jueves, 14 de junio de 2012

Sin vacunas contra el optimismo


Dicen que estamos al borde del bono basura. Por eso, ayer, algunos de los cuatro mil afectados cántabros por las llamadas preferentes -a quienes les tienen secuestrado su dinero en un complejo timo financiero en algunos casos vitalicio- fumigaron veinte oficinas de La Caixa con un preparado líquido de pescado de podrido rescatado del cubo de los despojos en el que dicen que habitamos.

El fétido sabotaje es probablemente una metáfora pestilente de la vieja Europa construida sobre los pies de barro de la especulación financiera que crea fondos buitre para cazar activos tóxicos o vende hipotecas morosas, casquería mercantil más abrasiva que las armas biológicas de Sadam Hussein.

No hace falta que ninguna agencia de calificación venga a ponernos el sello de la basura, en un mapa donde antes prosperaron los de calidad. Hace años que los ciudadanos menos favorecidos bucean en los contenedores de las calles para rescatar yogures caducados y fruta podrida. Aunque, antes y ahora, algunos se crean demasiado mejores que Grecia y Uganda, ignorando que somos una potencia en comedores sociales, por cierto, desbordados.

Anoche dijeron en un programa de televisión que el valor de las cosas aumenta cuando estamos tristes y que, por lo tanto, las emociones influyen en los precios. Es una consideración tan extravagante como la propia dinámica económica mundial, como el hecho de que Zara, inmune a la crisis, ha aumentado un 30% sus beneficios; como que Rato ha renunciado bajo presión a cobrar 1,2 millones de euros de Bankia; o como que el portavoz de justicia del PP en el Senado ayer pidiera respeto para las instituciones, cuando no se respetan ni a sí mismas.

Pero si la receta funciona y la felicidad destruye la inflación y fagocita el déficit, hoy estamos de suerte. Porque cuatro décadas más tarde, el espíritu Love Story sigue vivo. Y si anoche los protagonistas –Ryan O’neal y Ali McGraw- evocaban aquella corriente de pasión con un beso ante miles de espectadores, hoy, los secundarios de la película, Ángel y su enferma enamorada Paquita, reivindican una historia de amor que conmueve a todo el país, excepto al corazón de los obtusos responsables de su traslado, enfrascados en otras prioridades, como financiar parques temáticos.

Afortunadamente, como dice Benedetti, no hay vacunas contra el optimismo. Aún hay personas que cultivan sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de la realidad. 

miércoles, 13 de junio de 2012

Sombrero de paja con guarnición de flores marchitas


Cuando dicen que 19 millones de viajeros van a ver todos los años en la tele de los autobuses municipales de Santander los videos sobre emprendedores que van a proyectar para favorecer la actividad empresarial, me pregunto cuántos de esos ciudadanos soy yo. Calculo que entre semana cojo un autobús todos los días, en trayecto de ida y vuelta por lo que, si hago cuentas, me temo que robo a la estadística 480 viajeros al año. Casi quinientos avatares de mí mismo que al cuarto viaje soportando el mismo video serán impermeables al efecto propagandístico pretendido. Pero el impacto de una cifra tan grandilocuente aspira a generar la pedantería de tratarnos de convencer de que uno de cada dos españoles se sube al autobús en Santander al menos una vez al año, como si la flota municipal fuese un Ryanair al paraiso.  

