jueves, 12 de julio de 2012

El foxtrot del Titánic

Ayer una señora de Torrelavega ha conseguido que Eon conectase la luz de su negocio después de amenazar con encerrarse en una oficina de la compañía. Llevaba diecisiete días sin luz, pese a que el 25 de junio ya había abonado todas las facturas pendientes. En cuanto la ciudadana montó en cólera un operario le dio al interruptor. Y, así, en unos minutos, se solucionó por la vía de la presión lo que no se resuelve por el camino del sentido común.

Llegará un día en que todos tendremos emular a la señora para conseguir que Eon nos devuelva el dinero que sus facturas erróneas nos estafan un mes sí y otro también, o para simplemente lograr que alguien lea nuestro contador y no estime tanto, y nos cobren lo que consumimos y no lo que especulan su calculadoras. El poder de las compañías eléctricas no lo tiene en este país más que las de telefonía y los bancos: Un trío que nos cobra cada vez más por abusar, estafar y chantajearnos con absoluta impunidad, mientras los políticos se hacen fotos con sus directivos y -para colmo del esperpento- les financian hasta oficinas del cambio climático, como si la corriente que nos enchufan tuviese algo de energía limpia, en el sentido más amplio del término.

Nos someten a un trato despótico y arbitrario, que algunos necios bendicen como liberalismo puro y que se asemeja más a una autocracia mercantil sin parangón en una sociedad supuestamente civilizada. Nos ofrecen contratos falsos que además incumplen, nos obligan a pagar abultadas facturas de gastos eléctricos que no hemos consumido antes de revisar si es un error, nos cobran y devuelven en un vaivén de recibos de lecturas estimadas y desestimadas y, ante la mínima duda o protesta nos cortan el suministro, que se note quien está en posición de exigir.

No es de extrañar que esta señora de Torrelavega haya amenazado con protagonizar un encierro. Lo raro es que no le hayamos secundado los demás. La noticia, por supuesto, no juega hoy la primera división informativa reservada para el rancio y provinciano escaparate de los baños de ola, una celebración vacía de contenido que exalta la historia de Santander ligada a la monarquía, que solo se bañó diecisiete años en la arena de este Cantábrico, soslayando el pretérito ‘sardinero’ del barrio que hoy pretende adornarse con plumas reales para camuflar el olor a pescado que le dio su verdadera identidad.

Esta reiterada y ya cansina exaltación del veraneo real se celebra con disparates tales como un recuerdo para el Titanic, a falta de descubrir nexo histórico alguno entre el baño de ola a la santanderina y el maldito iceberg de las aguas del Atlántico norte. El rigor histórico es lo de menos. También hay exhibiciones de cómo se fabrican las anchoas, actividad, como se sabe profundamente enraizada en el Sardinero, o espectáculos de can-can, swing y foxtrot que no se bailaron nunca en las verbenas santanderinas. Tampoco nunca nadie se tropezó en Santander con vendedores de prensa suplicando a los viandantes: “Cómpreme el periódico que necesito conseguir unos peniques para poder cambiarme de ropa”, moneda británica que los de Santander solo hemos compartido de pequeños en los libros de Enid Blyton.

Pero el periodo histórico comprendido entre 1913 y 1930 da para hacer mucho el ridículo. Hasta el punto de que un año se pagó al programa 'Sálvame' para que Jorge Javier y su ejército de singulares personajes se vistieran de época de ola santanderina, consiguiendo así cotas históricas de descrédito, para una ciudad que se enorgullece y considera un hito que al Palacio de la Magdalena se le conozca como escenario de la serie Gran Hotel antes que como sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, mucho más valorada fuera que en el corazón de los despachos políticos de la ciudad.

Aquí se aplaude todo. Los recortes en el Parlamento, que Berlusconi amenace con presentarse a las elecciones en 2013, el foxtrot del Titanic sobre la arena del Sardinero o la singular muestra expositiva de paneles sobre la peatonalización de la calle Lealtad. No extraña que en Nueva York los chefs estén poniendo de moda la casquería española. 

miércoles, 11 de julio de 2012

Hogares de paso


Todos los veranos llegan a Santander los niños rusos o saharauis buscando calor o huyendo de él, abrazándose a sus familias de acogida para menguar la tristeza de un año macerado en la distancia, sin abrazos. Es un tiempo que ha transcurrido de forma impaciente, un invierno que sobrevive junto al álbum de fotografías y la expectativa del reencuentro.

