembro del Partido Popular forjado al calor de la ardiente fragua de las tertulias de Intereconomía-, “aumentará la protección jurídica de los policías”. Así será más fácil negar la verdad que mostraron las televisiones.
Claro, que la resistencia pasiva también será delito, y se podrá castigar con penas de entre seis meses y un año de cárcel. Cosidó va a conseguir que resucite Ghandi, a quien ya me imagino dando una lección de resistencia pacífica en el plató de ‘El gato al agua’.

Algún listo dijo que la fantasía es como una perpetua primavera. Pues ha llegado con mucho adelanto y ya se respira en este otoño gris. El comisario europeo de salud dimite por tráfico de influencias con una tabaquera, el empalagoso Brad Pitt se ha convertido en la cara masculina de Channel número 5. Cifuentes multa con seis mil euros a la persona que notificó la concentración del 25-S. Un individuo conduce por el carril rápido con un maniquí femenino de copiloto. El rey echa la bronca a Rajoy por pretender españolizar catalanes. Unos ladrones de coches roban por equivocación doce cadáveres en Alemania. Uno de cada cinco diputados de las cortes Valencianas tiene causas pendientes con la justicia. Cospedal propone que los fontaneros sean diputados en sus ratos libres y gratis. Y hemos leído más del mafioso chino Gao Ping que del Nobel Mo Yan.
La única verdad es la realidad, decía Aristóteles. Aunque hoy nos cueste creerlo. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Hambre y cebolla


‘Varios tragos es la vida y un solo trago la muerte’. Erró el poeta cuando hizo verso esta certeza. El otro día Miguel Hernández ha sido condenado a muerte por segunda vez. En esta ocasión la sentencia mortal no emana del juicio sumarísimo sin garantías celebrado en 1940, sino del Tribunal Constitucional de la España del siglo XXI, que no ha accedido a anular la condena a muerte, como pedía su familia.
Desapareció en la oscuridad, que dijo su amigo Pablo Neruda, y no ha podido resucitar a la luz de la libertad. Habita el cementerio de los zapatos viejos que él mismo glosó. Y del que no hemos podido desamordazarle para regresarle, en sus propias palabras, de esa memoria podrida en la que respira su recuerdo.

Miguel Hernández fue condenado por delito de adhesión a la rebelión previsto en el Código de Justicia Militar del año 1890 a la pena de muerte, que fue conmutada por treinta años de prisión, que no llegó a cumplir, ya que la enfermedad le mató en la cárcel en 1942.

Cierto es que nada importa ya, cuando no podemos devolverle la vida. Como a tantas otras personas que la consumieron en el irracional ardor de aquella España. ‘Tristes armas, si no son las palabras’, nos dejó escrito. Pero parece que tampoco estamos preparados para devolverle la dignidad. Y eso si enturbia un poco nuestras ínfulas demócratas levemente prendidas por las frágiles costuras de una transición que aún supura demasiado duelo.

La justicia española derrocha recursos en proteger el presunto honor de presuntos famosetes heridos en su presunta dignidad. Todos resarcen sus heridas con dinero. La familia de Miguel Hernández solo busca limpiar su memoria. Y hemos sido incapaces de hacerlo.
Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino /que mancha con su lengua cuanto lame.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Saldos 'made in Spain'


Me he puesto a imaginar que pasaría si Wert y Cifuentes fuesen marido y mujer, y no acierto a calcular los devastadores efectos de una combustión de semejantes principios activos. Cada discusión matrimonial derivaría en un experimento fallido de Quimicefa y estallarían de un bufido los cristales de las ventanas e incendiarían las alfombras con los reproches que escupiesen sus bocas. Desayunarían zumo de limón, no de naranja, para mantener oxidados sus niveles de ácido. Para divertirse, en lugar de karaoke, animarían los postres de las cenas con competiciones de tertulia a lo Intereconomía. Dominarían el mundo con el poder de su anillo de compromiso, él embutido en su papel de celoso Golum y ella vigilando desde la atalaya del ojo de Sauron lanzando orcos contra perroflautas, antisistema y ciudadanos con camiseta sin marca.

Para repeler sus brutales asertos no tendríamos más camino que la diáspora. Rectores, indignados, padres y madres de alumnos, catalanes, parados con derecho a desempleo y niños con tupper caminaríamos al exilio guiados por el juez Pedraz. A la conquista de un paraíso ácrata, un escenario virgen de la influencia de Draghi y sus podridas recetas de recuperación de la senda de crecimiento, que no es más que una travesía sin retorno hacia la tierra oscura, hacia el ombligo financiero del mundo.