El autobús no es un espacio para ver la televisión cuando hay tanta fauna urbana que lo habita, diversidad que resulta cautivadora y extravagante para el viajero. Mi preferida es la señora que, cuando el autobús se desliza entre Cazoña y El Alisal, toma la línea a Corbán en una de sus paradas. Se atusa con coquetería su deslucida media melena color humo, acariciada siempre por un gastado sombrero de paja con guarnición de flores de tela marchita. 
Habla despacio, desparramando lentamente las palabras a su alrededor imprimiendo en cada frase un discurso orgulloso, soslayando el engreimiento. “¿Pero no ha leído usted mis memorias?”, reconviene invariablemente al conductor la anciana de dulce apariencia. Tras una pausa, en la que esboza una sonrisa beatífica, prosigue con paciencia: “Sabrá usted que soy escritora. Mis relatos son muy famosos, todo Santander me conoce”, dice mientras rebusca el libro que nunca encuentra en el carrito de la compra que siempre le acompaña a modo de bolso de Mary Poppins y donde, mucho me temo, cabe toda su vida que transita de una parada a otra del autobús. 
Allí esconde un infantil bolso, un paraguas de largo y retorcido mango, un rollo de burbujitas de plástico para embalar y un cuaderno sin tapas lleno de letras desordenadas, de trozos de versos sueltos y de palabras bonitas que, alguna vez, muestra con petulancia a los viajeros más escépticos como prueba de su talento.

Ya no me pregunto donde habita porque la veo bajarse del autobús, con trabajoso esfuerzo, y cuando arranca de nuevo y echo la vista atrás se ha fundido ya en mi memoria, y en toda la avenida no hay rastro de la deslucida media melena color humo acariciada siempre por un gastado sombrero de paja con guarnición de flores de tela marchita.

Entonces vuelvo mi mirada hacia los buzones donde antes se almacenaron algunos ejemplares de poesía y relatos para acompañar los desplazamientos. Pero ahora siempre están vacíos, porque los libros están prisioneros en las estanterías y los cajones de alguno de los 19 millones de viajeros que los secuestran para que sus páginas no respiren, para que no se escapen las letras.

Por tanto, no me queda más remedio que conectarme los auriculares y escuchar la radio. Pero mientras el autobús sortea la complicada orografía urbana ascendiendo hacia Miranda, escucho que el humo del diesel ha sido declarado cancerígeno, que desde hace quince años el CSIC desperdicia dinero en conseguir un coche sin conductor que sirve para que no nos aburramos en los atascos, que el Ayuntamiento de Santander va a inspeccionar los parques y jardines con bicicletas eléctricas; o que el exgobernador del Banco de España, Miguel Ángel Ordóñez, iba a comprar al mercado para cotillear los precios de las gambas y el pollo travestido de ciudadano normal con vaqueros y gorra, como Cristina Cifuentes en las asambleas del 15M, que se calzó unas deportivas y ya se creía investida de la estética perroflauta.

Y entonces siento un desaforado deseo de leer el cuaderno de la mujer de la deslucida media melena color humo acariciada siempre por un gastado sombrero de paja con guarnición de flores de tela marchita.

martes, 12 de junio de 2012

Que el amor nos salve de la vida


Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida. El último inquilino de la residencia La Pereda se ha aferrado a las palabras de Neruda y se ha atrincherado en su habitación para impedir que le trasladen a vivir a Laredo, desde donde no podrá compartir sus tardes con Paquita, porque con los cien euros que le quedan de pensión no podrá ir y venir todos los días en el autobús.

La administración dice, con su imperturbable flema tecnócrata, que Ángel, ahora que cierran La Pereda, no puede trasladarse a la cercana residencia de Cueto porque no es una persona dependiente. Pero eso no es cierto, porque depende de Paquita. De esas confidencias y preocupaciones compartidas en los paseos y entre abrazos, de la corriente de emoción que desata por todo su cuerpo el roce de la punta de sus dedos, del tembloroso verbo con el que se susurran al oído palabras de amor, de intercambiar esas miradas enganchadas con las que alimentar el corazón, de encontrarse en el aliento de un café.