Cuando cada verano veo en el periódico las instantáneas de esa emotiva reunión dentro de mí se disparan los recuerdos de aquella acogida que se ha convertido en un punto de referencia estable y vital. La primera impresión es con suerte un cruce de miradas a partir del cual tu vida cambia, prácticamente se aparca, para cobijar y disfrutar de un sentimiento nuevo, de un afecto inesperado, de una ternura instantánea, de un cariño arrebatador.
Ella conquista el corazón, pese a su rudeza, su falta de costumbre de abrazos y besos, y sus lágrimas, porque deja atrás, aunque sea temporalmente, a su propia familia. Es una invasión instantánea en la que inesperadamente se derriten todos los filtros que el sentido común, o más bien el miedo a hacernos daño, impide que nos dejemos invadir por las emociones y sentimientos complicados. No hay ni asomo de compasión. Es una relación entre iguales, en la que –en todo caso- el débil es quien acoge, quien siempre recibe más de lo que entrega.

Han pasado diez años y ella forma parte de nosotros. Y en todo lo que hemos compartido nos ha colmado de almíbar. De sonrisas, de complicidades, de viajes compartidos, de ilusiones e incluso de preocupaciones.
Todos pensamos que nuestro nuevo hermano o hijo es especial. Nuestra niña, además, es rara. Y eso es lo que más me gusta de ella. He contado muchas veces que lo primero que preguntó cuando llegó con tres años a Santander fue “¿dónde están las vacas?” y “¿Por qué ha tapado lo verde?”. Le fascinaba que el dinero saliera de las paredes de las casas, y no perdía detalle de las operaciones en los cajeros automáticos. En realidad desconocía para qué sirve el dinero y desgraciadamente hubo que enseñarla a utilizarlo para comprar chucherías o subirse a los tiovivos. Le parecían raros los abrazos y los besos, que a la vista de la sorpresa no había practicado mucho. Cultivaba la extravagante afición de recortar las fotografías de las esquelas y de las vacas que se publicaban en los periódicos, que componían una ecléctica colección que guardaba y a menudo exhibía como un tesoro en los lugares más insospechados. Le regalamos un muñeco al que bautizó con el nombre de 'crío', y todas las mañanas insistía en que le comprásemos una dentadura postiza antes de que el temido ratoncito Pérez se llevase todos sus dientes. Pegaba la cara en los escaparates de las pastelerías y escribía cartas llenas de garabatos a la cigüeña para que le trajera un hermanito, y al cartero, porque confusamente pensaba que trabajaba leyendo el correo ajeno. 

Nuestra frase preferida es “¿Te imaginas?” y a partir de ahí nos atropellamos fabricando conjeturas a un ritmo veloz y descarado, entre risas. Dentro de nuestro peculiar lenguaje propio también hacemos ‘misiones’, término que aplicamos a cualquier tipo de iniciativa que abarca desde salir a tomar un helado –siempre de mantecado y yogur-, ordenar el armario o añadir fotos a su álbum de pegatinas, que ahora creo que se llaman stickers.

Son muchas pequeñas cosas las que se asoman cada vez que miro en los periódicos las fotografías de esos niños que cada verano regresan a un hogar de paso, y estoy segura de que todas las familias se quedarían con ellos para siempre. Que son ellos quienes nos hacen más felices a los demás.

martes, 10 de julio de 2012

La realidad líquida de Bauman


La crisis ha disparado los disparates, y como ante tiempos revueltos recomiendan aplicar la receta de la creatividad, a ello se han puesto algunos, con resultados cuestionables que nos han hecho añorar aquellos tiempos en los que no hacía falta pensar y nos dejábamos llevar por iniciativas ajenas.

La Universidad de Cantabria ha creado un grupo de inteligencia para detectar qué buscan los turistas en Santander, cuando probablemente sea más fácil y más barato preguntárselo a ellos mismos. El Ayuntamiento de Santander ha contratado a un experto para que diagnostique el estado del sistema cultural de la ciudad, cuestión que debería haberse abordado ya en el fracasado espejismo de la capitalidad europea. Y el Gobierno de Cantabria seleccionará grupos de parados para que compartan penas, mientras que en Santander se activa una cosa muy rara que se llama realidad aumentada.

