miércoles, 31 de octubre de 2012

Mientras haya otro peor


Sicilia 2012. Las urnas electorales acusan el descrédito y la inutilidad de los políticos frente a la crisis. Sólo el 47 % de los ciudadanos se presentó a votar, ni siquiera la mitad. Por primera vez tampoco la mafia se presentó a las elecciones; lo que certifica su inoperancia. Sus vecinos griegos y el efecto Amanecer Dorado saborean las hieles de este estigma. Y en Ucrania, los ciudadanos han tirado la toalla y arremeten contra el sistema despreciando su democrática oportunidad de elegir a sus dirigentes, ya que un elevado porcentaje de la población ha renunciado a luchar contra la corrupción haciendo causa común con ella y han vendido su voto por dinero al mejor postor.
En Estados Unidos el huracán Sandy fagocita la campaña electoral y viven pendientes de cómo una catástrofe natural puede influir en los resultados, dada la escasa confianza en la superioridad de ninguno de los contrincantes a quienes puede tumbar el avieso viento del oeste que amenaza Nueva York en plena celebración de Halloween, que ya ha comenzado la matanza de calabazas y este año triunfa el disfraz de Ecce Homo marca España. Donde el dubitativo y perplejo Rajoy desmenuza la eterna margarita del rescate, y la visionaria Báñez padece alucinaciones para digerir las perversas cifras de paro en las que cree atisbar los adulterados brotes verdes de Zapatero.

En los últimos juegos olímpicos el norcoreano Om Yun Chol levantó tres veces su propio peso y se llevó la medalla de oro en halterofilia. Le preguntaron cómo puede levantar 168 kilos un hombre. “Creo que ha sido el gran Kim Jong II quien me ha dado su ayuda”, respondió. Eso es confianza en un líder. En política los positivos por totalitarismo o corrupción no penalizan como en el deporte. A Amstrong le han borrado de la historia del Tour y, en cambio, al comisario europeo de Salud que dimitió forzado por un escándalo de corrupción relacionado con las tabaqueras le seguirán pagando 8.550 euros durante tres años, que luego menguarán a una pensión vitalicia de dos mil.

El otro día la viñeta de Ricardo en El Mundo preguntaba a Rajoy: Mariano, no te preocupa lo de los desahucios? Respuesta: No, con lo debilitado que está el PSOE van a tardar mucho en sacarnos de la Moncloa.
Esa es la cuestión. Mi triunfo es que hay otro que lo hace peor. 

martes, 30 de octubre de 2012

Allí termina el hombre


Ayer falleció Antonio Meño, un nombre que no representa a nadie y que somos a la vez todos. Un ciudadano que entró en un quirófano para operarse la nariz y salió en coma, por la negligencia de un anestesista que ha quedado impune.
Llevaba veintitrés años en coma atendido por sus padres. Una familia que cuando puso el asunto en manos de la justicia solo recibió más dolor, más miseria y más desamparo. El feroz instinto de protección de algunos profesionales sanitarios implicados impidió demostrar la verdad. Pero no contentos con eso, después de casi veinte años de pleitos, la familia agotó la vía civil y la penal para reclamar una indemnización, y en 2009 el Tribunal Supremo decidió que no tenía derecho a nada y la condenó a pagar 400.000 euros en costas. Les embargaron la vivienda. Confiar en el sistema judicial español les costó todo. Se quedaron sin nada, abrazados al cuerpo vegetal de su hijo. Esa fue la justicia que tuvieron.

Nada tiene que perder quien lo ya lo ha perdido todo. Así que la familia de Antonio inició una nueva batalla por su dignidad y por sus derechos. Si es preciso sucumbir, enfrentémonos antes con el azar, dijo Tácito. Se instalaron con su hijo en una tienda de campaña delante del Ministerio de Justicia, donde todos los madrileños pudieron contrastar su vergonzosa historia y respirar el amargo aroma que destila la injusticia. 522 días. 17 meses. Casi un año y medio. Un invierno y otra primavera. Bajo la impávida mirada de los políticos, los jueces, la lluvia, los vecinos, el frío, los ciudadanos, las luces de navidad y el sol. El verdugo de Antonio, en silencio.