Todos nos reconocemos en esa agitación continuada, en esa efervescencia, en ese estado de anhelo, en los suspiros. Escuchar una y otra vez la misma canción que sonaba cuando nos besamos por primera vez. Mirar el teléfono cada minuto con la esperanza de no haber oído la llamada. Sentir que nos tropezamos con él al girar cualquier esquina, e imaginar que se aparece en el reflejo de los escaparates. Sonreír sin motivo, respirar con más ansia, dejar caer todas las barreras, los prejuicios y los miedos. Caminar más ligeros y más alegres. Probarnos todo el armario antes de cada cita. Ser capaces de iluminar un día gris, de adivinar el sol envuelto en la bruma, de estallar en carcajadas sin motivo. Acariciar lo que han tocado sus manos, recorrer las páginas del libro que él ha leído antes intentando arrancar otro sentido a las mismas palabras. Estallar dentro de nosotros mil sensaciones cada vez que nos cruzamos por la calle con alguien que comparte su colonia. Encontrar sentido a los domingos por la tarde. Repetir su nombre por el mero placer de pronunciarlo.

El amor no se puede alegar como causa de dependencia emocional en las casillas de los formularios oficiales, demasiado rígidos como para contemplar una variable sentimental tan poderosa.

Pero ya era hora de la que pasión se convirtiese en noticia empujando a la trinchera de la letra pequeña la insuficiencia del rescate financiero de España, que nos obligará a subir el IVA y a adelantar la reforma de las pensiones; el convenio de acreedores del Racing, el patético apego de Ambrosio al trono de Liberbank o la insoportable levedad del caparazón de Valdecilla.


Desdentados, artríticos, solos y condenados a soportar animadores y gimnasias de mantenimiento, tejiendo objetos imposibles y hasta sin nombre con hilos de plástico de las bolsas de supermercado recicladas, o soportando talleres de recuperación del suelo pélvico. Sin más aliciente que sobrevivir al puré sin sal un día tras otro, yo también me rebelaría para exigir que el amor me salve de la vida. 

lunes, 11 de junio de 2012

La manzana envenenada


Veinte horas antes del rescate el Casino de Santander estallaba en un jubiloso espectáculo de luz y color azotado con fuegos artificiales, discursos políticos y copas de cava; una metáfora estética de una ciudad que sigue mirándose el ombligo mientras el país es absorbido por el vórtice financiero del todopoderoso eurogrupo. Suena la música mientras el océano de hielo acecha nuestro transitar por el bosque oscuro de las manzanas envenenadas.

Mientras todo se derrumba, aún nos quedan los eufemismos –operación de crédito,  ‘lo de ayer’, fortaleza del euro- de los que se ha abusado en exceso este fin de semana para tratar de ocultar una realidad incómoda: Que Europa tiene que salvarnos de la ruina con 100.000 millones de euros, más de lo que suman juntos los rescates de Portugal e Irlanda. Y que ese dinero -que necesitamos por culpa de la mala gestión de la banca- nos salpica a todos los españoles, a quienes nunca nos salpicaron los beneficios ni los sueldos de 400.000 euros ni los blindajes de catorce millones de euros que están en el bolsillo de los gestores de las cajas de ahorro. Y que no van a salir de ahí, porque el presidente del Gobierno, un débil y temeroso Rajoy -a cuyo nombre ya no puede unirse la cualidad de líder- no se atreve a exigir el retorno del dinero perdido ni las correspondientes responsabilidades. Tampoco se atrevía a dar la cara, hubo que forzarle desde el sentido común, aunque finalmente su comparencia resultó peor que el silencio.

Podemos elegir negar el rescate, como algunos antes se aplicaron a negar la marea negra del Prestige, o la autoría de los atentados del 11-M con catastróficos resultados desde el punto de vista de la evidencia.

Pero ya que no nos salvan, por lo menos que no nos mientan. Que se pongan a trabajar para que esta ayuda financiera, como ha pasado en Grecia, no se convierta en una soga al cuello de los españoles por el brutal esfuerzo económico que puede suponer a partir de ahora las condiciones para su devolución –dicen que 30 años al 3%- y, sobre todo, para dominar el déficit que genera esta inyección.

