lunes, 29 de octubre de 2012

Sesenta minutos


Sesenta minutos y también uno solo de ellos pueden cambiar la vida de cualquiera. El sábado, la atávica e inútil costumbre nos regaló una hora de más para que amanezcan más temprano el día y la noche. Retrocedimos en el tiempo pero no pudimos aprovechar el vacío en el tiempo para repetir o modificar nuestro destino durante este bucle de sesenta minutos. Porque estábamos durmiendo.

A la mañana siguiente todo parecía igual, probablemente únicamente fue una noche más larga. Pero al despertar, Aznar había tenido un ataque de gastroenteritis. El Borbón –que mete ya casi tanto la pata como Carmen Sevilla en el Telecupón- dijo que España desde fuera se ve mejor, pero que dentro dan ganas de llorar. El Gobierno había creado una célula de crisis contra la independencia catalana liderada por Gallardón. Se supo que cada español ha aportado 1.846 euros para sanear bancos podridos. La Guardia Civil penalizó a dos agentes con 240 euros por poner pocas multas. Muchos ucranianos vendieron su voto para elegir presidente en Internet por 30 euros. Una agencia de adulterios utiliza la imagen de la Reina Sofía como gancho. Un señor del PP dice que los ciudadanos que se manifiestan contra los presupuestos del Gobierno son personas aburridas y antisistema. Detienen a un periodista griego por publicar la lista de 2.049 evasores fiscales. Una ONG es condenada a pagar tres mil euros por pedir información al Gobierno. Funcionarios de Hacienda visitarán negocios que tengan deudas fiscales y les embargarán la caja del día. Y un tipo extraño se ha operado la lengua para hacerla bífida.

Hemos desperdiciado los sesenta minutos de propina que nos regalaron ayer, y que se han precipitado, como todos, por el esperpéntico agujero negro de la realidad y la rutina.  
Una hora de más no cambia el mundo, aunque puede cambiar el de cada uno de nosotros. Nos dan una noche con una hora más, que nos atropella entre sueños.
Si hay que regalar tiempo, yo prefiero la luz. Que los relojes se paren y que todo tiempo se congele. Que se interrumpa todo, como si nada hubiese. Que no circulen los coches ni los aviones. Que se queden mudos los políticos, vacíos los mercados y bares, paradas las fábricas. Que todo permanezca inmóvil. Y que cada uno de nosotros disfrute de este tiempo puro que tanto anhelamos. Disfrutaría de un paseo, de un abrazo. De una mirada. De la compañía del otro. Contemplaría el mar. Aspiraría el aire con más fuerza que de costumbre. Ensayaría más sonrisas.
África lo define con una frase preciosa. Vosotros, los europeos, tenéis los relojes. Pero nosotros tenemos el tiempo. Y somos el tiempo que nos queda, como acertó a explicar Caballero Bonald.

viernes, 26 de octubre de 2012

Dos gestos anómalos


Ayer se han producido en España dos gestos extraordinariamente anómalos. Probablemente también se destapó a otro corrupto, alguien metió la mano al cajón y un tercero se lucró con el descrédito de un dinero público mal invertido. Pero los periódicos dan cuenta de dos hechos desacostumbrados que, acaso por esa misma naturaleza, fertilizan la polémica.
Uno es que Amancio Ortega, el quinto hombre más rico del mundo, ha donado veinte millones de euros a Cáritas, la mayor contribución privada que la organización ha recibido en sus 67 años de historia.
El otro es que el novelista Javier Marías ha renunciado al Premio Nacional de Narrativa dotado con veinte mil euros que otorga el gobierno de turno.

A Ortega se le critica que solo le supone un pellizco del 0,05 por ciento de su extraordinaria fortuna. Pero hasta ahora también se le afeaba, como al resto de ricos, que no contribuyeran ni con un duro de más para sortear los adversos efectos de la crisis.

A Marías supongo que no se le perdona que sea capaz de ganarse la vida y el prestigio sin recibir dinero público, y sin la necesidad de sentirse reconocido por el empalagoso almíbar de los halagos oficiales, que acaba por contaminar políticamente a todo el que recibe una medalla a propuesta del partido político gobernante.