Son algunas de las consecuencias de la creatividad y, tal vez, de esa modernidad líquida que el filósofo polaco Zygmunt Bauman dice que habitamos, de esa evanescencia y falta de compromiso por la que transitamos. Vivimos una cultura de lo efímero en un escenario de incertidumbre y, en lugar de mejorar la sociedad cada uno de nosotros buscamos un espacio cómodo y confortable, una burbuja propia desde la que abandonar al resto del mundo y a sus problemas. Mirar hacia otro lado. Y escapar. Es más fácil y menos comprometido surfear sobre la realidad líquida que nadar en ella, dice Bauman.

Es cierto. Pocos vamos más allá de arreglar el mundo desde el sofá y la barra del bar. Y cuando una vez nos indignamos y tomamos las plazas, enseguida se nos agotó la efervescencia y regresamos al silencio, a la porosa trinchera de nuestro hogar donde asimilamos con resignación las consignas que cada día nos hacen más pobres, y más nos alejan del paraíso prometido del liberalismo, el edén de libertad y riqueza consumista que solo disfrutan quienes nos empobrecen y quienes nos gobiernan.

Nos deslizamos sin ruido, ligeros, protegidos por un caparazón. Dóciles, que es la antesala de sumisos. Somos cómodos para el poder. Y los somos en las grandes cuestiones y en las pequeñas cosas.
Ya nadie se pregunta que será de Ángel y Paquita, esos ancianos enamorados condenados por los servicios sociales a separarse. Por si acaso el final es triste. Realidad líquida es un eufemismo de Bauman para referirse al estado de cobardía moral del que nos nutrimos.

lunes, 9 de julio de 2012

La letra pequeña


El Gobierno se niega a evitar que nos estafen con los contratos pero, al menos, ha obligado a que la letra pequeña mida como mínimo 1,5 milímetros, según la circular del Banco de España publicada en el BOE. Piensan que, así, con este tamaño aún microscópico tendremos más posibilidades de percibir que nos están timando, que es para lo que de verdad sirven los contratos. La cuestión no es el tamaño, como ya se ha venido reconociendo en otros campos, sino la pericia del estafador para camuflar en una gramática confusa el envenenado compromiso que adquirimos al firmar.
Supongo que sería más sencillo ir al grano. Prohibir la letra pequeña de los contratos y obligar a que todo se firme en letra grande. Pero a veces quienes nos gobiernan piensan que lo sencillo, lo obvio y lo correcto, al parecer, no es lo más conveniente para nosotros.

España es por definición un país de letra pequeña. Ahora nos invade la tercera Rumasa, la trilogía del fracasado clan jerezano. La dinastía de la estafa continua se perpetua eludiendo el embargo judicial –alguna salvedad incluirá para la hacerlo posible las minúsculas finales- y, de momento, opera de forma clandestina. Mientras los diseñadores de cabecera de la duquesa de Alba, Vitorio & Lucchino, están en bancarrota, tal vez influida por los complicados diseños con los que han disfrazado durante años a esta señora.
                                                                                      
La pareja de reconocidos diseñadores puede apuntarse a las lanzaderas de empleo y emprendimiento solidario que se ha inventado el Gobierno de Cantabria para tener entretenidos a los parados. Al parecer la iniciativa -que no supera el concepto de ocurrencia- consiste en crear grupos heterogéneos liderados por un coach, dice la propaganda oficial, una especie de grupos de autoayuda para levantar el ánimo y decidir colectivamente cómo y donde van a buscar trabajo.
La cosa consiste en hacer un club de amiguitos en paro para crear –alucinen con la antítesis- ‘desempleados activos’, que estén todo el día discurriendo cómo pueden ganar dinero. Los beneficiados se captarán por anuncios en prensa y entrevistas personales, es decir, que habrá un proceso de selección para tener amiguitos, para crear nuestra pandilla de parados. Todo esto no es broma y, además, nos cuesta dinero.

Todas estas ocurrencias supongo que figuran en la letra pequeña de esos programas electorales que nunca se cumplen, igual que los contratos de las preferentes de los bancos, los de las tarifas de las compañías telefónicas, o los precios del kilowatio de las eléctricas. 

viernes, 6 de julio de 2012

Una victoria moral


La condena de Videla me reconcilia con el mundo, aunque sea tarde y mal, como habitualmente se dejan suceder estas cosas, porque lo más temible de estos sanguinarios verdugos es el atroz ejemplo de su impunidad. La sentencia que le condena a cincuenta años de cárcel por el robo de bebés durante la dictadura argentina, entre 1976 y 1981, da la razón a las Abuelas de la plaza de mayo que desde la restauración de la democracia en 1983 han luchado por sentar en el banquillo a los responsables de la tortura y muerte de sus hijas y de la desaparición de sus nietos.

