lunes, 15 de octubre de 2012

La tierra prometida


Ícaro quiso volar por encima de las nubes para alcanzar el paraíso, y el austriaco de apellido impronunciable ha hecho el viaje inverso para estrellarse sano y salvo sobre la tierra. El austriaco valiente emuló ayer el vuelo del hijo de Dédalo al revés, es decir, cuesta abajo, como la realidad que nos rodea, como la descendente curva de infelicidad, decrecimiento y déficit. Flotando en esa caída libre que es un poco lo que hacemos todos, caer y caer arrastrados por el descrédito moral y financiero hacia un pozo de dimensiones estratosféricas.
Tal vez por eso nos identificamos con la hazaña y todos somos un poco protagonistas de ese viaje simbólicamente compartido hacia la incertidumbre. Hemos bajado de la nube y aspiramos a aterrizar en la realizar, a tocar fondo para emerger revestidos de alguna esperanza. Como la que pretenden conquistar el millón de personas que en el último año y medio han salido de España. Una diáspora forzosa en busca de un futuro. Con seguridad, el peor pecado que un hombre puede cometer es no haber sido feliz. Por eso tal vez algunos de los que hasta ahora ejercían de perennes ciudadanos españoles no temen reconvertirse en nómadas, para dejarse llevar por otras geografías salpicadas de oportunidades para vivir. Son aquellos que no se conforman con resistir.
Hace unos años, no tantos, España se escandalizaba con la llegada de personas de otras culturas, tan poco acostumbrados al mestizaje como estábamos tras décadas de travesías poco alegres. Ahora, cuando muchos de ellos empezaban a construir su nueva vida -sobre los cimientos de barro de la famosa burbuja- levantan de nuevo el vuelo.
Esta vez, en su constante travesía, les acompañan los españoles a la conquista de la felicidad. Incluso algunos de aquellos que pretendieron cerrarles las fronteras.
Dicen que el viaje más largo es el que empieza con el primer paso. Con esa derrota al miedo a cambiar de escenario, que no es cambiar de vida, sino empezar a vivir de nuevo. Fabricarse unas alas nuevas para volar por encima de las nubes, pero esta vez, sin acercarnos mucho al sol para no cegarnos con el resplandor del paraíso capitalista del libre mercado.

jueves, 11 de octubre de 2012

El supermercado español


El desfile militar colapsa mañana Madrid sin que Cifuentes haya aplicado modulación alguna al rito que este año nos cuesta 900.000 euros, frente a los 2.800.000 euros del año pasado. El fantasma del rescate, sumado a la tristeza financiera y emocional, no ahuyenta la celebración del Día de la Fiesta Nacional. Precisamente hoy que estamos a un paso de ingresar en el estercolero de Europa, según sentencian los opacos examinadores estadounidenses ante quienes se arrodillan dirigentes políticos y financieros con más devoción que los fieles vaticanos ante Benedicto, y cuyos intereses nadie desenmascara.
Argumentan que el Gobierno ha perdido margen para las reformas por el rechazo social, que no se creen los presupuestos y que desconfían del compromiso de la Unión Europea para ayudar a España, esa marca que ahora defenderá en el exterior Esperanza Aguirre como funcionaria por tres mil euros al mes.
La descalificación de país basura que nos aplican huele tan mal que la semana que viene Botín lanza una insólita campaña publicitaria para animar a los ciudadanos; aún no ha trascendido en qué términos.

Para insuflar confianza mañana daremos el espectáculo en Castellana con el deseo de que quienes cortan el bacalao financiero no reparen en las páginas de sucesos, que orquestan un pentagrama de pandereta. Ayer robaron en la Audiencia el disco duro con los secretos del caso Faisán. De aquí se llevaron artículos más prácticos, como siete ordenadores de un instituto de Reinosa y 400 kilos de cobre en Igollo, que dejaron a oscuras la autovía. Hace días desvalijaron cuatro casas en Polanco. El otro día robaron una vivienda en Reinosa y los ladrones, sorprendidos por la dueña, huyeron por la de al lado, que curiosamente era el cuartel de la Guardia Civil, donde los cuerpos de seguridad del estado, en ese momento, soplaban las velas de un cumpleaños.