De España han huido en un mes más de 60.000 millones de euros; los pasajeros de primera clase ya tienen bote salvavidas. A los de segunda, nos van a entretener con la reposición en la televisión de ‘El hombre y la tierra’ mientras nos llega el agua el cuello. 

viernes, 8 de junio de 2012

Tiritas contra la hemorragia


Como dijo Montaigne, nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis. Aplíquese la receta al líder Rajoy que ayer ironizó sobre la cifra de rescate a la banca que está barajando, “son elucubraciones. Pregúntenme a mí”. Y cuando lo hicieron respondió que no lo sabía. Hace bien, porque saber mucho da ocasión para dudar más, y de vacilaciones, titubeos e incertidumbres ya tenemos sobrada experiencia, especialmente en cuanto a la escéptica utilidad de algunas de nuestras instituciones.

El Gobierno ha designado un nuevo gobernador del Banco de España, Luis Linde. Pero independientemente del nombre la pregunta es si éste -como otros organismos presuntamente tan importantes- es realmente necesario, a la vista de que no ha acertado a ver ni a atajar la putrefacción de algunas instituciones financieras que ya llevaban tiempo atufando desde las páginas salmón de la prensa. Si su misión es someter a vigilancia a los bancos, regular y supervisar se puede colegir con generosos argumentos que han fracasado hasta el escándalo. Por tanto, un recambio al frente de su cúpula no nos asegura más que seguiremos pagando otro sueldo millonario a otro gobernador sin exigirle resultados ni productividad alguna. De momento, pese al mutismo del presidente, al parecer ya se requieren otros 9.000 millones de euros más para Catalunya Banc y Novogalicia.

Este contratiempo obliga a hacer algunos ajustes más, como suprimir los moscosos de los funcionarios confiando en que subirá su productividad; multar a los sinpapeles en vez de expulsarlos del país porque sale más barato; o cobrar diez euros a quien se apunte a una bolsa de empleo público, como ha hecho Esperanza Aguirre en Madrid.

Aquí, en Cantabria, se bajarán las tasas para que se vendan más automóviles, sin tener en cuenta que para comprarles antes habrá que tener trabajo y sueldo, o más sueldo y no menos, como ocurre en este periodo de mermas salariales donde empresas, como hoy Sniace, amenazan a sus trabajadores con despidos si no se rebajan el sueldo.
Otra iniciativa destacable, casi roza la categoría de hito, es que el Seprona ha decomisado ayer dieciséis jargos, ocho pulpos, tres centollas y un chicharro en una macrooperación contra la pesca furtiva, cuyo testimonio gráfico aparece hoy en la prensa expuesto -chorreando- sobre una mesa con la misma escenografía que un alijo de droga.

En paralelo a esta realidad, el presunto estafador rumano de Paloma Lago se dice descendiente del conde Drácula y Elvis Presley resucita sobre el escenario gracias a una recreación digital a través de la técnica del holograma, como aquel entonces futurista mensaje de la princesa Leila que reprodujo el androide R2D2.

Lo cierto es que hay indicios de que la galaxia ficticia de George Lucas habita entre nosotros y que los caballeros Sith del lado oscuro de la fuerza han ganado la partida a los Jedi. 

jueves, 7 de junio de 2012

El pesimismo apocalíptico

Un señor ruso dice hoy en los periódicos que la ciberguerra puede acabar con el mundo que conocemos. Al parecer a consecuencia del letal virus Flame -que sospecha que han inventado los judíos-, un gusanito maligno que ya ha empezado a infectar ordenadores de países musulmanes. Como describió Eco, ese tal Kaspersky descubridor del asunto, es un heredero apocalíptico de Adorno, aunque desde su atalaya de integrado director de una empresa informática. 