Cierto es que la sentencia supone una simbólica victoria moral dado que Videla, con 86 años, y otra decena de cómplices en el gobierno de la dictadura, ya cumplen cadena perpetua desde 1985 por asesinatos y todo tipo de delitos de lesa humanidad. Poco le importaba añadir unos años más. A nosotros si debe importarnos, porque certifica que triunfa la justicia, y no la venganza, como algunos pueden colegir del hecho de que esta última condena no tenga repercusión en forma de castigo efectivo.

Hace poco los crímenes de guerra en Sierra Leona pasaron factura a Charles Taylor que fue condenado a cincuenta años de cárcel por el tribunal penal de La Haya. Pero hay otros demonios que para vergüenza de la humanidad no han sido sometidos al veredicto de la justicia y, es más, algunos de estos personajes, como el especialmente hiriente Pinochet, se han jactado de ello hasta su último aliento transformándose, cuando convenía, en un desvalido y demente abuelito para burlar la orden de captura internacional en Londres emitida por Garzón, o los posteriores procesos judiciales que a raíz de esta iniciativa se abrieron en Chile.

Por desgracia, la lista de dictadores que abrazan la impunidad es demasiado larga y supone un fracaso de la comunidad internacional, que acaba encontrando más cómodo que Gadaffi sea eliminado en un cruento combate civil o que Sadam Hussein, tras dos años de juicio, fuese condenado a morir en la horca por el Alto Tribunal Penal Iraquí.

Montesquieu dijo que la ley ha de ser como la muerte, que no exceptúa a nadie. Pero hay en algunos de nosotros un poso de justicia mal entendida que considera que mirar hacia atrás en el tiempo para juzgar los crímenes de una dictatura es una innecesaria ansia de venganza. Pasar página es una cobardía colectiva, es el fracaso del estado de derecho que tanto ponderamos; supone condenar al silencio y al olvido a las víctimas y a sus familiares negándoles su derecho a la justicia. Es, por tanto, discriminatorio, además de cruel.

Supongo que para quienes somos ajenos a las víctimas mirar hacia otro lado es una actitud mucho más cómoda, no enredarse en el pasado, no escuchar ni sufrir con sus testimonios, con el dolor ajeno. Y en última instancia, no sentirnos culpables, ni cómplices del silencio, del olvido, de la indiferencia, de la pasividad.

En España lo sufrimos a diario. Muchos de quienes reclaman que los terroristas etarras se pudran en la cárcel, son fanáticos defensores de la amnistía hacia los asesinatos franquistas, como si en ambas circunstancias el resultado no hubiese sido el mismo: Un crimen. No es venganza, es justicia. La misma que se aplica automáticamente todos los días al ladrón que roba un coche o al que arranca el bolso a una señora.

Videla no podrá resarcir a las víctimas del mal causado, pero esa no es razón para que no sea condenado. Tal vez lo más repugnante, lo más desasosegante, es que ni siquiera está arrepentido, como hemos podido comprobar en el proceso judicial. Si el demonio existe, uno de sus nombres es Videla. Una naturaleza envenenada y pútrida.

jueves, 5 de julio de 2012

Vivir en cautividad


Quien tenga un millón y medio de euros puede emular a Onassis, propietario de la paradisíaca Skorpios, y adquirir una de las veinte islas griegas que la crisis ha puesto en venta a precio de saldo. Tener una isla es tal vez el mayor signo de opulencia y vanidad que se pueda dar. Es una especie de capricho, rémora de ese señorío feudal tan dependiente de la extensión de sus tierras, que tiene un significado especial ajeno a la falta de glamour de los grandes terratenientes como la duquesa de Alba.

El precio de estas porciones de Mediterráneo griego son una auténtica ganga, si se tiene en cuenta que hace dos años, en España, se pedían seis millones de euros por un pequeño islote en Menorca propiedad de la familia balear Roca que, finalmente no se llegó a vender por presiones del Gobierno.