Hoy la Guardia Civil pide ayuda a los ciudadanos. “Que nos llamen al 062, podemos enviar una patrulla inmediatamente”, dice el coronel jefe. La semana pasada un señor de Reinosa se tropezó con cuatro ladrones que le atacaron con un hacha y tardaron cuarenta minutos en llegar. Otro vecino informó a las doce de la noche de un robo en su domicilio y la patrulla se presentó a las ocho y media de la mañana.

De repente, acaso contaminadas por el espíritu de la crisis que justifica injustificadamente que nada funcione en España, las fuerzas de seguridad del estado se han contagiado de la falta de diligencia de las urgencias de Valdecilla. 
Parece ser que se ha convertido en costumbre apelar a que los ciudadanos arrimemos el hombro para cualquier cosa, admitiendo que ningún estamento funciona como debiera. España es ya un gigantesco autoservicio en el que cada uno se busca la vida. Se contrata un seguro médico privado, colegio de pago, un plan de pensiones, una alarma antirrobos, seguro de vida… llevamos la fiambrera de casa al colegio y al hospital, nos pagamos las medicinas, y cualquier día nos reclutan por sorteo para sacudir las alfombras de los bancos.

Para frenar este desvarío, en Santander los políticos van a instalar un cerebro inteligente que, falta hace, y que tal vez desentrañe el conflicto de si los niños catalanes tienen que querer más a papá estado que a mamá Cataluña. A eso estamos, a intervenir corazones para imponer sentimientos. Qué rescate tan peculiar el de esta España que hace poco aprobó su séptima ley de educación, porque ninguna ha dado los frutos deseados por determinados políticos. Fabricar ciudadanos a su imagen y semejanza, conscientes de que, como formuló Kant, el hombre no es más que lo que la educación hace de él. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Pagar más por menos


Lo vecinos de Iguña y Anievas están dispuestos a pagar por tener médico los fines de semana. Esta insólita iniciativa, cuando hoy se adelgazan las economías familiares, debería provocar un embarazoso sonrojo a nuestros gobernantes cántabros que –precisamente ayer- presumían de que este mes nos han ordeñado 1,4 millones de euros más en concepto de céntimo sanitario. Mucho menos de lo que pretendían sus equivocadas previsiones de usura, dicho sea de paso.

Un dinero que se ha invertido en cerrar los centros de salud a las cinco de la tarde, pese a que al menos, en el de Isabel II, la atención primaria lo es de verdad -en su acepción de primitiva- porque tardan seis días en darte cita.
El céntimo sanitario también ha servido para rescindir 372 contratos en Valdecilla, para que el nuevo caparazón del hospital mantenga la desorbitada dilación a la que nos hemos acostumbrado, y para bajar un 15 por ciento la prestación de los cuidadores de la dependencia, entre otras insólitas innovaciones. Los parados que no perciben subsidio y los autónomos que causen baja se quedan sin tarjeta sanitaria; una medida que no solo afecta a las personas sin nacionalidad española como muchos desinformados piensan. Y las medicinas nos cuestan más. 

Para eso pagamos 4,8 céntimos más por cada litro de gasolina. Cada vez nos cuesta más caro que nos traten peor.