En la misma línea, un grupo de científicos españoles -también apocalípticos- advierten de que el impacto humano sobre la Tierra puede conducir a un punto de no retorno y, por si acaso, han redactado un plan de emergencia minimalista. Menos población y menos consumo de recursos, y así más se prolongará nuestra existencia sobre el planeta. Aunque también recomienda colonizar las tierras que no han sido aún invadidas por el hombre, que serán un desierto y algunos cascotes de hierro polar. La profecía advierte que si el mundo no se pone a dieta, estallará en 2045. 

En realidad hace ya cuatro años que los periódicos publicaron que la humanidad necesitará dos planetas para el año 2030, es decir, quince años antes de reventar ya tendremos que expandirnos a Marte; porque según un informe de WWF/Adena la demanda mundial de consumo superará la capacidad de abastecimiento de la Tierra. 

Hace escasamente un año Lars von Trier proponía una catastrofista apoteosis cinematográfica para el fin del mundo con la potente literatura estética del planeta Melancolía impactando contra la Tierra. Pero es que según los mayas, el próximo 22 de diciembre se acaba el mundo de odio y materialismo que habitamos, que además será el fin del miedo.

Afortunadamente, frente a todos los pesimismos apocalípticos, la NASA ha quitado hierro al asunto y ha desmentido que ese día vayamos a estallar. Pero a lo largo de la historia nos hemos regodeado en vaticinar la catástrofe mediante cientos de profecías fracasadas. En nuestra memoria queda el ridículo del modisto Paco Rabbane que abandonó la costura en 1999 convencido de que la estación espacial MIR caería sobre su cabeza. Habría que estudiar por qué la humanidad se recrea en augurar plagas peores que aquellas con las que nos hemos acostumbrado a convivir, y que son el hambre, el dolor y la enfermedad. 

Quizá las plagas contemporáneas son más sutiles que la lluvia de langostas. El periodo negro de la prima de riesgo, el incómodo fenómeno político Esperanza Aguirre, el planeta Intereconomía y las portadas de La Razón, la academia de policía de la mujer del jefe de gabinete de Cosidó, el anticristo de Eurovegas, las intervenciones artísticas en la rotonda de Menéndez Pelayo o los fastos de los Baños de Ola. ¿Acaso no vemos que los capítulos de Cuéntame vienen pisándonos los talones? En cuanto nos alcancen nos disolvemos.

miércoles, 6 de junio de 2012

La barrera del disparate


Un hombre se cuela en el Congreso de los Diputados, atraviesa sin preguntas controles y puertas; se sienta en un escaño antes de empezar el pleno del pasado martes. Alguien se da cuenta de que es un intruso. Se levanta sin ofrecer resistencia. “Fue un acto de normalidad ciudadana”, espetó al salir. Con la misma naturalidad que Julita, la secretaria de Urdangarín, preguntó el otro día ante el juez Torres “¿qué hay de malo en tener una cuenta en Suiza?”.

En realidad es la clase de paranormalidad política a la que nos han acostumbrado los mayores que un día si y otro también nos hacen comulgar con ruedas de molino, pretenden hacer del error virtud y se han convertido en expertos de las justificaciones injustificadas.

Me pregunto, por ejemplo, a quién se puede uno quejar si el propio defensor del pueblo catalán ha hecho 50 viajes oficiales en dos años a destinos internacionales como Bermudas, Canadá o Zambia, lógicamente muy acordes geográficamente con su ámbito de actuación. El primer impulso de denunciarlo a la Generalitat se desinfla tras comprobar que al parecer están muy ocupados elaborando una base de datos de prostitutas y clientes.

El ímpetu de recurrir a la justicia es absolutamente inviable, ¿cómo van a censurar que este señor emule a Willy Fog con dinero público cuando el propio Dívar se va de cena y hotel a Marbella a la primera de cambio?
Recurrir al fiscal general del Estado es otra misión inútil, porque éste también rechazó la denuncia contra el jerifalte del poder judicial en un acto ya, por desgracia, de acostumbrada cobardía.