Un proverbio chino dice que el momento elegido por el azar vale siempre más que el momento elegido por nosotros mismos. Cuando no esperaban nada, el destino se puso de su parte el día en que el cirujano Ignacio Frade, que había presenciado la operación e ignoraba el fatal desenlace, pasó por delante del improvisado campamento de la familia de Antonio. Gracias a su testimonio el Tribunal Supremo reabrió la causa. El anestesista no estaba presente en el quirófano cuando hubo complicaciones.
La familia llegó a un acuerdo y aceptó una indemnización de un millón de euros que puso fin a veintidós años de litigio. “Hemos vendido a nuestro hijo por dinero, pero no teníamos fuerzas para  enfrentarnos a otros diez años de juicios”, se lamentó la madre. Un remordimiento que conmueve en una sociedad donde, especialmente los ricos y poderosos, no demuestran ningún escrúpulo ni cuando se quedan el dinero que no les corresponde, ni cuando cobran escandalosas pensiones ni indemnizaciones.

La justicia en España es cada día más injusta para los que menos tienen. Especialmente con las nuevas tasas judiciales que entrarán en vigor el año que viene. Recurrir una multa de cien euros costará doscientos. Demandar un impago de una factura, también. Y para poder recurrir un despido en segunda instancia habrá que pagar 500 euros. Si, además, usted inicia el procedimiento y el juez no le da la razón, pagará las costas. Como les pasó a los padres de Antonio, que perdieron todo su patrimonio por ejercer su derecho a la justicia.

Antonio murió ayer por segunda vez. La primera lo hizo en la mesa de operaciones de aquel 3 de julio de 1989. El anestesista se llama Francisco González y sigue ejerciendo. Una historia que representa el fracaso del sistema. Donde comienza el estado, allí termina el hombre.  Nietzche. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Sesenta minutos


Sesenta minutos y también uno solo de ellos pueden cambiar la vida de cualquiera. El sábado, la atávica e inútil costumbre nos regaló una hora de más para que amanezcan más temprano el día y la noche. Retrocedimos en el tiempo pero no pudimos aprovechar el vacío en el tiempo para repetir o modificar nuestro destino durante este bucle de sesenta minutos. Porque estábamos durmiendo.

A la mañana siguiente todo parecía igual, probablemente únicamente fue una noche más larga. Pero al despertar, Aznar había tenido un ataque de gastroenteritis. El Borbón –que mete ya casi tanto la pata como Carmen Sevilla en el Telecupón- dijo que España desde fuera se ve mejor, pero que dentro dan ganas de llorar. El Gobierno había creado una célula de crisis contra la independencia catalana liderada por Gallardón. Se supo que cada español ha aportado 1.846 euros para sanear bancos podridos. La Guardia Civil penalizó a dos agentes con 240 euros por poner pocas multas. Muchos ucranianos vendieron su voto para elegir presidente en Internet por 30 euros. Una agencia de adulterios utiliza la imagen de la Reina Sofía como gancho. Un señor del PP dice que los ciudadanos que se manifiestan contra los presupuestos del Gobierno son personas aburridas y antisistema. Detienen a un periodista griego por publicar la lista de 2.049 evasores fiscales. Una ONG es condenada a pagar tres mil euros por pedir información al Gobierno. Funcionarios de Hacienda visitarán negocios que tengan deudas fiscales y les embargarán la caja del día. Y un tipo extraño se ha operado la lengua para hacerla bífida.

Hemos desperdiciado los sesenta minutos de propina que nos regalaron ayer, y que se han precipitado, como todos, por el esperpéntico agujero negro de la realidad y la rutina.  
Una hora de más no cambia el mundo, aunque puede cambiar el de cada uno de nosotros. Nos dan una noche con una hora más, que nos atropella entre sueños.
Si hay que regalar tiempo, yo prefiero la luz. Que los relojes se paren y que todo tiempo se congele. Que se interrumpa todo, como si nada hubiese. Que no circulen los coches ni los aviones. Que se queden mudos los políticos, vacíos los mercados y bares, paradas las fábricas. Que todo permanezca inmóvil. Y que cada uno de nosotros disfrute de este tiempo puro que tanto anhelamos. Disfrutaría de un paseo, de un abrazo. De una mirada. De la compañía del otro. Contemplaría el mar. Aspiraría el aire con más fuerza que de costumbre. Ensayaría más sonrisas.
África lo define con una frase preciosa. Vosotros, los europeos, tenéis los relojes. Pero nosotros tenemos el tiempo. Y somos el tiempo que nos queda, como acertó a explicar Caballero Bonald.