martes, 9 de octubre de 2012

Ahora que las letras no viajan en papel


Hoy he leído que se celebra el Día Internacional del Correo, y no he tenido que esforzarme por rescatar del álbum de recuerdos cuando fue la última vez que eché una carta al buzón.
Era un amargo septiembre. Ese otoño que conquista los últimos días de verano a la orilla del Cantábrico había oscurecido aquella tarde ya fría. Me abrigaba un jersey de punto de cuello alto. Aún puedo sentir su tacto sobre mi piel. Negro. Como el áspero regreso a Santander que apagó la luz de ese cálido septiembre en Madrid. Volver. Diecisiete años más tarde ese retorno aún fue un error. Fue la última vez que escribí una carta. Aún hoy soy capaz de reproducir su contenido en mi memoria con extraordinaria lucidez, tal vez porque arañé el papel con palabras amargas y desordenadas que fueron envenenando párrafos, brotando a borbotones. La escribí con urgencia, con la misma diligencia la envolví en el sobre y lamí sus labios acres para sellarla, para que aquella intimidad que respiraba no escapara por ninguno de sus poros. Apenas cinco minutos más tarde la entregué con decisión a la boca del león del buzón de Correos, ahora tan hambriento de correspondencia.
Después regresé a casa. “Te he mandado una carta”, le dije por teléfono. Nos escribimos esas cosas que nunca nos dijimos, y de las que por supuesto nunca hablamos. Antes el tiempo transcurría más despacio; y la distancia, las ausencias y las esperas fracasaron una relación extraña que solo asomaba en las letras. Hoy la respuesta a mi carta, dos folios gastados por sucesivas lecturas y miradas, se guarda al calor de una vieja caja de zapatos forrada con papel de regalo, arropada por docenas de sobres con sus sellos gastados, correspondencia sentimental que aún cruje cuando la releo, cuando me parece descubrir en ellas una nueva lectura, un nuevo matiz. Si mi vida prendiese en llamas me abrazaría a esta caja de zapatos llena de palabras.
Ahora que las letras ya no viajan en papel. Ahora que no se envuelven en cálidos sobres que se van curtiendo en el trayecto y que llegan a las manos del destinatario con huellas y olores ajenos. Ahora, todos los septiembres, cuando prende el otoño, transito por pretéritas veredas. Cada vez con más melancolía y menos entusiasmo.
Petronio decía que escribir una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón. Un pedazo del mío viajó en aquella carta, a cambio, custodio otro trozo del corazón de aquel raro destinatario.

lunes, 8 de octubre de 2012

Un país no es una patria


‘Votar por mí es votar por la patria’. Hugo Chávez, el cuestionado líder venezolano, ha enarbolado esta aparatosa bandera nacionalista para enfrentar la batalla electoral finalmente vencida, que deja un país quebrado entre el amor y el odio a un personaje cuyas excentricidades, retirado Fidel, conquistan la atención mundial.

Chávez rubrica un ejercicio de absolutismo patriótico que capitaliza para si el concepto de nación, en una mímesis irracional que identifica patria y salvador en una única persona, que casualmente es él mismo. El único caudillo capaz de defender la patria, que no es exactamente lo mismo que el país. Viene a ser algo así como la tenue pero existente distancia semántica entre el pueblo o el vecino enfrentado al concepto de ciudadano.
Una patria es más que un país, porque es un pedazo de tierra capitalizado por unos patriotas imbricados en él por la fuerza de un golpe emocional –heredado o aprendido-, un laberinto de pasiones larvadas en unas constantes, unos símbolos que les hacen iguales. La patria es espíritu, que decía Maeztu.

Para otros existen los países, no las patrias. El territorio que habitamos entre veredas y océanos sobre un mapamundi donde unas isobaras invisibles trazan imaginarias fronteras administrativas que nos separa de otros países, por los que también deberíamos poder pasear sin sentirnos ajenos. Habitamos un espacio solo por casualidad y deberíamos aprender a huir del patriotismo de postal que nos ata a la tierra que otros defienden con ese ardor patriótico novelesco, extraviado, inútil y castrador.

Dicen que patriotismo es creer que nuestro país es superior a todos los demás solo porque nosotros nacimos allí. Aquí también algunos se dan golpes de pecho con ardoroso frenesí y quieren imponer que todos los ciudadanos de este país sean, además de eso, patriotas, invadiendo esa intimidad que nos les pertenece, que es el corazón. Un país no es una patria. Todo lo más un trozo de piel donde conviven ciudadanos con sus patrias chicas.
El economista inglés Henry George se preguntaba cómo se puede decir a un hombre que tiene patria cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo. Es una buena pregunta para todos. Para los que quieren conquistar la independencia y para quienes la frenan, ambos con idéntico ardor patriótico. A ver donde tenemos asiento quienes solo ejercemos de ciudadanos y nunca conseguimos billete en preferente. 

viernes, 5 de octubre de 2012

'Modular' a los políticos


El partido de Gobierno dice que el juez Pedraz es un indecente pijo ácrata, por afirmar que la clase política está en decandencia –si no lo estaba, ya lo está tras pronunciar estas descalificaciones ayer un diputado del PP-, y por no imputar a los cabecillas del 25-S que es, en origen, el verdadero problema de estos señores: Que el auto del magistrado no les ha dado la razón.