Esperar que el Gobierno de España de un paso al frente y ataje la corrupción es otra utopía, teniendo en cuenta que el ministro Guindos cree que investigar Bankia sería ejercer un “espíritu vengativo” contra sus gestores, sus hermanos políticos.

Ni siquiera podemos pedirle amparo al rey, ¡qué va a hacer su alteza real por nosotros, cuando él mismo se fuga a África en compañía de su escopeta y de algunos otros alicientes!

Más allá de las fronteras, tampoco hay margen para la esperanza cuando la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, va por ahí exigiendo a los griegos que paguen impuestos y ella gana 380.000 euros anuales y no paga tributo alguno por su cargo diplomático.

Si cometemos la ingenuidad de mirar más allá, podemos tropezarnos con un Premio Nobel de la Paz, mister Obama, que una vez al año decide a quién hay que matar. Primero fue Ben Laden y ayer mismo el número dos de Al Qaeda, ataque que causó otros quince muertos más que a nadie le importan ni le escandalizan, ni siquiera a la academia sueca que le impuso la medalla de la precipitación.

Los más desasosegante es que hemos llegado a percibir como actos de normalidad las corruptelas de quienes nos gobiernan y representan. Como los préstamos de verano de Liberbank que –no es ninguna broma- ofrece créditos instantáneos de entre 3.000 y 15.000 euros a devolver en seis años para que las familias afronten el incremento de gastos que supone el verano.

Alguien dijo que en todos los hombres está presente la corrupción, que solo es cuestión de cantidades. Y hemos superado la barrera del disparate.

martes, 5 de junio de 2012

Los hijos de Adam Smith


Cuando un ciudadano llega a la cumbre de la pirámide social se encuentra a Botín en bermudas, disfrazado del ‘chapulín colorao’, con un manual de capitalismo salvaje bajo el brazo. Es un libro único para gobernar el mundo, como ya nos avanzó Tolkien, que extrae lo peor de nosotros mismos, que nos incita al imperio del egoísmo y la avaricia.

Pero no hay alternativa ética. Sumidos en el pozo de la derrota del régimen capitalista que veneramos, solo queremos recuperarle con toda su crudeza para poder volver a someternos a su tiranía de fabricar dinero para gastar más del que generamos, en una inercia infeliz en la que hemos girado sin timón en las últimas décadas y fuera de la cual, ingenuos de nosotros, nos creemos que no anida libertad.

Es tal el poder de la esencia capitalista que hasta se ha apropiado de la bandera de la izquierda. Los hijos de Adam Smith se han teñido de rojo. El color que enarbolaron los republicanos españoles, la enseña comunista de la hoz y el martillo símbolo del proletariado, hoy es el emblema del poder del dinero. El ‘rojo Santander’ ha abducido toda connotación político-social de un color hoy asociado a la especulación bursátil y a ese dios supremo que es el dinero representado el icono de Tio Gilito.

Prueba de ello es que ayer, en Brasil, Emilio Botín se apareció ante el rey Juan Carlos en bermudas y polo rojo, escenificando así que el dinero está por encima de la sangre real y las genuflexiones, del estado y de quienes gobiernan y hasta del Papa, acostumbrado a ser el único que se presenta sin corbata en sociedad, y acosado –ahora- por la única religión verdadera que es el dinero que le han pagado a su mayordomo traidor por vender sus secretos de alcoba.

La perversión del liberalismo, el envoltorio ideológico bajo el que Locke avanzó los principios del sistema productivo capitalista, es un escaparate de injusticias e incertidumbres que nos conduce a que –entre los últimos ejemplos- Bankia se cuestione pagar 1,2 millones a Rato para que no fiche por la competencia (allá ella si se quiere arruinar), soportar indultos para los billetes de quinientos euros, subidas de los honorarios de los notarios para cancelar hipotecas en plena crisis o escuchar como Botín dice que esto se soluciona si entre todos pagamos los platos rotos y ponemos 40.000 millones de euros para sanear bancos.