Rajoy llamaría a su pueblo. Consideraría esta huida un ejercicio de rebeldía soberanista, y nos aplicaría el método modulado de Cifuentes por el artículo 155. “Se escapan los contribuyentes”, clamaría Montoro. Rubalcaba exigiría el divorcio de Wert y Cifuentes, temeroso de que la alianza amorosa diese como fruto un heredero que capitalizase su brutal genética; y los obispos le satanizarían por invocar la destrucción de la familia. Rajoy meditaría cómo y cuando acudir a rescatarnos, y con su proverbial diligencia, cuando quisiera reaccionar Pedraz ya nos habría conducido hasta ese planeta del sistema estelar más cercano al nuestro, que hoy dice que el periódico que se ha descubierto.  

Allí podríamos construir un mundo sin autonomías ni primas de riesgo, sin más bolsas que las de plástico; sin Falete y sin diputaciones, ni soja transgénica, ni copagos; sin balones de oxígeno financiero ni hilillos de plastilina; sin prepotencia, ni despilfarro. Sin Urdangarín ni Eurovegas. Sin que se dispare el IVA. Un mundo limpio de la apocalíptica charlatanería de Wert y Cifuentes.

Despierto del ensueño. Todo es un chiste. Como ese que empieza preguntando ¿qué hacen un mafioso chino, un actor porno y un concejal en España? Y acaba respondiendo, blanquear dinero.
Lo más desolador que he leído hoy es que antes los chinos se dedicaban a traer productos desde China para venderlos en España. Ahora el viaje es a la inversa, venden productos españoles en China. Y me imagino ese emergente mercado amarillo transitando por bazares de figuritas de sevillanas y toros, exhibidos en el descrédito de los estrechos pasillos de un ‘Todo a yuan’. No me imagino una imagen más decadente para el orgullo nacional de Rajoy. Saldos made in spain. 