Las sentencias y pronunciamientos judiciales hay que acatarlos con independencia de la satisfacción personal que nos producen. Se puede discrepar de ellos, pero no con esos términos tan soeces, desacreditando al juez en vez de rebatir los argumentos del auto, porque se corre el riesgo de incurrir en lo mismo que se pretende denunciar.

Más grave es el hecho de que la crítica salga por boca de un señor –el diputado del PP Rafael Hernando- conocido ya por su comportamiento poco edificante, como puso de manifiesto cuando hace unos años, en 2005, intentó agredir a Rubalcaba al término de una comisión parlamentaria.

Pero lo realmente alarmante es que el vodevil pone en evidencia el escaso respeto del actual Gobierno por la división de poderes del Estado. Hasta tal punto, que el ministro del Interior y la delegada del Gobierno desde el minuto cero imputaron públicamente -por su cuenta y riesgo- de un delito contra las instituciones del Estado a los cabecillas del 25-S que, finalmente, el juez –el único que tiene potestad para hacerlo- dictó que no era tal, con una serie de argumentos que ahora se esconden tras esa alusión, probablemente poco adecuada pero a la vista está que certera, sobre la decadencia de la clase política.

Así, durante estos días, los poderes ejecutivo y legislativo –concretamente el señor Hernando, depositario de la soberanía nacional de la que tanto presume desde su escaño- han interferido con increíble y absoluto desparpajo en decisiones que atañen al poder judicial, sobre el que intentan influir con un descaro impropio de un país democrático.

Para aderezar aún más el sainete, la presunta defensora del Pueblo –también del Partido Popular- la ex ministra Soledad Becerril, se estrena pretendiendo actuar contra el juez. Lo que pone en evidencia que aún no se ha estudiado con el debido rigor las competencias de su cargo y, por tanto, desconoce que su deber es defender los derechos de los ciudadanos, no los intereses políticos del gobierno de turno o de la clase política.

En boca de Hugo Chávez, los calificativos intimidatorios que lanzó ayer el diputado popular al juez de la Audiencia Nacional, serían un escándalo internacional. Lo cierto es que coloca una vez más en el escaparate del ridículo y el descrédito a toda la clase política que hoy le aplaude con calculado corporativismo, puesto que todos naufragan en el mismo mar.

Guindos se cae del idem y dice ahora que España no necesita un rescate, el alcalde de Noja dice que su sueldo de dos mil euros es lo que cobra una asistenta, Roma prohibe comer y beber en las calles del casco histórico y los obispos se manifiestan por la unidad de España. Y, ojo, que lo mismo mañana 'modulan' a Pedraz y se acaba la rabia. 

jueves, 4 de octubre de 2012

El voto de Homer Simpson


Homer Simpson ha votado por Ronmey, porque la mujer de Obama es una fanática de las verduras –y al padre de Bart le repugna la comida sana- y porque, tras la polémica reforma sanitaria del actual presidente, el abuelo sigue vivo, ha explicado en el inicio de la nueva temporada de la serie.

Hay muchas explicaciones sobre el trasfondo mental que incita al voto. Pero muchos ciudadanos comparten la motivación de Homer: Votar contra lo que no les gusta, por descarte. Michelle come alcachofas y a mi me van los donuts, luego entonces voto a Mitt.
Con estos mimbres, esta desafortunada elección entre lo malo y lo peor, tenemos que ir superando etapas democráticas; aún a sabiendas de que nuestro voto no ha ido a parar a nadie en quién confiemos, sino a quien se muestra menos agresivo con nuestros intereses y convicciones. El ejercicio en las urnas sirve para reprender pero pocas veces para reforzar unas convicciones, excepto para un limitado ejército de convencidos y contribuyentes de la cuota militante.