viernes, 26 de octubre de 2012

Dos gestos anómalos


Ayer se han producido en España dos gestos extraordinariamente anómalos. Probablemente también se destapó a otro corrupto, alguien metió la mano al cajón y un tercero se lucró con el descrédito de un dinero público mal invertido. Pero los periódicos dan cuenta de dos hechos desacostumbrados que, acaso por esa misma naturaleza, fertilizan la polémica.
Uno es que Amancio Ortega, el quinto hombre más rico del mundo, ha donado veinte millones de euros a Cáritas, la mayor contribución privada que la organización ha recibido en sus 67 años de historia.
El otro es que el novelista Javier Marías ha renunciado al Premio Nacional de Narrativa dotado con veinte mil euros que otorga el gobierno de turno.

A Ortega se le critica que solo le supone un pellizco del 0,05 por ciento de su extraordinaria fortuna. Pero hasta ahora también se le afeaba, como al resto de ricos, que no contribuyeran ni con un duro de más para sortear los adversos efectos de la crisis.

A Marías supongo que no se le perdona que sea capaz de ganarse la vida y el prestigio sin recibir dinero público, y sin la necesidad de sentirse reconocido por el empalagoso almíbar de los halagos oficiales, que acaba por contaminar políticamente a todo el que recibe una medalla a propuesta del partido político gobernante.

Podemos discrepar, censurar, rebatir, criticar, denostar e incluso despreciar sus comportamientos. Pero tengamos en cuenta que más allá de estas acciones impera una inhumana y atroz realidad de la que echamos pestes todos los días. La dubitativa e irresoluta acción del Gobierno, el reiterado descrédito de la gestión política, la usura bancaria y los escandalosos desahucios que generan deudas vitalicias, la paranormalidad de Mariló Montero y su teoría de que el alma humana habita en el hígado de los malvados, los recortes, copagos, privatizaciones, las pensiones menguadas, los salarios reducidos. Y nuestra dignidad de ciudadanos por los suelos.

Probablemente no hay que extenderse en aplausos y agradecimientos. Pero tampoco denostar insólitas iniciativas como que un hombre rico regale veinte millones de euros a los necesitados, y otro hombre ilustrado nos ahorre otros veinte mil euros y una medalla. Lógico. Estamos estupefactos, y tardaremos en asimilarlo. 

jueves, 25 de octubre de 2012

La hija de El Cariñoso


 ‘Pin, no te olvidamos’. A la altura del número 44 de la calle Santa Lucía de Santander una frase pintada sobre un muro todavía hoy, setenta años después, recuerda a El Cariñoso, aquel maquis de San Roque de Riomiera asesinado, en la postguerra, al salir de la buhardilla en la que se ocultaba junto a su compañera María Solano, que fue encarcelada y torturada para forzarla a abortar. 

Es extraño en una ciudad indiferente a una grotesca geografía urbana aún salpicada por la constante memoria de una dictadura cuyo recuerdo no se accede a borrar, como borrado está el de sus víctimas.

La hija de Pin el Cariñoso sobrevivió y hace un tiempo regresó de Estados Unidos, donde vive desde los doce años, para recuperar lo que la dictadura le negó, que es el apellido de su padre. Después de un lastimoso viaje emocional y burocrático, hoy es oficialmente Josefina Lavín Solano, como en realidad siempre fue.

Nació en la cárcel ya derruida de la calle Alta y con dieciocho meses se quedó al cuidado de su abuela Teresa, la madre de El Cariñoso, en Liérganes. Una periodista norteamericana que realizaba un reportaje sobre las mujeres en las cárceles franquistas conoció a la madre de Josefina y al saber que había nacido en Arizona, aunque con pocos años retornó con sus padres a España, se puso en contacto con la embajada estadounidense en Madrid. Salió de la cárcel y como ciudadana norteamericana embarcó con su hija Josefina desde el puerto de Cádiz rumbo a Nueva York.