martes, 16 de octubre de 2012

Frente al Cantábrico

El otoño empaña Castro con una cortina gris de pequeñas burbujas húmedas que se enganchan con suavidad en mi pelo y que pronto dibujaran bucles en mi estirada melena. Hoy nada de lo que hay en mi es casual. Una pinza recoge un desaliñado moño del que, en apariencia, descuidadamente caen largos mechones lisos sobre mis hombros protegidos por una calida chaqueta de punto, que a su vez envuelve la suavidad de una blusa de seda contra mi cuerpo, y que se desliza con ligereza hasta las rodillas, cubiertas por un pantalón negro que se abriga dentro de unas botas de tacón cuyo sonido acompasado no identifico cuando chocan sobre la solitaria y muda acera camino de la playa.
He ganado al amanecer, impaciente por provocar otro encuentro con el desconocido de la playa. Camino con pasos rápidos, extrañamente firmes para no saber que voy a hacer. Mi respiracion se agita cuando compruebo que alguien se ha adelantado, como delatan las muescas de unos pasos sobre la arena fría. Los tacones no sostienen mi cuerpo sobre la levedad de la playa y se hunden a cada paso restando equilibrio y dignidad a mi forma de caminar.
Reconozco que espero que algo ocurra. Desde esa orilla acariciada por el vaivén del mar que hoy es una silenciosa lamina de plata no acierto a distinguir el rastro del propietario de las pisadas sobre la arena que, ahora caigo, ha dejado sus zapatos junto a un pequeño paquete a los pies de la orilla. Pero hoy el mar no invita a nadar en este otoño enfermo ya de la húmeda efervescencia del invierno.
Me parece percibir el rumor de un ligero chapoteo detrás de las rocas, pero al instante una gaviota rompe la esperanza cuando despega ruidosamente el vuelo. Espero algunos minutos hasta que el frío me empuja a sacudirme la arena de las botas y caminar despacio hacia el parque. Desde la barandilla hay una magnifica vista de la hoy muda ensenada. Ahora si que veo el cuerpo de una persona que se deja mecer por la marea apenas perceptible. Me agacho un poco para mirar entre los barrotes, para robar la intimidad de alguien que no se siente observado.
Aun no puedo distinguir si ese hombre que ahora avanza con ímpetu para conquistar la arena y que acelera el paso sacudiendo las gotas de agua que resbalan por su piel, es el mismo del otro dia. Decido que si. Inconscientemente atuso mi pelo y siento la chaqueta de punto sobre mis hombros.
El hombre aprieta el paso para salir de la playa y abre el maletero de uno de los coches aparcados en el paseo. Le sigo desde la distancia, entre los arboles, donde ahora hacen ejercicios dos señores en chandal, mientras se seca con una toalla vuelvo la vista a la playa gris. Recorro la arena hasta que tropiezo con el. Ni salgo de mi asombro. Hay un pequeño bulto sobre la solitaria arena. Ha tenido que ser el, se ha dejado el paquete sobre la arena. Presumo que voluntariamente. Acierto a distinguir que esta envuelto en una bolsa de plástico que el aire desapacible de la fría mañana mece acompasadamente en sus acometidas.
Cuando vuelvo a mirar hacia el coche, el desconocido se abrocha al cuerpo una camisa blanca que luego esconde bajo la chaqueta de un traje oscuro. Cierra el coche y se dirige a la cafetería de enfrente, sin ni siquiera volver la vista hacia el paquete. Le sigo parapetada ahora tras las gafas de lejos, para poder seguir con nitidez toda la escena. Desde el exterior veo como toma asiento en una mesa que mira a la playa y desde allí revuelve un cafe mientras mantiene una escueta conversación a través de su teléfono móvil. Pasan mas de diez minutos que el entretiene vigilando sin descanso el bulto sobre la arena. Fuera, las gotas de agua van engordando y su helada textura me golpea la cara y las manos. Decido entrar.
Me siento en la barra, de espaldas a la cristalera que vigila al mar y a su mesa. Tendríamos que darnos la vuelta los dos a la vez para podernos  reconocer. Pido un cafe casi en un susurro, aunque no creo que hubiese podido recordar mi voz. Pasa mas de media hora hasta que el sonido de su móvil interrumpe el silencio y mi ansiosa espera. "Ahí sigue", responde enigmáticamente antes de colgar y levantarse. Sospecho que esta conducta es demasiado extraña, incluso para alguien como yo, que venia predispuesta a protagonizar un nuevo y turbador relato. Intento pensar con frialdad. Me parece ridículo pensar que el paquete contiene droga. Pero lo pienso. O el dinero de un rescate.
Ahora me siento incomoda y disgustada. De repente el desconocido se levanta y se gira hacia la barra para pagar. En ese mismo momento alguien pronuncia en voz alta mi nombre. Me doy la vuelta despacio, con cierta reserva. Pero mi amigo de la facultad viene hacia mi y me saluda con jovialidad. Es verdad, la cita. Ya es la hora. Vuelvo la cabeza hacia la barra y cruzo la mirada con el desconocido que la absorbe con indiferencia. No es el, compruebo desconcertada mientras sale de la cafeteria con paso acelerado. "Carlos no puede venir hoy. Me aviso ayer por la noche. Pero podemos avanzar nosotros, ¿Empezamos?".
Salí corriendo de la cafetería mientras escuche como a mis espaldas caía el bolso derribado por la rapidez de mi huida. No escuchaba nada, ni las llamadas de mi amigo, ni el rotundo golpe de mis tacones sobre la acera. No sentía la lluvia que empapaba mis lentes de miope. Llegue a la playa respirando alivio cuando vi que seguía ahí. Desenvolví el paquete con ansiedad. Leí la nota prendida de un ramillete de flores secas. "Te espero en el próximo amanecer".