Probablemente este singular sistema de selección es herencia e influencia de la propia conducta política, cuyos líderes apelan constantemente al ‘y tu más’ cuando son pillados en falta. Este método genera una pestilente pirámide de despropósitos, que equivale a entablar una estúpida competición por ver quién lo hace peor, y que es moneda de cambio común en el debate político, si es que aún se puede denominar así.

Dicen que nuestro cerebro está educado para escuchar solo lo que quiere oir, lo que contribuye a minorar la eficacia de los mensajes y campañas políticas. Así, los convencidos, por tanto, se tapan la nariz e intentan buscar en las filas de la competencia política, otra equivalencia, otro ejemplo, que huela igual de mal o peor.
El resto de ciudadanos no siempre realizamos un escrutinio intelectual. Más bien nos conformamos con contribuir a que determinados partidos se alternen en el poder, fruto del desencanto que nos hace percibirlos como iguales. E incluso cabe la posibilidad, de que si ningún partido político nos ha provocado suficiente indignación como para votar a su contrario, simplemente nos quedemos en casa y optemos por la abstención, ignorando que también es una fuerza decisiva por lo que de alguna manera estamos manifestándonos en contra de nuestra voluntad.

No se por qué presumo que en esta ocasión las elecciones norteamericanas se decidirán por este primario sistema de selección. Porque los ciudadanos progresistas no tienen opciones, ni candidato que les represente. Nadie ajusta cuentas a Obama de su verdadero fracaso, que no es la economía, ni el seguro médico, sino su rotunda traición a los valores que le hicieron presidente hace cuatro años, y que le condecoraron –a la vista está que con demasiada ligereza- con la ejemplar medalla del Premio Nobel de la Paz, galardón que ha deshonrado sin sonrojo y sin consecuencia política alguna, que es tal vez lo más pasmoso.

Aspiró a cambiar el mundo con las palabras. Hasta que ganó las elecciones y salió a reducir ese acerado corazón de barras y estrellas que –casi- todo patriota norteamericano lleva dentro. Ese otro Obama –muy distinto al cálido y didacta defensor de los derechos humanos- que tuvo la sangre fría de ordenar y ver en directo el asesinato del terrorista Ben Laden. Lo que, por desgracia, le convirtió en su igual. En una persona que renuncia al estado de derecho para librar las batallas con la violencia de sangre y fuego que tanto parecía abominar.  

Obama confundió la justicia con la venganza. Asesinó al terrorista, en lugar de detenerle y juzgarle. Y ahora amenaza con abundar en el error en un nuevo escenario. Prometió justicia para el embajador estadounidense asesinado en Libia por el grupo Ansar Al- Sharia, simpatizantes de Al Qaia. Pero en realidad planea ejecutar una nueva venganza con sello yanqui, y prepara un conjunto de represalias por el atentado. Un plan del Pentágono y la CIA que incluye bombardeos con aviones sin piloto.

Cuesta asimilar que la ciudadanía estadounidense, aún adormecida por la promesa incumplida del sueño americano, no se haya despertado del encantamiento para exigir, con la contundencia que la acción merece, responsabilidad al pacifista y Nobel Obama que ha jugado a la guerra con más determinación y encono que George Bush –padre e hijo-, quienes con sus aventuras militares se limitaron a cumplir lo que ya avanzaron en sus promesas electorales, por muy deplorables que fuesen sus acciones.

En realidad, a la hora de votar muchas veces no buscamos razones sino excusas. Por eso habrá quien siga confiando en Obama, fingiendo que su oponente es peor. Tal vez, a falta de una opción mejor, voten lo que voten, estarán equivocándose. Eso sí, de forma absolutamente democrática. Y como dice Paul Auster, para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión. Y es, a la vez, el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás, en palabras del archicitado Churchill. Eso sí, Homer Simpson corre el riesgo de que le gobierne el marido de una fanática del brócoli.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Mar de otoño

He madrugado y estoy en Castro. Pisando la arena fría del otoño que parece salir de ese mar gris infinito cuyo final me entretengo en imaginar. Soy la primera que estropeo la tersura de la arena planchada por la maquina de la limpieza, mientras las olas se apagan con suavidad conquistando cada vez mas playa. Me salpican algunas gotas frías de ese mar que se abraza a la arena y que en cada batida se va acercando mas a mis pies.
No hay nada que perturbe este paisaje, lejos de su estampa bulliciosa del verano, que ahora poseo para mi sola y cuya humedad y frío me van penetrando, haciendo que olvide por que he venido hasta aquí.