Podemos discrepar, censurar, rebatir, criticar, denostar e incluso despreciar sus comportamientos. Pero tengamos en cuenta que más allá de estas acciones impera una inhumana y atroz realidad de la que echamos pestes todos los días. La dubitativa e irresoluta acción del Gobierno, el reiterado descrédito de la gestión política, la usura bancaria y los escandalosos desahucios que generan deudas vitalicias, la paranormalidad de Mariló Montero y su teoría de que el alma humana habita en el hígado de los malvados, los recortes, copagos, privatizaciones, las pensiones menguadas, los salarios reducidos. Y nuestra dignidad de ciudadanos por los suelos.

Probablemente no hay que extenderse en aplausos y agradecimientos. Pero tampoco denostar insólitas iniciativas como que un hombre rico regale veinte millones de euros a los necesitados, y otro hombre ilustrado nos ahorre otros veinte mil euros y una medalla. Lógico. Estamos estupefactos, y tardaremos en asimilarlo. 

jueves, 25 de octubre de 2012

La hija de El Cariñoso


 ‘Pin, no te olvidamos’. A la altura del número 44 de la calle Santa Lucía de Santander una frase pintada sobre un muro todavía hoy, setenta años después, recuerda a El Cariñoso, aquel maquis de San Roque de Riomiera asesinado, en la postguerra, al salir de la buhardilla en la que se ocultaba junto a su compañera María Solano, que fue encarcelada y torturada para forzarla a abortar. 

Es extraño en una ciudad indiferente a una grotesca geografía urbana aún salpicada por la constante memoria de una dictadura cuyo recuerdo no se accede a borrar, como borrado está el de sus víctimas.

La hija de Pin el Cariñoso sobrevivió y hace un tiempo regresó de Estados Unidos, donde vive desde los doce años, para recuperar lo que la dictadura le negó, que es el apellido de su padre. Después de un lastimoso viaje emocional y burocrático, hoy es oficialmente Josefina Lavín Solano, como en realidad siempre fue.

Nació en la cárcel ya derruida de la calle Alta y con dieciocho meses se quedó al cuidado de su abuela Teresa, la madre de El Cariñoso, en Liérganes. Una periodista norteamericana que realizaba un reportaje sobre las mujeres en las cárceles franquistas conoció a la madre de Josefina y al saber que había nacido en Arizona, aunque con pocos años retornó con sus padres a España, se puso en contacto con la embajada estadounidense en Madrid. Salió de la cárcel y como ciudadana norteamericana embarcó con su hija Josefina desde el puerto de Cádiz rumbo a Nueva York.

Ayer, en una pequeña librería de viejo de la Rampa de Sotileza, que es la huella de Pereda y la calle más bonita de Santander -con permiso de la empalagosa postal turística del marco incomparable-, conocí a Josefina Lavín Solano. Un emotivo acto, muy íntimo, celebró la recuperación de su nombre, que es la memoria de su padre que, a su vez, se exhibió en el documental de Vicente Vega.

Es una mujer menuda, de mirada intensa y viva, que se asoma a su pasado con dolor pero sin rencor. Lo que más me sorprendió fue su percepción de España. Piensa que la democracia es un escaparate y se extraña de la falta de derechos de los ciudadanos. Supongo que para una ciudadana estadounidense, o de cualquier otro país incluso mucho más sensato, es incomprensible que no hayan sido juzgados tantos crímenes, vejaciones, expolios y torturas. O que el otro día hayan condenado a muerte por segunda vez al poeta Miguel Hernández, o que aún haya muertos enterrados en las cunetas. La dictadura les negó justicia y la democracia también. Cuando lo cubrió todo con un velo de silencio y olvido, que aún hoy supura dolor.

