viernes, 9 de noviembre de 2012

Contra y sin embargo


Esta mañana una mujer abrió la puerta de su casa, se dirigió el balcón, se subió a una silla y estrelló su vida sobre una acera de Baracaldo mientras unos señores de negro, en nombre del derecho y de los intereses del banco de turno, avanzaban por el pasillo penetrando en su intimidad con una orden de desahucio en la mano.

A finales del mes pasado, un hombre en Granada se ahorcó cuando procedían a embargarle. Otros, demasiados, no se han quitado la vida pero han quedado esclavizados con una deuda que hipoteca su futuro, que equivale a una existencia sin esperanza, que es una muerte al fin y al cabo.

Pocas cosas hay más lastimosas que un embargo, que se lleva por delante mucho más que un caparazón de hormigón en el que refugiarnos y construir un hogar, algo más que el esfuerzo, el trabajo y el dinero invertido. Se desalojan las ilusiones y los recuerdos, se destruye y se invade la intimidad que solo protegemos entre nuestras cuatro paredes. Se nos arrebata la dignidad, nos cubre de vergüenza, nos destroza las ilusiones, nos humilla. Los más afortunados guardan su vida en cajas de cartón con la amarga certeza de que nunca volverán a abrirse, porque los días no serán nunca igual.

Y cuando no hallan otro techo amigo al que emigrar atraviesan la frontera de la marginalidad y habitan como ciudadanos de tercera ese submundo capitalista, el estercolero cada día más poblado al que nos aboca tanto orden mundial, tanto estado de derecho y tanto libre mercado. Ese limbo en el que no se tienen derechos, pero si deberes con el banco al que se adeudará de por vida la historia del fracaso de un hogar guardado en cajas, de una vida no vivida. Nos embargan algo más que la cartera y el piso, nos embargan la vida. A sabiendas de que no tendremos otra.

Todos lo vemos, menos quienes nos legislan que han permanecido impávidos hacia un drama social que ya ha afectado a 400.000 españoles y que es un feroz exponente de la desmedida usura de los bancos y la ineficacia de esa clase política. El otro día se dieron cuenta, tal vez para distraernos de un rescate que a lo mejor ya no merece la pena ni intentar. Hoy mismo, más preocupados -como acostumbran- por su imagen que por la realidad, han dado un paso insuficiente y que llega tarde, como las comisiones de investigación del Madrid Arena y como tantas otras de sus competencias.
El plan de desahucios que ahora a toda prisa plantean para limpiar su conciencia se limita a retrasar los desahucios solo en determinados casos, pero no ataca con la urgencia legislativa necesaria las injusticias denunciadas incluso por la Unión Europea y hasta los jueces y fiscales de este país. Es imperioso que la entrega de la vivienda salde la deuda hipotecaria, eso que llaman dación en pago. Será legal, pero es injusto. Como el que solo se pueda recurrir un embargo después de que se produzca.

Aquí los malos no son solo los bancos, que abusan porque la ley se lo permite; ni los jueces, que ya han pedido endurecer las condiciones y proteger al deudor. Los responsables son quienes pudiendo cambiar las leyes no lo han hecho, y permiten estas injusticias que nada que tienen que ver con la legalidad.

Un 10% de las hipotecas formalizadas en los últimos cinco años han acabado en desahucio. Detrás de cada embargo hay un banco sin escrúpulos y un político desalmado. Pero no son las únicas alimañas. Detrás de Amaya, la mujer a quien esta mañana arrancaron la vida, hay muchos buscando un chollo inmobiliario en la bolsa de pisos de un banco o en una subasta, generalmente amañada, donde otros harán negocio y se malvenderá el hogar de esta infeliz a un ciudadano tan honorable como usted y yo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Libre te quiero