Camino a la vera de este mar hoy tranquilo, que se mece con suavidad sobre mi solitario paseo, que ruge con animo desmayado y que se confunde con un cielo gris que hoy no despertó al amanecer.
La sensación del frío en mis pies desnudos me hace andar ligera. Me desprende del ruido y me atrapa. Siento la necesidad de fundirme en el, de provocar una sensación sobre mi cuerpo acostumbrado al calor. Nadie sigue mis pasos. Nadie sabe que estoy aquí, aunque cualquiera podría estar recorriendo mis pasos con su mirada, detrás de una de esas ventanas que miran al mar.
Aun así siento que mi intimidad esta protegida. Porque no necesito dar saltos, ni gritos, ni competir contra mi misma en carreras estúpidas. Solo voy a dejar los zapatos en la orilla y caminar abriendo un sendero entre este mar que se me echa encima, que me recibe con suaves abrazos de espuma, solo quiero dejarme mecer por su vaivén helado que despierta y sacude mi cuerpo antes dormido bajo la ducha caliente.

Nado hasta el extremo de la playa, rodeando las puntiagudas rocas entre las que se cuelan las olas dibujando entretenidos laberintos de espuma. Una gaviota impertinente quiebra el silencio de este amanecer sin colores y sin luz. Es miércoles. Nadie planea nunca empezar una nueva vida en miércoles. Pero las cosas siempre suceden de manera imprevista, en los momentos y en los días grises del calendario.

Hay alguien que me mira. Alguien que ha caminado en paralelo a la sombra de mis huellas sobre la arena. Me basta un vistazo rápido para comprobarlo. Escucho detrás de mi sus brazadas enérgicas, que aplastan con determinación la lamina de agua sobre la que yo ahora floto en silencio. Sus zapatos descansan en la arena, a pocos metros de los míos, perfectamente colocados, con las puntas mirando al mar. Los míos me esperan al revés, esperando ser calzados para despedirse de la arena y caminar en otra dirección.

De repente me siento molesta. El desconocido se acerca cada vez mas, y estoy cansada de resistir el afán del mar por empujarme a las rocas. Necesito volver. Me giro con determinación y el mar me responde con una ola mas fuerte que nos desnuda a la mirada del otro, que nos deja frente a frente escupiendo el agua que nos ha vencido. Alguien grita desde la orilla. Un señor con un perro que corre en círculos y ladra con escándalo pregunta si necesitamos ayuda. Ninguno de los dos contesta. En un ataque de verdadera estupidez femenina me preocupo por como tengo el pelo.
Otra persona emerge de las rocas y saluda con el brazo en alto, entablando una ruidosa conversación con una señora que desciende a paso ligero y con ropa deportiva la ladera verde que cuelga sobre la playa. El mar y el cielo se despiertan y comienzan a separarse en el horizonte, y cada uno se viste con un color diferente. A la carretera antes silenciosa se asoman ahora mas coches, cuyo ruido empaña el rugido del mar, que ahora suena con menos vigor. Alguien sacude una alfombra desde el quinto piso del edificio frente al que nadamos. Volvemos juntos a la arena, despacio, mientras se despiertan las persianas de los edificios y la playa se va llenando de corredores en pantalón corto. El mismo mar que antes me llamaba, ahora me expulsa con una rabiosa sacudida de espuma. Nos miramos de reojo mientras intentamos secarnos. Espero que no perciba que lo estoy haciendo con un floreado pañuelo de cuello que luego escondo en el fondo del bolso.