lunes, 15 de octubre de 2012

La tierra prometida


Ícaro quiso volar por encima de las nubes para alcanzar el paraíso, y el austriaco de apellido impronunciable ha hecho el viaje inverso para estrellarse sano y salvo sobre la tierra. El austriaco valiente emuló ayer el vuelo del hijo de Dédalo al revés, es decir, cuesta abajo, como la realidad que nos rodea, como la descendente curva de infelicidad, decrecimiento y déficit. Flotando en esa caída libre que es un poco lo que hacemos todos, caer y caer arrastrados por el descrédito moral y financiero hacia un pozo de dimensiones estratosféricas.
Tal vez por eso nos identificamos con la hazaña y todos somos un poco protagonistas de ese viaje simbólicamente compartido hacia la incertidumbre. Hemos bajado de la nube y aspiramos a aterrizar en la realizar, a tocar fondo para emerger revestidos de alguna esperanza. Como la que pretenden conquistar el millón de personas que en el último año y medio han salido de España. Una diáspora forzosa en busca de un futuro. Con seguridad, el peor pecado que un hombre puede cometer es no haber sido feliz. Por eso tal vez algunos de los que hasta ahora ejercían de perennes ciudadanos españoles no temen reconvertirse en nómadas, para dejarse llevar por otras geografías salpicadas de oportunidades para vivir. Son aquellos que no se conforman con resistir.
Hace unos años, no tantos, España se escandalizaba con la llegada de personas de otras culturas, tan poco acostumbrados al mestizaje como estábamos tras décadas de travesías poco alegres. Ahora, cuando muchos de ellos empezaban a construir su nueva vida -sobre los cimientos de barro de la famosa burbuja- levantan de nuevo el vuelo.
Esta vez, en su constante travesía, les acompañan los españoles a la conquista de la felicidad. Incluso algunos de aquellos que pretendieron cerrarles las fronteras.
Dicen que el viaje más largo es el que empieza con el primer paso. Con esa derrota al miedo a cambiar de escenario, que no es cambiar de vida, sino empezar a vivir de nuevo. Fabricarse unas alas nuevas para volar por encima de las nubes, pero esta vez, sin acercarnos mucho al sol para no cegarnos con el resplandor del paraíso capitalista del libre mercado.

jueves, 11 de octubre de 2012

El supermercado español


El desfile militar colapsa mañana Madrid sin que Cifuentes haya aplicado modulación alguna al rito que este año nos cuesta 900.000 euros, frente a los 2.800.000 euros del año pasado. El fantasma del rescate, sumado a la tristeza financiera y emocional, no ahuyenta la celebración del Día de la Fiesta Nacional. Precisamente hoy que estamos a un paso de ingresar en el estercolero de Europa, según sentencian los opacos examinadores estadounidenses ante quienes se arrodillan dirigentes políticos y financieros con más devoción que los fieles vaticanos ante Benedicto, y cuyos intereses nadie desenmascara.
Argumentan que el Gobierno ha perdido margen para las reformas por el rechazo social, que no se creen los presupuestos y que desconfían del compromiso de la Unión Europea para ayudar a España, esa marca que ahora defenderá en el exterior Esperanza Aguirre como funcionaria por tres mil euros al mes.
La descalificación de país basura que nos aplican huele tan mal que la semana que viene Botín lanza una insólita campaña publicitaria para animar a los ciudadanos; aún no ha trascendido en qué términos.

Para insuflar confianza mañana daremos el espectáculo en Castellana con el deseo de que quienes cortan el bacalao financiero no reparen en las páginas de sucesos, que orquestan un pentagrama de pandereta. Ayer robaron en la Audiencia el disco duro con los secretos del caso Faisán. De aquí se llevaron artículos más prácticos, como siete ordenadores de un instituto de Reinosa y 400 kilos de cobre en Igollo, que dejaron a oscuras la autovía. Hace días desvalijaron cuatro casas en Polanco. El otro día robaron una vivienda en Reinosa y los ladrones, sorprendidos por la dueña, huyeron por la de al lado, que curiosamente era el cuartel de la Guardia Civil, donde los cuerpos de seguridad del estado, en ese momento, soplaban las velas de un cumpleaños.

Hoy la Guardia Civil pide ayuda a los ciudadanos. “Que nos llamen al 062, podemos enviar una patrulla inmediatamente”, dice el coronel jefe. La semana pasada un señor de Reinosa se tropezó con cuatro ladrones que le atacaron con un hacha y tardaron cuarenta minutos en llegar. Otro vecino informó a las doce de la noche de un robo en su domicilio y la patrulla se presentó a las ocho y media de la mañana.

De repente, acaso contaminadas por el espíritu de la crisis que justifica injustificadamente que nada funcione en España, las fuerzas de seguridad del estado se han contagiado de la falta de diligencia de las urgencias de Valdecilla. 
Parece ser que se ha convertido en costumbre apelar a que los ciudadanos arrimemos el hombro para cualquier cosa, admitiendo que ningún estamento funciona como debiera. España es ya un gigantesco autoservicio en el que cada uno se busca la vida. Se contrata un seguro médico privado, colegio de pago, un plan de pensiones, una alarma antirrobos, seguro de vida… llevamos la fiambrera de casa al colegio y al hospital, nos pagamos las medicinas, y cualquier día nos reclutan por sorteo para sacudir las alfombras de los bancos.