Ayer, en una pequeña librería de viejo de la Rampa de Sotileza, que es la huella de Pereda y la calle más bonita de Santander -con permiso de la empalagosa postal turística del marco incomparable-, conocí a Josefina Lavín Solano. Un emotivo acto, muy íntimo, celebró la recuperación de su nombre, que es la memoria de su padre que, a su vez, se exhibió en el documental de Vicente Vega.

Es una mujer menuda, de mirada intensa y viva, que se asoma a su pasado con dolor pero sin rencor. Lo que más me sorprendió fue su percepción de España. Piensa que la democracia es un escaparate y se extraña de la falta de derechos de los ciudadanos. Supongo que para una ciudadana estadounidense, o de cualquier otro país incluso mucho más sensato, es incomprensible que no hayan sido juzgados tantos crímenes, vejaciones, expolios y torturas. O que el otro día hayan condenado a muerte por segunda vez al poeta Miguel Hernández, o que aún haya muertos enterrados en las cunetas. La dictadura les negó justicia y la democracia también. Cuando lo cubrió todo con un velo de silencio y olvido, que aún hoy supura dolor.

Josefina Lavín, la hija recuperada de José Lavín Cobo. Al despedirme, llovía. Una cortina de lágrimas acompaña el eco de mis pasos solitarios sobre el empedrado del Cabildo. Es ya de noche. Aprieto el paso hasta el número 44 de la calle Santa Lucía. Y con un bolígrafo que apenas deja huella escribo rabia, impotencia y vergüenza.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Periodismo sin kryptonita


Superman se ha hecho autónomo. Con la que está cayendo ha renunciado a su trabajo como redactor asalariado en el Daily Planet, porque un gran conglomerado multimedia se ha hecho con el control de la publicación y ha impuesto una línea editorial que choca con sus más hondas convicciones. Montará su propio diario o un blog. Y entonces se dará cuenta de que la verdad no le importa a –casi- nadie, y que en su compañía tampoco se llega a fin de mes.

Eso explica que un periodista como Clark Kent necesite ser a la vez un superhéroe como Superman para ejercer con dignidad la profesión, para resistirse a la manipulación, la ocultación y las medias verdades, que son el pan nuestro de cada día en los medios de comunicación. Paradójicamente, los más peligrosos suelen ser aquellos que se tachan a si mismos de independientes. La única verdad es la realidad, defendía Aristóteles. Eso debería bastar para definirse. Y a eso debería ceñirse un periodista, a sabiendas de que una verdad no es un cruce de declaraciones de políticos sobre un tema que les conviene airear, ni una nota de prensa redactada por el protagonista de la noticia, ni la agenda de un presidente, ni la morbosa actualidad de sucesos.

Kapuscinski sostiene que el buen periodismo, además de describir un acontecimiento, explica por qué ha sucedido; en el mal periodismo solo se describe sin ninguna conexión o referencia al contexto.

El periodista reflexiona, critica, descubre, piensa, coteja, explica, investiga, lee, desmenuza, relaciona, cuestiona. En ese proceso, en ese tratamiento de la información, reside la objetividad que, por supuesto, no se limita a contar con toda la asepsia posible lo que opina una parte y su contraria sobre un tema.

Un periodista no aplaude. Ve lo que otros no ven. Y no deja que le impongan lo que es noticia. Hace ruido. Perturba al poder. Desvela. Porque la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Y, todo eso, Superman, hay que hacerlo sin Kryptonita.

martes, 23 de octubre de 2012

El cínico Umbral


Paco Umbral decía que escribir era la manera más profunda de leer la vida. Se ponía guapo para escribir, con el batín inglés de terciopelo azul noche y su inseparable foulard blanco. Como si el ornamento exterior determinase a su vez la estética narrativa que sus largos y ágiles dedos construían a impulsos sobre aquella vieja Olivetti, cuya tinta destiló párrafos vitriólicos, lúcidos, críticos. “El cinismo es un gran ejercicio intelectual”, acostumbraba a recitar.

Dicen que fue un ejemplar literario único, poeta y compositor de una prosa lírica fértil que suma 125 libros, extraordinaria, propia, original. Creía que el talento era cuestión de insistencia. Soñó desde niño con ser columnista, como otros anhelan ser abogados o médicos, y según Pepe Hierro lo que de verdad le gustaba era flagelar la estupidez.