Ya no puedo volver sobre mis pasos, porque estos se confunden ya con una decena de pisadas. No me despido del desconocido, con quien no he cruzado palabra. Abandono la playa con paso ligero y en el baño de la primera cafetería que encuentro intento limpiar mi piel de pegamento de salitre que ahora, seco, me resulta molesto. Me lavo la cara y me seco el pelo con el aire del secador de manos. Me pongo colorete y me aplico la barra de labios frente a un espejo desconchado y ahumado, que afortunadamente no me devuelve un reflejo muy nítido.
En dos minutos llego con tiempo de sobra a la cita. Me pido un cafe. Abro el periódico y lo vuelvo a cerrar. Pienso en los políticos dando sus ruedas de prensa; en el rescate; en Cifuentes, que habrá madrugado mas que yo para retocarse el rubio en la peluquería; en el nuevo escandalo político en Valencia; en los contenedores inteligentes de basura de Santander, hasta en los mercados financieros. Absurdas preocupaciones que no existían dentro del mar.
Llega mi cita, un compañero de la facultad con su cliente que me tiende la mano. Agradezco que no intente besar mi cutis salado. Le acerco la mía con energía y ambas se funden en un cálido abrazo que huele a mar. No nos atrevemos a mirarnos durante el resto de la reunión. Hablamos como dos extraños, representando cada uno nuestro papel.   En lugar de solucionar el asunto que nos ha traído hasta aquí, ambos coincidimos en convocar una nueva reunión. La semana próxima. Aquí, abrazada al mar de Castro en otoño.

martes, 2 de octubre de 2012

Bendito sea el caos


Hay que ver lo que nos hemos reído en este país de Berlusconi, cuando cambiaba las leyes a su antojo para superar ilegalidades. Ahora que ya somos como aquella Italia de pandereta, me temo que no nos hace tanta gracia. El Gobierno español coincide con Putin en que Rusia y España tienen demasiada libertad de expresión. El líder ruso ya está corrigiendo el vicio limando con dureza, desde hace años, cualquier intento de excesiva democracia. Tan equivocado está el libre albedrío del pueblo que ha tenido que intervenir para forjar un resultado electoral favorable a su persona.
El Gobierno de Rajoy –o al menos su portavoz para asuntos internos, la delegada Cifuentes- ha advertido hoy que sopesa hacer cambios legales para ‘modular’ el derecho de manifestación. Porque, al parecer, es la única manera de legalizar los métodos represivos que obliga a utilizar a la policía en las concentraciones contra el Gobierno.

Fue Noam Chomsky quien dijo que si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en ella para nada. Ahora que ha tocado poder, Cifuentes cree que la Ley es muy permisiva con el derecho de reunión y manifestación que disfrutó para sí cuando ejercía la oposición. Pero ya lo advirtió ayer Lassalle. Según su teoría, las leyes están por encima de la voluntad del pueblo, y también por tanto de la de esta señora.

Aún así, resulta sorprendente el protagonismo de la delegada del Gobierno en Madrid que, por la soltura con la que se conduce y los silencios de Rajoy, parece haber tomado las riendas del país. En realidad es como un tres en uno, porque además de su cometido parece capaz de fagocitar las competencias de los ministerios de Interior y Justicia. Al menos solo cobra un sueldo, no como Cospedal y su obsesión por no pagar a los diputados mientras ellas percibe tres salarios y enchufa al marido en un consejo de administración.

Legislar a la medida de los intereses políticos del gobierno de turno –en este caso para intentar reprimir manifestaciones- no es precisamente democracia. Son prácticas abusivas que tienen cabida en otro tipo de sistemas políticos o, cuando menos, que evidencian un notorio deterioro del mismo. El efecto, además, es contraproducente. Obligará a los ciudadanos a sumar una nueva causa para salir a la calle.

Lo que es terrible es que los fanáticos dibujen los límites de la libertad de expresión. “Bendito sea el caos, porque es sinónimo de libertad”, decía Tierno Galván. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Los que aplaudimos poco


Precisamente hoy que ha muerto el historiador Eric Hobsbawm ya es urgente resucitarlo. Para corregir la equivocada ligereza con la que José María Lassalle, el peón ministerial del amargo ministro Wert, hoy, en una tribuna de opinión, censura y desacredita las manifestaciones ciudadanas que su partido ha disuelto a golpes, muy lejos del talante democrático que predica para protegerse de ellas.