Una porción de tierra en el mar garantiza independencia, aislamiento, y simboliza un poco esa fiebre individualista que desde hace tiempo condiciona el urbanismo de las ciudades que ahora se conquista en forma de urbanizaciones cerradas donde los niños ven el mundo a través de una verja. Los barrios, la calle, son señas de identidad de un tiempo pasado porque ahora los espacios urbanos y rurales se siembran de urbanizaciones privadas, con vallas, cámaras de seguridad, alarmas y complicados códigos de acceso. Incluso en el corazón de la ciudad proliferan esas islas, esas peceras que satisfacen el deseo de propiedad de sus vecinos y que les aíslan de los demás en función de la categoría social del recinto que habitan.
Cada vez más zonas de expansión de las ciudades son barrios vacíos, ausentes, deshabitados. Los vecinos salen y entran en coche de los garajes de las urbanizaciones, y ya nadie callejea, ni pasea, a menos que tenga perro, aunque también éstos suelen respetar el perímetro vallado de su propiedad como evitando esa contaminación con otras especies urbanas.

Nos criamos como el quebrantahuesos Atilano, en la más absoluta cautividad, sin que eso sea bueno o malo, simplemente un raro empeño por tratar de poner fronteras a un mundo tan grande. Atilano tiene que aprender ahora a vivir en libertad. Como muchos de nosotros que nos consideramos más libres en cautividad, cobijados en nuestra urbanización, en nuestra isla aislada, en nuestro territorio propio. Pero eso no es más que habitar una burbuja, eso nos hace prisioneros no independientes. Qué pequeña es la luz de los faros de quien sueña con la libertad, dijo Sabina.

miércoles, 4 de julio de 2012

El amargo Wert


Un ayuntamiento de Castellón ha convocado una oposición para una plaza de enterrador que ha quedado desierta, porque ninguno de los 37 vecinos que se presentaron sabía sumar, restar, multiplicar y dividir correctamente. Independientemente de que se podría cuestionar la necesidad de certificar el conocimiento de tales operaciones para ejercer un puesto sin ecuaciones mentales complicadas, habrá quién se sirva de la anécdota para demostrar el desconocimiento que, dicen, nos asiste desde la generación LOGSE.

El propio ministro Wert, ácido como las primeras mandarinas de temporada, estará probablemente convencido de que su nuevo plan educativo puede frenar la ignorancia en matemáticas básicas. Wert nunca se ha dedicado ni a la cultura, ni al deporte, ni a la educación, pero una vez investido con la reverencial sotana de la casta política se ha convertido en un iluminado experto en copiar los peores vicios formativos que ya fracasan en otras fronteras.

Por lo pronto, el abstruso novato ha detonado más de una carga de dinamita gramatical que ha sacudido los cimientos del sentido común. Quién probablemente ha encajado mal el significado de ser ministro y ejerce el ministerio con toda la furia de un emperador caprichoso, ha sido agarrar la cartera y considerarse investido de infalibilidad educativa. La torpeza de su inexperimentada e instantánea clarividencia es una amenaza para un sistema educativo en constante mutación hacia el fracaso. La educación, como la cultura, ahora unidas en el mismo ministerio, han pretendido utilizarse como instrumentos para fabricar ciudadanos en serie que piensen y conecten con los mismos valores que el partido político de turno. Poco le importa a Wert y a sus antecesores que los escolares españoles hagan cada vez más plastilina y menos cuentas, con tal de que interioricen, o no, depende del color del ministro, que la familia como dios manda son papá y mamá, que el aborto no tiene matices y es siempre un asesinato caprichoso, que el matrimonio solo es entre hombre y mujer o que la memoria histórica debe permanecer en el olvido. Poco más interesa que adoctrinar, en lo educativo y en lo cultural.

Así las cosas, el amargo y soberbio Wert ha inspirado el enésimo plan para forjar ciudadanos inteligentes, condenado al fracaso de antemano, ya que el ministro solo plantea retocar los contenidos de Educación para la ciudadanía

Al parecer, según ha descubierto Wert, el problema es únicamente evaluativo. Se ponen más reválidas y arreglado. Los alumnos se someterán a una evaluación el último curso de primaria escasamente ambiciosa en la que únicamente tendrán que demostrar que no son alfabetos funcionales, es decir, que saben leer, escribir y un poquito de inglés básico. El que suspenda repite sexto, pero si ya es repetidor pasa de curso e inicia la ESO con un certificado de que no sabe nada en su expediente. Este sistema se repite en cuarto de la ESO, con dos modalidades distintas para bachillerato o formación profesional.
Es decir, que a partir de ahora, habrá más oportunidades de demostrar lo poco que saben.
Se quiere adelantar a tercero de la ESO la selección de contenidos orientados a lo que se quiere ser de mayor, es decir que con catorce años decidan. Lo cual, más que precipitado, es anormal porque a esa edad aún no tienen ni acné.