Josefina Lavín, la hija recuperada de José Lavín Cobo. Al despedirme, llovía. Una cortina de lágrimas acompaña el eco de mis pasos solitarios sobre el empedrado del Cabildo. Es ya de noche. Aprieto el paso hasta el número 44 de la calle Santa Lucía. Y con un bolígrafo que apenas deja huella escribo rabia, impotencia y vergüenza.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Periodismo sin kryptonita


Superman se ha hecho autónomo. Con la que está cayendo ha renunciado a su trabajo como redactor asalariado en el Daily Planet, porque un gran conglomerado multimedia se ha hecho con el control de la publicación y ha impuesto una línea editorial que choca con sus más hondas convicciones. Montará su propio diario o un blog. Y entonces se dará cuenta de que la verdad no le importa a –casi- nadie, y que en su compañía tampoco se llega a fin de mes.

Eso explica que un periodista como Clark Kent necesite ser a la vez un superhéroe como Superman para ejercer con dignidad la profesión, para resistirse a la manipulación, la ocultación y las medias verdades, que son el pan nuestro de cada día en los medios de comunicación. Paradójicamente, los más peligrosos suelen ser aquellos que se tachan a si mismos de independientes. La única verdad es la realidad, defendía Aristóteles. Eso debería bastar para definirse. Y a eso debería ceñirse un periodista, a sabiendas de que una verdad no es un cruce de declaraciones de políticos sobre un tema que les conviene airear, ni una nota de prensa redactada por el protagonista de la noticia, ni la agenda de un presidente, ni la morbosa actualidad de sucesos.

Kapuscinski sostiene que el buen periodismo, además de describir un acontecimiento, explica por qué ha sucedido; en el mal periodismo solo se describe sin ninguna conexión o referencia al contexto.

El periodista reflexiona, critica, descubre, piensa, coteja, explica, investiga, lee, desmenuza, relaciona, cuestiona. En ese proceso, en ese tratamiento de la información, reside la objetividad que, por supuesto, no se limita a contar con toda la asepsia posible lo que opina una parte y su contraria sobre un tema.

Un periodista no aplaude. Ve lo que otros no ven. Y no deja que le impongan lo que es noticia. Hace ruido. Perturba al poder. Desvela. Porque la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Y, todo eso, Superman, hay que hacerlo sin Kryptonita.

martes, 23 de octubre de 2012

El cínico Umbral


Paco Umbral decía que escribir era la manera más profunda de leer la vida. Se ponía guapo para escribir, con el batín inglés de terciopelo azul noche y su inseparable foulard blanco. Como si el ornamento exterior determinase a su vez la estética narrativa que sus largos y ágiles dedos construían a impulsos sobre aquella vieja Olivetti, cuya tinta destiló párrafos vitriólicos, lúcidos, críticos. “El cinismo es un gran ejercicio intelectual”, acostumbraba a recitar.

Dicen que fue un ejemplar literario único, poeta y compositor de una prosa lírica fértil que suma 125 libros, extraordinaria, propia, original. Creía que el talento era cuestión de insistencia. Soñó desde niño con ser columnista, como otros anhelan ser abogados o médicos, y según Pepe Hierro lo que de verdad le gustaba era flagelar la estupidez.

Diariamente alimentaba su columna de pequeños detalles, de lo inesperado; lo aliñaba con su lírica elegante y humor, y sostenía que siempre hay que escribir contra el poder. Umbral no dejaba indiferente a nadie. Se definió a si mismo como un escritor hosco y brillante, insolente y un poco rojo. Durante una temporada le dio por beber leche y arrojar a la piscina de su casa los libros que no le gustaban. ‘La madurez no es llegar al orden, sino instalarse en el caos’, reflexionaba.

Explicaba que un periódico tiene dos opciones: ‘Tranquilizar la digestión de sus lectores o ser la espuela de plata mañanera que invite a la gente a vivir, participar y enterarse’. Pero a la vez reconocía que el español medio compra el periódico para tener ideas. ‘Por veinte duros se hace uno socialdemócrata, demoliberal, democristiano, moderantista, neoconservador, liberal de izquierdas, rojo de derechas o partidario del Atlético o el Madrid’, apostillaba.

Enhebraba con brutal ironía las costuras de una columna que destilaba belleza narrativa, ingenio y vida propia, a través de un penetrante y seductor ejército de palabras que resucitaba, creaba o interpretaba hasta bautizarlas en su peculiar lírica, en un credo narrativo extraordinariamente metafórico que todos los días se asomaba, con renovado ingenio, al escaparate de la realidad.