Cuando, por mucho que se ha leído y memorizado, se confunde la mayoría absoluta con el absolutismo es normal que el señor Lassalle defienda que los ciudadanos (pueblo, lo llama él) únicamente puedan abrir la boca cada cuatro años en las urnas, donde con frecuencia se les da a elegir entre lo malo y lo peor.
En esos periodos valle, de cuatro años de legislatura, no podemos protestar, ni exigir dimisiones –como por cierto hacían ellos, día si día no, con el anterior Gobierno socialista-, ni manifestarnos contra las instituciones del Estado, ni discrepar de sus decisiones. Estamos obligados a ejercer de mudos espectadores, ese es el concepto de la democracia participativa que se ha forjado Lassalle en sus horas de biblioteca.

La voluntad del pueblo –sostiene- no está por encima de las leyes. La frase queda muy redonda, mientras se pase por ella solo de puntillas. Porque, en realidad, a su vez las leyes emanan de la voluntad del pueblo. Aunque, en realidad, las leyes las hace y deshace a la medida de sus intereses el gobierno de turno y algunos, como el suyo, a golpe de decreto ley, sin ni siquiera permitir que se debatan en el Parlamento, que es ese sitio tan respetable que custodia la soberanía popular, que a su vez les sirve de escudo para justificar que son intocables. Demasiada subordinación de conceptos concatenados para un político, Lassalle, que formula ecuaciones más simples a la medida de los intereses políticos que representa, en un nivel muy inferior –es una lástima- a su alcance intelectual.

Apocalípticamente, teme –así-, el joven profesor, que la masa “derribe la arquitectura institucional que sustenta nuestra civilización democrática”; lo cual es una pretensión demasiado petulante porque, además, de eso ya se están encargando el ministro del Interior, el responsable de la Policía y la delegada Cifuentes, con su bochornosa y escandalosa represión de la libertad de expresión reflejada en el escaparate de los medios internacionales.
Se lamenta, además, el secretario de Estado, de que los políticos sean caricaturizados como una casta parasitaria. Resulta difícil rehuir el calificativo cuando se piensa en el clan de los Fabra –padre y Andreíta-; el alcalde de los Rolex, el ex diputado Bárcenas, el Camps de los trajes, la familia Gurtel, los escándalos de Matas, los viajes y cenas de Dívar, las cacerías en África, los ERES fraudulentos, el agujero de Bankia, la ministra ama de casa que nunca cotizó a la Seguridad Social, el ministro de Leman Brothers… y así en un lamentable y crispante infinito –muy democrático, eso si- donde muchos de los representantes de los ciudadanos hibernan treinta años –como Esperanza Aguirre-, y se van con el futuro resuelto en forma de pensiones o sueldos vitalicios, sin que penalicen las chapuzas realizadas.

Se cuestiona la política representativa, clama Lassalle. No. Se cuestiona a los políticos que nos representan, que es otra cosa. “Podemos cuestionarnos y echar abajo todo lo bueno que ha traído la democracia”, sentencia al final. Podemos cuestionarnos –señor Lassalle- y echar abajo todo lo malo, que de eso se trata.

Hobsbaw decía que a la democracia se la utiliza para justificar las estructuras existentes de clase y poder. “Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el Gobierno, somos legítimos incluso para lo que no nos votaron”, formula.

Contra el apocalíptico Lassalle, el mensaje de Hobsbaw. El mundo necesita recuperar los valores de la Ilustración, para afrontar el futuro. Aquellos que creen en el progreso humano, de toda la humanidad, a través de la razón, la educación y la acción colectiva. Porque sin desobediencia civil, en Estados Unidos los negros seguirían viajando en la parte trasera de los autobuses. 
Lo que nos pide Lassalle es imposible; que traguemos y miremos para otro lado. Eso si que no soluciona nada más que su futuro político.