Qué más da. Los torpes estudian en la escuela pública, de segunda velocidad, y los listos, a colegio de pago, de élite, donde Wert se ha formado esta mentalidad tan ofuscada.

Los que sobrevivan llegan a la universidad, donde el inexperto Wert pretende sustituir la prueba nacional de Selectividad por la caprichosa selección a dedo de cada institución académica que pondrá sus propios mecanismos de acceso. Un sistema que copia uno de los peores defectos de la educación norteamericana, pero que fascina al retorcido Wert.

Hasta ahora, en España solo los mejores estudiantes han accedido a la Universidad en base a sus calificaciones, homologadas y certificadas a nivel nacional por el examen de Selectividad. Si de algo tenemos que estar orgullosos es que, en este país, independientemente de la procedencia social, cualquier ciudadano con talento, aunque no tuviera recursos económicos, ha podido estudiar en la universidad pública española. Solo los más listos llegaban a la universidad. Pero el triunfo del talento es agua pasada. A partir de ahora el dinero manda, y quien lo tenga tendrá más posibilidades de estudiar y de elegir universidad, mientras los demás recorrerán la geografía nacional haciendo pruebas y pruebas de acceso, entrevistas y peloteo al decano de turno. Y eso, es borrar algo de lo que este país puede sentirse orgulloso. Es por tanto un error mayúsculo de Wert, tan grande como la soberbia que le envenena, como la inexperiencia que nos arrastra hacia una tremenda injusticia.

martes, 3 de julio de 2012

La partícula de Dios


Los científicos llevan años tratando de encontrar la partícula universal, una mota responsable del valor de la masa en el Universo, una brizna bautizada con nombre y apellido -Bosson de higgs- de cuyo hallazgo depende construir nuestra imagen de cómo se creó el Universo. Para ello hacen experimentos con una máquina de sacudir el vacío en busca el origen de la masa de las partículas, el origen de la materia. Y su hallazgo, o no hallazgo, puede inclinar la balanza del debate entre fe y razón. Desentrañar desde el punto de vista científico si el universo responde a un diseño inteligente o todo es casual y caótico. No es de extrañar que la llamen la partícula de Dios.

No creo que estemos preparados para conocer una verdad científica tan severa, tan determinante. Un axioma científico que sacuda nuestra percepción del mundo y de la vida. Puede ser más cómodo habitar este limbo de incertidumbre, donde nos manejamos a oscuras en lo desconocido. Hay enigmas que preferimos soslayar, para no hacernos preguntas desasosegantes.  

Además, los científicos tienen la misión añadida –mucho menos selecta- de revisar algunas primitivas teorías como la existencia de los vampiros. Especialmente después de conocer hoy que en Austria han detenido a cinco personas con diez toneladas de ajos robados en Albacete… mientras se dirigían a Rumanía con este impresionante alijo de antídoto contra los muertos vivientes. Todo eso ocurre hoy, que los presos catalanes se han quedado sin merienda por culpa de la maldita crisis que envejece aún más a la población española, porque desde 2008 nacen menos niños mientras la esperanza de vida sigue al alza.

Mientras el acelerador de partículas se aplica en desentrañar si Dios hizo el universo, Leticia Sabater se desnuda en Interviu para buscar novio, misión que ya emprendió sin éxito alguno en las redes sociales. Hoy es Putin quien se aventura en Facebook, para controlar los debates ciudadanos, si acaso es ya posible ejercer mayor censura en Rusia de la que practica el zar, con el visto bueno de eso que llaman comunidad internacional.

lunes, 2 de julio de 2012

Un domingo singular


Ayer fue un domingo singular que ha desparramado una resaca de alegría a un lunes siempre triste. La ilusión de creernos mejores que otro, aunque solo sea en una competición deportiva, eleva la moral de un país que, por un momento, se envuelve en una misma bandera nacional que, en pocas semanas, cuando empiece la Liga, se cambia por esa otra identidad más cercana al lugar al que cada uno se siente más atado emocionalmente.