El capitalismo es una fiera que nunca se da por satisfecha, pero que hemos adoptado como el único sistema posible de libertad para el hombre, aunque vivamos encadenados y prisioneros de los bancos, del trabajo precario, de las compañías telefónicas, de las eléctricas y de la Agencia Tributaria. El tránsito de la sociedad estamental a la sociedad de clases ha sido un paso neutro; ahora el señor feudal es un hombre de rojo. Aunque hay algo de Marx, de esa alternativa fracasada, que no ha muerto y que es la responsabilidad colectiva. Aquí los beneficios se reparten entre los accionistas y las pérdidas se socializan para que las paguemos todos.

El mayor dislate de su odisea ultraliberal es que nos culpan a todos del fracaso del modelo –aquí también se contaminan con el socialismo-, y tratan de convencernos de que todo se desmorona porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Sin comprender que ellos no se resignan a vivir por debajo de las suyas y que, a lo mejor, ese el problema.

lunes, 4 de junio de 2012

La neurona voluble


Un proverbio árabe dice que los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego. Pero una filósofa sueca de nombre Kathinka Evers ha refutado el axioma y defiende que el cerebro es muy influenciable a los estímulos externos. Es decir, que lo que entra por los ojos modifica rápidamente nuestro pensamiento, en el sentido moral, proporcionando lucidez a un cerebro yermo.

Investigar la naturaleza moral del cerebro humano ha sido siempre una constante en la filosofía y, ahora, esta señora vende como nuevo que el cerebro es un órgano plástico y variable, voluble, cuya arquitectura está sujeta al impacto social.

Es algo que ya habíamos notado porque, en realidad, casi todo el mundo comparte las mismas opiniones y sensaciones fruto de la superlativa influencia de los medios de comunicación, que ya razonan por nosotros propagando, a la medida de los intereses políticos que defienden, las verdades absolutas.

Pero más allá de la conciencia colectiva, puede ser que individualmente esta debilidad ética del cerebro nos conduzca a alterar la realidad, a cambiar los parámetros morales en función de las circunstancias ambientales. Será por eso que, supuestamente, dictadores como el sirio Bashar Al-Assad considera  aceptable moralmente, dentro de su código cerebral influenciado por la realidad, justificar que el terrorismo internacional que ataca a su país es responsable de la matanza de Hula. Y ve un ejército de gigantes donde no hay más molinos que la rebelión social y política contra su sanguinario régimen.
Igual mal, el del cerebro camaleónico que se adapta al medio, padecen los censores chinos que 23 años después aún siguen queriendo silenciar la matanza de Tiananmen, argumentando que la represión de aquellas protestas contrarrevolucionarias se hizo en nombre de la estabilidad del país.

Parece, no obstante, que todos los cerebros no son tan maleables y que los parámetros morales de muchos ciudadanos se mantienen firmes y no se dejan influenciar por la realidad social en la que habitan, aunque en determinados escenarios lo estén pagando con su vida.

En todo caso, la cuestión no es si, bajo determinada influencia, el cerebro puede o no alterar sus valores éticos. Es más bien, dilucidar si ese cambio es inconsciente o voluntario. Dicen que las neuronas toman las decisiones diez segundos antes que nosotros, por lo que hemos de concluir que no podemos enfrentarnos a nosotros mismos y por más que deseemos admitir una conducta o una idea, ésta chocará con el veredicto de nuestro influenciable cerebro.

Igual todo es más simple, y resulta que solo quien tiene cerebro puede cambiar de idea.

viernes, 1 de junio de 2012

Verde y gris


Las leyes están para cumplirlas, independientemente de la satisfacción personal que nos produzcan. Pero resulta controvertido decidir cuándo hay que demoler una vivienda que sus dueños compraron con todas las garantías legales y que, años después, la justicia declara ilegal, simplificando los términos, porque ensucia el paisaje.