Para frenar este desvarío, en Santander los políticos van a instalar un cerebro inteligente que, falta hace, y que tal vez desentrañe el conflicto de si los niños catalanes tienen que querer más a papá estado que a mamá Cataluña. A eso estamos, a intervenir corazones para imponer sentimientos. Qué rescate tan peculiar el de esta España que hace poco aprobó su séptima ley de educación, porque ninguna ha dado los frutos deseados por determinados políticos. Fabricar ciudadanos a su imagen y semejanza, conscientes de que, como formuló Kant, el hombre no es más que lo que la educación hace de él. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Pagar más por menos


Lo vecinos de Iguña y Anievas están dispuestos a pagar por tener médico los fines de semana. Esta insólita iniciativa, cuando hoy se adelgazan las economías familiares, debería provocar un embarazoso sonrojo a nuestros gobernantes cántabros que –precisamente ayer- presumían de que este mes nos han ordeñado 1,4 millones de euros más en concepto de céntimo sanitario. Mucho menos de lo que pretendían sus equivocadas previsiones de usura, dicho sea de paso.

Un dinero que se ha invertido en cerrar los centros de salud a las cinco de la tarde, pese a que al menos, en el de Isabel II, la atención primaria lo es de verdad -en su acepción de primitiva- porque tardan seis días en darte cita.
El céntimo sanitario también ha servido para rescindir 372 contratos en Valdecilla, para que el nuevo caparazón del hospital mantenga la desorbitada dilación a la que nos hemos acostumbrado, y para bajar un 15 por ciento la prestación de los cuidadores de la dependencia, entre otras insólitas innovaciones. Los parados que no perciben subsidio y los autónomos que causen baja se quedan sin tarjeta sanitaria; una medida que no solo afecta a las personas sin nacionalidad española como muchos desinformados piensan. Y las medicinas nos cuestan más. 

Para eso pagamos 4,8 céntimos más por cada litro de gasolina. Cada vez nos cuesta más caro que nos traten peor.

martes, 9 de octubre de 2012

Ahora que las letras no viajan en papel


Hoy he leído que se celebra el Día Internacional del Correo, y no he tenido que esforzarme por rescatar del álbum de recuerdos cuando fue la última vez que eché una carta al buzón.
Era un amargo septiembre. Ese otoño que conquista los últimos días de verano a la orilla del Cantábrico había oscurecido aquella tarde ya fría. Me abrigaba un jersey de punto de cuello alto. Aún puedo sentir su tacto sobre mi piel. Negro. Como el áspero regreso a Santander que apagó la luz de ese cálido septiembre en Madrid. Volver. Diecisiete años más tarde ese retorno aún fue un error. Fue la última vez que escribí una carta. Aún hoy soy capaz de reproducir su contenido en mi memoria con extraordinaria lucidez, tal vez porque arañé el papel con palabras amargas y desordenadas que fueron envenenando párrafos, brotando a borbotones. La escribí con urgencia, con la misma diligencia la envolví en el sobre y lamí sus labios acres para sellarla, para que aquella intimidad que respiraba no escapara por ninguno de sus poros. Apenas cinco minutos más tarde la entregué con decisión a la boca del león del buzón de Correos, ahora tan hambriento de correspondencia.
Después regresé a casa. “Te he mandado una carta”, le dije por teléfono. Nos escribimos esas cosas que nunca nos dijimos, y de las que por supuesto nunca hablamos. Antes el tiempo transcurría más despacio; y la distancia, las ausencias y las esperas fracasaron una relación extraña que solo asomaba en las letras. Hoy la respuesta a mi carta, dos folios gastados por sucesivas lecturas y miradas, se guarda al calor de una vieja caja de zapatos forrada con papel de regalo, arropada por docenas de sobres con sus sellos gastados, correspondencia sentimental que aún cruje cuando la releo, cuando me parece descubrir en ellas una nueva lectura, un nuevo matiz. Si mi vida prendiese en llamas me abrazaría a esta caja de zapatos llena de palabras.
Ahora que las letras ya no viajan en papel. Ahora que no se envuelven en cálidos sobres que se van curtiendo en el trayecto y que llegan a las manos del destinatario con huellas y olores ajenos. Ahora, todos los septiembres, cuando prende el otoño, transito por pretéritas veredas. Cada vez con más melancolía y menos entusiasmo.
Petronio decía que escribir una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón. Un pedazo del mío viajó en aquella carta, a cambio, custodio otro trozo del corazón de aquel raro destinatario.