Ayer, cinco años después de su fallecimiento, los políticos de Madrid le organizaron un acto patrocinado por Caser Seguros y Gas Natural Fenosa. “La independencia existe, pero se paga”, como repetía Umbral. Ana Botella aprovechó el momento para adornarse con pluma ajena, y dijo que, hoy, la prosa del columnista haría temblar a los nacionalistas. La tinta del intelectual salpicaría, como acostumbraba, en todas las direcciones, incluida la suya; y pretender lo contrario es desconocer el alma de sus palabras: ‘El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto’.
‘Yo estoy conmigo y contra mí’. Es la mejor definición de un columnista.

lunes, 22 de octubre de 2012

El hombre del traje gris


El otro día descubrieron a un hombre que llevaba quince años muerto. Tenía el pijama puesto y estaba acostado sobre la cama de su casa, a la que los servicios municipales accedieron por casualidad tratando de solucionar unas filtraciones de agua denunciadas por una vecina.

Vivía en una casa en Lille, al norte del país, y era español. Se llamaba Alberto Rodríguez y habitaba el mundo en una burbuja de soledad tan descomunal que solo la casualidad le ha devuelto al recuerdo. Nadie le echó de menos, nadie le lloró. Ha pasado quince años en silencio y ahora, repentinamente devuelto a la actualidad ha cobrado más notoriedad de la que nunca tuvo en vida. Ha sido precisamente el anonimato de su existencia, exhibido en el mudo letargo de su despedida, la causa que ha forjado el interés por este protagonista, intuimos que involuntario, de esa incomunicación.

Su muerte no desató ninguna reacción. Probablemente hasta habrá seguido recibiendo regularmente su pensión en el banco, a donde habrán sido girados los recibos de luz, agua e impuestos de la casa que tenía en propiedad. Es decir, que su vida ha seguido sin él. Quizá porque ya estaba muerto en vida, ya que para el estado somos ciudadanos, no personas, y seguimos vivos mientras paguemos regularmente nuestros impuestos.

Esta es la historia del hombre del traje gris, en cuya anónima historia hurgan ahora sin pudor los investigadores para despejar la incógnita de quién fue y porqué nadie le añora. Toda su intimidad celosamente preservada en esa soledad está ahora expuesta como un escaparate a la policía, los vecinos y los periódicos, que quieren construir su historia triste.
Aunque quizá se forjó el destino a su antojo. Y quizá amó y fue amado con todo el ardor del que fue capaz, a lo mejor fue extraordinariamente dichoso conociendo, compartiendo. Tal vez la vida le llevó a donde tantas veces había viajado con la imaginación.

Dicen que la soledad es un infierno para los que intentan salir de ella. Pero también felicidad para quienes se esconden en ella.
Montesquieu decía que queremos ser más felices que los demás, pero eso es muy difícil porque siempre les imaginamos más felices de lo que son. Tal vez también cometemos el mismo error con la tristeza y la soledad.

viernes, 19 de octubre de 2012

Bocados de realidad


La realidad es irracional, enunció Hegel. Comulgamos cada día con ello. Hoy dice el periódico que se va a ampliar el aeropuerto de Castellón, para conservar su virginidad porque no ha aterrizado nunca un avión. Casi como la silla de la funcionaria Esperanza Aguirre quien –recién incorporada a su puesto tras treinta años en política- esta semana ha trabajado solo un día, dando ejemplo a los liberados sindicales a quienes tanto criticó de hasta donde llega el liberalismo que abandera, que es a la insumisión laboral. El inefable e inflamable Cosidó, que ordena y manda a las fuerzas de seguridad del estado, ligero forjador de epítetos, podría catalogarla de antisistema.
Leo, además –dos veces, para cerciorarme de que los cereales del desayuno no han sido adulterados con alucinógenos- que el Gobierno de España quiere prohibir que se tomen imágenes de la policía en plena faena de disolución de manifestaciones, entre otros supuestos. Para ello reformarán la Ley de Seguridad Ciudadana porque, en opinión de Ignacio Cosidó –un eminente miembro del Partido Popular forjado al calor de la ardiente fragua de las tertulias de Intereconomía-, “aumentará la protección jurídica de los policías”. Así será más fácil negar la verdad que mostraron las televisiones.
Claro, que la resistencia pasiva también será delito, y se podrá castigar con penas de entre seis meses y un año de cárcel. Cosidó va a conseguir que resucite Ghandi, a quien ya me imagino dando una lección de resistencia pacífica en el plató de ‘El gato al agua’.