Estas cosas siempre se solucionan burlando la ley, que para algo está. Se hace otra nueva, se pone un parche aquí y otro allá, y ya podemos dejar en pie las casas ignorando el veredicto del juez, que tan molesto resulta, en pura lógica, a los afectados.

La solución es, de largo, la más conveniente para sus dueños y, por tanto, la más humana. Aunque habría que determinar si es a la vez la más justa para el interés de todos. Es decir, si el promotor avispado que consigue que un político avispado permita construir en parajes prohibidos mucho más atractivos y alentadores y a veces conseguidos a un precio más barato, ha de ganar la partida a la ley compitiendo de forma descarada con los promotores honestos, contaminando parajes protegidos, destrozando estéticamente zonas a preservar, cargándose encinares o masificando montes. Y que, encima, a ambos, les salga gratis.

Además, habrá que establecer si este tipo de amnistías inmobiliarias no son más que un desafortunado acicate para seguir construyendo donde a cada uno le da la gana, siempre que firme el alcalde o la CROTU de turno quienes, por cierto, nunca son responsables de nada ante la justicia. Ellos no pierden ni dinero, ni vivienda.

La amnistía que prepara el Ministerio de Fomento, y que hoy es noticia nacional, podrá salvar de la piqueta a la mayor parte de las 663 viviendas con sentencia firme de demolición que hay en Cantabria. Al resto, por el error urbanístico –voluntario o involuntario- de los políticos de turno, tendremos que indemnizarles con dinero público. Nadie irá a reclamar responsabilidades a quienes firmaron las licencias.

Los cambios introducidos por el Ministerio en las leyes del Suelo, de la Propiedad Horizontal e incluso en la de Economía Sostenible, al parecer, son para proteger los intereses de los compradores que actuaron con buena fe. Se diría que solo los más confiados, entonces, tienen derecho a mantener en pie su vivienda ilegal; y esto es precisamente lo más discutible, qué grado de ingenuidad asiste a cada uno de ellos, cómo se va a calibrar, y si la ingenuidad es una atenuante que merece el indulto inmobiliario. Cuando, en realidad, y en la mayoría de las ocasiones, son las autoridades urbanísticas las que se han hecho las tontas para validar legalmente lo ilegal.

Cierto es que la amnistía contempla algunas excepciones, como el hecho de que las viviendas no estén levantadas sobre terreno público o que su volumen no exceda de lo permitido por la licencia o el plan de urbanismo correspondiente, suponiendo que también este sea legal. Excepciones que, seguramente, y a no mucho tardar, también encontrarán el modo de pasar desapercibidas y burlar la sentencia mortal. Porque en realidad, interesa buscar atajos para que únicamente salgamos perjudicados todos y ninguno en particular. Y, cuando no llega el indulto, las indemnizaciones y el derribo lo paga la administración pública, que parece que así, a escote, no nos duele tanto.

Pero lo peor de todo es que hemos cerrado los ojos ante una realidad incómoda y es que, dado el elevado número de viviendas ilegales, nos hayamos ante un mayúsculo escándalo de corrupción urbanística que se va a despachar por la puerta de atrás.

Mientras tanto, aquí, en la Cantabria de prados verdes, hemos traído un césped desde Australia para alicatar el nuevo campo de hockey, que se suma a otro de béisbol, esa disciplina que tanto ímpetu deportivo arranca entre nuestros jóvenes, recientemente bautizado. La túnica verde ha viajado en contenedores y barcos en una intrépida travesía, sin duda venturosa y necesaria en estos tiempos de crisis. Será que la tiranía urbana del cemento, en aquel estallar de la construcción, además de sembrar Cantabria de despropósitos urbanísticos, nos ha robado ese barniz verde en el que hasta ahora nos reconocíamos y nos distinguía de la gris densidad mediterránea.