Ayer fue un domingo singular, porque aunque fuese por un instante, simbólicamente nos resarcimos un poquito de tantos líos –como dice Mariano- y pasamos del pelotón de cola de los económicamente torpes europeos al inútil limbo de la victoria deportiva. Nada nos importa que quienes han chutado el balón cobren una prima total de casi siete millones de euros (un 20% más de lo que ganaron en 2008) porque, a diferencia de los gestores de las cajas de ahorro, estos muchachos –ya millonarios- nos hacen más felices que los políticos.

Ayer fue un domingo singular, porque el Gobierno, para celebrarlo, regaló por la mañana un punto extra a todos los conductores que han sido buenos al volante. Y también, raro para ser domingo, entró en vigor eso que llaman copago farmacéutico y en las boticas de guardia se estrenaron las nuevas recetas. En los cuarteles españoles los soldados empezaron a pagar la mitad de su comida. En Cantabria salió el sol después del mitin de Revilla. En el muelle de Santander se manifestaron ciudadanos a favor del sombrero y en contra del Centro Botín.

Ayer fue un domingo singular, y en la resaca del día siguiente, de este lunes simpático, Sosa Wagner –desafectado de alegrías de portería- dice en El Mundo que si en el 98 lloramos por el imperio perdido, ahora lo hacemos sobre los títulos de una deuda que se desparrama como un tumor infectado y venenoso. En realidad, frente al pesimismo, nos enganchamos ahora al Tour de Hollande, que es la única esperanza de que el Eurogrupo, o la Eurocopa, no nos rescate con balones de oxígeno envenenados.

viernes, 29 de junio de 2012

Contra el sentido común


El marido de la presidenta Cospedal finalmente entró por la puerta de atrás en una filial de Iberdrola y cobra 50.000 euros anuales por ir a una reunión al mes. Es decir, que recibe 4.166 euros cada vez que enciende el interruptor del despacho. Felipe González gana 126.500 euros como consejero de Gas Natural. Salgado cobra de Endesa, y Urdangarín y el marido de la vicepresidenta Soraya trabajan para Telefónica. Se reproducen los mismos errores que cuando dejamos las cajas en manos de políticos y asimilados.

Con esta política de fichajes que se mantienen en plena crisis, no extraña que hoy digan los periódicos que la luz ha subido un 70% en seis años, el triple que en la Unión Europea, y el Gas más de un dos por ciento. A este ritmo, en España cualquier día explotará un ciudadano sometido a una excesiva presión fiscal. De momento, además de la amenaza permanente de una disparada prima de riesgo en perenne peligro de detonación, lo acusa la isla de Hierro que se ha elevado cuatro centímetros en los últimos días, fruto de la presión del magma que, al parecer, también percibe la ebullición económica del momento.

Estalla hasta el consumo, que en este país ya está ya por debajo del griego. Revienta la candidez de las estrellas Disney que mutan en adolescentes pervertidas por la fama, como Britney Spears y Hanna Montana. Salta en pedazos de fotos por la red el álbum familiar de Obama al servicio de la maquinaria electoral, y el presidente nos da lecciones de cómo enamorar a una mujer: Paseando a Miss Daisy.

Revienta hasta el sentido común. La patronal bancaria –muda ante los desproporcionadas indemnizaciones económicas de quienes han gestionado las cajas- propone diez años de devaluación salarial, bajar los sueldos para aproximarnos a la competitividad europea; cuando hace años ya tenemos los jornales más bajos de Europa y nunca hemos logrado tal fin. Dicen que no somos capaces de progresar arrastrando el lastre de tres millones de empleados públicos. Por eso el gobierno ha anunciado su intención de despedir a contratados para reducir el sector público y, al mismo tiempo, e inexplicablemente, se plantea contratar guardias de seguridad privados en las prisiones para mitigar la escasez de funcionarios.

Precisamente ahora coinciden en las librerías dos ensayos sobre Napoleón quien enunció que para triunfar solo hace falta sentido común, un ingrediente que no es fácil de encontrar. En esta travesía hacia la pobreza el lujo ha encontrado un nuevo nicho de negocio en el sector canino: Spa, esmalte de uñas, collares, camas de cuento de hadas, tutús rosa y vestidos Chanel para nuestras mascotas. Que alguien nos conduzca a esta vida de perros.