Algún listo dijo que la fantasía es como una perpetua primavera. Pues ha llegado con mucho adelanto y ya se respira en este otoño gris. El comisario europeo de salud dimite por tráfico de influencias con una tabaquera, el empalagoso Brad Pitt se ha convertido en la cara masculina de Channel número 5. Cifuentes multa con seis mil euros a la persona que notificó la concentración del 25-S. Un individuo conduce por el carril rápido con un maniquí femenino de copiloto. El rey echa la bronca a Rajoy por pretender españolizar catalanes. Unos ladrones de coches roban por equivocación doce cadáveres en Alemania. Uno de cada cinco diputados de las cortes Valencianas tiene causas pendientes con la justicia. Cospedal propone que los fontaneros sean diputados en sus ratos libres y gratis. Y hemos leído más del mafioso chino Gao Ping que del Nobel Mo Yan.
La única verdad es la realidad, decía Aristóteles. Aunque hoy nos cueste creerlo. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Hambre y cebolla


‘Varios tragos es la vida y un solo trago la muerte’. Erró el poeta cuando hizo verso esta certeza. El otro día Miguel Hernández ha sido condenado a muerte por segunda vez. En esta ocasión la sentencia mortal no emana del juicio sumarísimo sin garantías celebrado en 1940, sino del Tribunal Constitucional de la España del siglo XXI, que no ha accedido a anular la condena a muerte, como pedía su familia.
Desapareció en la oscuridad, que dijo su amigo Pablo Neruda, y no ha podido resucitar a la luz de la libertad. Habita el cementerio de los zapatos viejos que él mismo glosó. Y del que no hemos podido desamordazarle para regresarle, en sus propias palabras, de esa memoria podrida en la que respira su recuerdo.

Miguel Hernández fue condenado por delito de adhesión a la rebelión previsto en el Código de Justicia Militar del año 1890 a la pena de muerte, que fue conmutada por treinta años de prisión, que no llegó a cumplir, ya que la enfermedad le mató en la cárcel en 1942.

Cierto es que nada importa ya, cuando no podemos devolverle la vida. Como a tantas otras personas que la consumieron en el irracional ardor de aquella España. ‘Tristes armas, si no son las palabras’, nos dejó escrito. Pero parece que tampoco estamos preparados para devolverle la dignidad. Y eso si enturbia un poco nuestras ínfulas demócratas levemente prendidas por las frágiles costuras de una transición que aún supura demasiado duelo.

La justicia española derrocha recursos en proteger el presunto honor de presuntos famosetes heridos en su presunta dignidad. Todos resarcen sus heridas con dinero. La familia de Miguel Hernández solo busca limpiar su memoria. Y hemos sido incapaces de hacerlo.
Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino /que mancha con su lengua cuanto lame.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Saldos 'made in Spain'


Me he puesto a imaginar que pasaría si Wert y Cifuentes fuesen marido y mujer, y no acierto a calcular los devastadores efectos de una combustión de semejantes principios activos. Cada discusión matrimonial derivaría en un experimento fallido de Quimicefa y estallarían de un bufido los cristales de las ventanas e incendiarían las alfombras con los reproches que escupiesen sus bocas. Desayunarían zumo de limón, no de naranja, para mantener oxidados sus niveles de ácido. Para divertirse, en lugar de karaoke, animarían los postres de las cenas con competiciones de tertulia a lo Intereconomía. Dominarían el mundo con el poder de su anillo de compromiso, él embutido en su papel de celoso Golum y ella vigilando desde la atalaya del ojo de Sauron lanzando orcos contra perroflautas, antisistema y ciudadanos con camiseta sin marca.