Diariamente alimentaba su columna de pequeños detalles, de lo inesperado; lo aliñaba con su lírica elegante y humor, y sostenía que siempre hay que escribir contra el poder. Umbral no dejaba indiferente a nadie. Se definió a si mismo como un escritor hosco y brillante, insolente y un poco rojo. Durante una temporada le dio por beber leche y arrojar a la piscina de su casa los libros que no le gustaban. ‘La madurez no es llegar al orden, sino instalarse en el caos’, reflexionaba.

Explicaba que un periódico tiene dos opciones: ‘Tranquilizar la digestión de sus lectores o ser la espuela de plata mañanera que invite a la gente a vivir, participar y enterarse’. Pero a la vez reconocía que el español medio compra el periódico para tener ideas. ‘Por veinte duros se hace uno socialdemócrata, demoliberal, democristiano, moderantista, neoconservador, liberal de izquierdas, rojo de derechas o partidario del Atlético o el Madrid’, apostillaba.

Enhebraba con brutal ironía las costuras de una columna que destilaba belleza narrativa, ingenio y vida propia, a través de un penetrante y seductor ejército de palabras que resucitaba, creaba o interpretaba hasta bautizarlas en su peculiar lírica, en un credo narrativo extraordinariamente metafórico que todos los días se asomaba, con renovado ingenio, al escaparate de la realidad.

Ayer, cinco años después de su fallecimiento, los políticos de Madrid le organizaron un acto patrocinado por Caser Seguros y Gas Natural Fenosa. “La independencia existe, pero se paga”, como repetía Umbral. Ana Botella aprovechó el momento para adornarse con pluma ajena, y dijo que, hoy, la prosa del columnista haría temblar a los nacionalistas. La tinta del intelectual salpicaría, como acostumbraba, en todas las direcciones, incluida la suya; y pretender lo contrario es desconocer el alma de sus palabras: ‘El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto’.
‘Yo estoy conmigo y contra mí’. Es la mejor definición de un columnista.

lunes, 22 de octubre de 2012

El hombre del traje gris


El otro día descubrieron a un hombre que llevaba quince años muerto. Tenía el pijama puesto y estaba acostado sobre la cama de su casa, a la que los servicios municipales accedieron por casualidad tratando de solucionar unas filtraciones de agua denunciadas por una vecina.

Vivía en una casa en Lille, al norte del país, y era español. Se llamaba Alberto Rodríguez y habitaba el mundo en una burbuja de soledad tan descomunal que solo la casualidad le ha devuelto al recuerdo. Nadie le echó de menos, nadie le lloró. Ha pasado quince años en silencio y ahora, repentinamente devuelto a la actualidad ha cobrado más notoriedad de la que nunca tuvo en vida. Ha sido precisamente el anonimato de su existencia, exhibido en el mudo letargo de su despedida, la causa que ha forjado el interés por este protagonista, intuimos que involuntario, de esa incomunicación.

Su muerte no desató ninguna reacción. Probablemente hasta habrá seguido recibiendo regularmente su pensión en el banco, a donde habrán sido girados los recibos de luz, agua e impuestos de la casa que tenía en propiedad. Es decir, que su vida ha seguido sin él. Quizá porque ya estaba muerto en vida, ya que para el estado somos ciudadanos, no personas, y seguimos vivos mientras paguemos regularmente nuestros impuestos.

Esta es la historia del hombre del traje gris, en cuya anónima historia hurgan ahora sin pudor los investigadores para despejar la incógnita de quién fue y porqué nadie le añora. Toda su intimidad celosamente preservada en esa soledad está ahora expuesta como un escaparate a la policía, los vecinos y los periódicos, que quieren construir su historia triste.
Aunque quizá se forjó el destino a su antojo. Y quizá amó y fue amado con todo el ardor del que fue capaz, a lo mejor fue extraordinariamente dichoso conociendo, compartiendo. Tal vez la vida le llevó a donde tantas veces había viajado con la imaginación.