Para repeler sus brutales asertos no tendríamos más camino que la diáspora. Rectores, indignados, padres y madres de alumnos, catalanes, parados con derecho a desempleo y niños con tupper caminaríamos al exilio guiados por el juez Pedraz. A la conquista de un paraíso ácrata, un escenario virgen de la influencia de Draghi y sus podridas recetas de recuperación de la senda de crecimiento, que no es más que una travesía sin retorno hacia la tierra oscura, hacia el ombligo financiero del mundo.

Rajoy llamaría a su pueblo. Consideraría esta huida un ejercicio de rebeldía soberanista, y nos aplicaría el método modulado de Cifuentes por el artículo 155. “Se escapan los contribuyentes”, clamaría Montoro. Rubalcaba exigiría el divorcio de Wert y Cifuentes, temeroso de que la alianza amorosa diese como fruto un heredero que capitalizase su brutal genética; y los obispos le satanizarían por invocar la destrucción de la familia. Rajoy meditaría cómo y cuando acudir a rescatarnos, y con su proverbial diligencia, cuando quisiera reaccionar Pedraz ya nos habría conducido hasta ese planeta del sistema estelar más cercano al nuestro, que hoy dice que el periódico que se ha descubierto.  

Allí podríamos construir un mundo sin autonomías ni primas de riesgo, sin más bolsas que las de plástico; sin Falete y sin diputaciones, ni soja transgénica, ni copagos; sin balones de oxígeno financiero ni hilillos de plastilina; sin prepotencia, ni despilfarro. Sin Urdangarín ni Eurovegas. Sin que se dispare el IVA. Un mundo limpio de la apocalíptica charlatanería de Wert y Cifuentes.

Despierto del ensueño. Todo es un chiste. Como ese que empieza preguntando ¿qué hacen un mafioso chino, un actor porno y un concejal en España? Y acaba respondiendo, blanquear dinero.
Lo más desolador que he leído hoy es que antes los chinos se dedicaban a traer productos desde China para venderlos en España. Ahora el viaje es a la inversa, venden productos españoles en China. Y me imagino ese emergente mercado amarillo transitando por bazares de figuritas de sevillanas y toros, exhibidos en el descrédito de los estrechos pasillos de un ‘Todo a yuan’. No me imagino una imagen más decadente para el orgullo nacional de Rajoy. Saldos made in spain. 

martes, 16 de octubre de 2012

Frente al Cantábrico

El otoño empaña Castro con una cortina gris de pequeñas burbujas húmedas que se enganchan con suavidad en mi pelo y que pronto dibujaran bucles en mi estirada melena. Hoy nada de lo que hay en mi es casual. Una pinza recoge un desaliñado moño del que, en apariencia, descuidadamente caen largos mechones lisos sobre mis hombros protegidos por una calida chaqueta de punto, que a su vez envuelve la suavidad de una blusa de seda contra mi cuerpo, y que se desliza con ligereza hasta las rodillas, cubiertas por un pantalón negro que se abriga dentro de unas botas de tacón cuyo sonido acompasado no identifico cuando chocan sobre la solitaria y muda acera camino de la playa.
He ganado al amanecer, impaciente por provocar otro encuentro con el desconocido de la playa. Camino con pasos rápidos, extrañamente firmes para no saber que voy a hacer. Mi respiracion se agita cuando compruebo que alguien se ha adelantado, como delatan las muescas de unos pasos sobre la arena fría. Los tacones no sostienen mi cuerpo sobre la levedad de la playa y se hunden a cada paso restando equilibrio y dignidad a mi forma de caminar.
Reconozco que espero que algo ocurra. Desde esa orilla acariciada por el vaivén del mar que hoy es una silenciosa lamina de plata no acierto a distinguir el rastro del propietario de las pisadas sobre la arena que, ahora caigo, ha dejado sus zapatos junto a un pequeño paquete a los pies de la orilla. Pero hoy el mar no invita a nadar en este otoño enfermo ya de la húmeda efervescencia del invierno.
Me parece percibir el rumor de un ligero chapoteo detrás de las rocas, pero al instante una gaviota rompe la esperanza cuando despega ruidosamente el vuelo. Espero algunos minutos hasta que el frío me empuja a sacudirme la arena de las botas y caminar despacio hacia el parque. Desde la barandilla hay una magnifica vista de la hoy muda ensenada. Ahora si que veo el cuerpo de una persona que se deja mecer por la marea apenas perceptible. Me agacho un poco para mirar entre los barrotes, para robar la intimidad de alguien que no se siente observado.
Aun no puedo distinguir si ese hombre que ahora avanza con ímpetu para conquistar la arena y que acelera el paso sacudiendo las gotas de agua que resbalan por su piel, es el mismo del otro dia. Decido que si. Inconscientemente atuso mi pelo y siento la chaqueta de punto sobre mis hombros.
El hombre aprieta el paso para salir de la playa y abre el maletero de uno de los coches aparcados en el paseo. Le sigo desde la distancia, entre los arboles, donde ahora hacen ejercicios dos señores en chandal, mientras se seca con una toalla vuelvo la vista a la playa gris. Recorro la arena hasta que tropiezo con el. Ni salgo de mi asombro. Hay un pequeño bulto sobre la solitaria arena. Ha tenido que ser el, se ha dejado el paquete sobre la arena. Presumo que voluntariamente. Acierto a distinguir que esta envuelto en una bolsa de plástico que el aire desapacible de la fría mañana mece acompasadamente en sus acometidas.
Cuando vuelvo a mirar hacia el coche, el desconocido se abrocha al cuerpo una camisa blanca que luego esconde bajo la chaqueta de un traje oscuro. Cierra el coche y se dirige a la cafetería de enfrente, sin ni siquiera volver la vista hacia el paquete. Le sigo parapetada ahora tras las gafas de lejos, para poder seguir con nitidez toda la escena. Desde el exterior veo como toma asiento en una mesa que mira a la playa y desde allí revuelve un cafe mientras mantiene una escueta conversación a través de su teléfono móvil. Pasan mas de diez minutos que el entretiene vigilando sin descanso el bulto sobre la arena. Fuera, las gotas de agua van engordando y su helada textura me golpea la cara y las manos. Decido entrar.
Me siento en la barra, de espaldas a la cristalera que vigila al mar y a su mesa. Tendríamos que darnos la vuelta los dos a la vez para podernos  reconocer. Pido un cafe casi en un susurro, aunque no creo que hubiese podido recordar mi voz. Pasa mas de media hora hasta que el sonido de su móvil interrumpe el silencio y mi ansiosa espera. "Ahí sigue", responde enigmáticamente antes de colgar y levantarse. Sospecho que esta conducta es demasiado extraña, incluso para alguien como yo, que venia predispuesta a protagonizar un nuevo y turbador relato. Intento pensar con frialdad. Me parece ridículo pensar que el paquete contiene droga. Pero lo pienso. O el dinero de un rescate.
Ahora me siento incomoda y disgustada. De repente el desconocido se levanta y se gira hacia la barra para pagar. En ese mismo momento alguien pronuncia en voz alta mi nombre. Me doy la vuelta despacio, con cierta reserva. Pero mi amigo de la facultad viene hacia mi y me saluda con jovialidad. Es verdad, la cita. Ya es la hora. Vuelvo la cabeza hacia la barra y cruzo la mirada con el desconocido que la absorbe con indiferencia. No es el, compruebo desconcertada mientras sale de la cafeteria con paso acelerado. "Carlos no puede venir hoy. Me aviso ayer por la noche. Pero podemos avanzar nosotros, ¿Empezamos?".
Salí corriendo de la cafetería mientras escuche como a mis espaldas caía el bolso derribado por la rapidez de mi huida. No escuchaba nada, ni las llamadas de mi amigo, ni el rotundo golpe de mis tacones sobre la acera. No sentía la lluvia que empapaba mis lentes de miope. Llegue a la playa respirando alivio cuando vi que seguía ahí. Desenvolví el paquete con ansiedad. Leí la nota prendida de un ramillete de flores secas. "Te espero en el próximo amanecer".