Dicen que la soledad es un infierno para los que intentan salir de ella. Pero también felicidad para quienes se esconden en ella.
Montesquieu decía que queremos ser más felices que los demás, pero eso es muy difícil porque siempre les imaginamos más felices de lo que son. Tal vez también cometemos el mismo error con la tristeza y la soledad.

viernes, 19 de octubre de 2012

Bocados de realidad


La realidad es irracional, enunció Hegel. Comulgamos cada día con ello. Hoy dice el periódico que se va a ampliar el aeropuerto de Castellón, para conservar su virginidad porque no ha aterrizado nunca un avión. Casi como la silla de la funcionaria Esperanza Aguirre quien –recién incorporada a su puesto tras treinta años en política- esta semana ha trabajado solo un día, dando ejemplo a los liberados sindicales a quienes tanto criticó de hasta donde llega el liberalismo que abandera, que es a la insumisión laboral. El inefable e inflamable Cosidó, que ordena y manda a las fuerzas de seguridad del estado, ligero forjador de epítetos, podría catalogarla de antisistema.
Leo, además –dos veces, para cerciorarme de que los cereales del desayuno no han sido adulterados con alucinógenos- que el Gobierno de España quiere prohibir que se tomen imágenes de la policía en plena faena de disolución de manifestaciones, entre otros supuestos. Para ello reformarán la Ley de Seguridad Ciudadana porque, en opinión de Ignacio Cosidó –un eminente miembro del Partido Popular forjado al calor de la ardiente fragua de las tertulias de Intereconomía-, “aumentará la protección jurídica de los policías”. Así será más fácil negar la verdad que mostraron las televisiones.
Claro, que la resistencia pasiva también será delito, y se podrá castigar con penas de entre seis meses y un año de cárcel. Cosidó va a conseguir que resucite Ghandi, a quien ya me imagino dando una lección de resistencia pacífica en el plató de ‘El gato al agua’.

Algún listo dijo que la fantasía es como una perpetua primavera. Pues ha llegado con mucho adelanto y ya se respira en este otoño gris. El comisario europeo de salud dimite por tráfico de influencias con una tabaquera, el empalagoso Brad Pitt se ha convertido en la cara masculina de Channel número 5. Cifuentes multa con seis mil euros a la persona que notificó la concentración del 25-S. Un individuo conduce por el carril rápido con un maniquí femenino de copiloto. El rey echa la bronca a Rajoy por pretender españolizar catalanes. Unos ladrones de coches roban por equivocación doce cadáveres en Alemania. Uno de cada cinco diputados de las cortes Valencianas tiene causas pendientes con la justicia. Cospedal propone que los fontaneros sean diputados en sus ratos libres y gratis. Y hemos leído más del mafioso chino Gao Ping que del Nobel Mo Yan.
La única verdad es la realidad, decía Aristóteles. Aunque hoy nos cueste creerlo. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Hambre y cebolla


‘Varios tragos es la vida y un solo trago la muerte’. Erró el poeta cuando hizo verso esta certeza. El otro día Miguel Hernández ha sido condenado a muerte por segunda vez. En esta ocasión la sentencia mortal no emana del juicio sumarísimo sin garantías celebrado en 1940, sino del Tribunal Constitucional de la España del siglo XXI, que no ha accedido a anular la condena a muerte, como pedía su familia.
Desapareció en la oscuridad, que dijo su amigo Pablo Neruda, y no ha podido resucitar a la luz de la libertad. Habita el cementerio de los zapatos viejos que él mismo glosó. Y del que no hemos podido desamordazarle para regresarle, en sus propias palabras, de esa memoria podrida en la que respira su recuerdo.

Miguel Hernández fue condenado por delito de adhesión a la rebelión previsto en el Código de Justicia Militar del año 1890 a la pena de muerte, que fue conmutada por treinta años de prisión, que no llegó a cumplir, ya que la enfermedad le mató en la cárcel en 1942.

Cierto es que nada importa ya, cuando no podemos devolverle la vida. Como a tantas otras personas que la consumieron en el irracional ardor de aquella España. ‘Tristes armas, si no son las palabras’, nos dejó escrito. Pero parece que tampoco estamos preparados para devolverle la dignidad. Y eso si enturbia un poco nuestras ínfulas demócratas levemente prendidas por las frágiles costuras de una transición que aún supura demasiado duelo.

La justicia española derrocha recursos en proteger el presunto honor de presuntos famosetes heridos en su presunta dignidad. Todos resarcen sus heridas con dinero. La familia de Miguel Hernández solo busca limpiar su memoria. Y hemos sido incapaces de hacerlo.
Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino /que mancha con su lengua cuanto lame.