Agustín García Calvo fue un rebelde con causa que peleó con la vida en constante contracorriente, que es como tienen que navegar los intelectuales; sin aplausos, almíbar ni complacencia. Escribió artículos contra la familia, contra la democracia, contra la pareja y contra la paz pulverizando con su brutal sentido crítico los trampantojos que abrigan esos conceptos, desnudando su fragilidad.
‘Yo trato de privarme de ideas’, decía, ‘todos los días me quito alguna, pero siempre me quedan demasiadas’. Cargó siempre con el peso de haber sido uno de los intelectuales a quienes el franquismo apartó de sus cátedras, como Tierno Galván y López Aranguren. Pero García Calvo no comulgó ni con la dictadura ni con la democracia. Solo creía en la libertad que para él no representaba ninguno de los dos sistemas.
Singular, excéntrico, ácrata. Un ateo empedernido que murió el día de todos los santos. Disidente, contrario, incómodo. Su incombustible compromiso e inconformismo forjaron una voz propia extraordinariamente lúcida y seductora, profundamente incómoda a la vez para quienes presumen tener todas las respuestas.
Nunca se adaptó a las normas que le dictó este mundo, y expresó esa desavenencia más allá de la pose de un particular atuendo que envolvía su cuerpo con la misma rebeldía que brotaba su pensamiento intelectual.
Para García Calvo de existir alguna verdad, sería un gran interrogante. Esa inquietante dimensión en donde las respuestas nunca nos dejan satisfechos porque ese es a la vez, el único camino hacia la verdad, y hacia la libertad que la representa.
Quizá ahora que el mundo se desmorona nosotros nos enamoramos un poco más de otras palabras, de otras ideas que tambalean aquello que, aunque no somos, representamos. No podemos perseverar en la ceguera del fracaso, es hora de cuestionar el principio, el final y el futuro, y asimilar que a lo mejor García Calvo no era tan excéntrico y que todo esto fue un error. 
Prefiero perderte a que seas mía, glosó en el poema que más ha trascendido a través de la voz y música de Amancio Prada. Libre te quiero. Buena te quiero. Blanca te quiero. Pero no mía / ni de Dios / ni de nadie / ni tuya siquiera.

martes, 6 de noviembre de 2012

El lado oscuro del corazón


No hay ciudad que tenga un nombre más amable que Buenos Aires. Tal vez porque su geografía íntima parece construida y alimentada por el corazón, y no por el pavimento gris de otras urbes que son meros contenedores de gente triste e hipotecada. Es una ciudad que respira, que está viva, cuyas avenidas recorre el poeta Oliverio buscando a la mujer que le haga volar, en esa fábula cinematográfica hilvanada con los versos de Benedetti y Gelman. Se llama El lado oscuro del corazón, y es una encendida y turbadora defensa del amor que palpita a través de un onírico y surrealista viaje sentimental por los esqueletos urbanos de Buenos Aires y Montevideo.

Nos mueve el deseo, no el razonamiento intelectual. Por eso resulta tan complicado descifrar el comportamiento humano que una y otra vez, salvo algún asceta o estoico, se inclina hacia ese lado, a veces incluso oscuro, del corazón. La inteligencia nos abre a un mundo de certezas e interrogantes, nos sacude, nos empuja, nos inquieta. Pero un hombre no es hombre más que por el corazón. Ahora que la razón nos asfixia y que tecnócratas y políticos fallan nos queda el gobierno de las emociones, que defiende la filósofa Victoria Camps, galardonada con el Premio Nacional de Ensayo por un trabajo que lleva este título y que defiende la compatibilidad de los afectos y razón. Solo un conocimiento que armonice razón y sentimiento incita a asumir responsabilidades morales, defiende. La emoción no está en contra de la razón, precisa de ella. No tenemos que elegir entre razón y corazón. Y hay una elevada falta de ética en apelar a una de esas dos constantes para tomar una decisión. Traducido al lenguaje real, no es moralmente admisible que los políticos nos asfixien por razones económicas, el fin nunca debe justificar los medios cuando precisamente ahí, en la mitad, estamos todos.

La razón puede advertirnos sobre lo que conviene evitar, pero solo el corazón nos dice lo que es preciso hacer. Hay que vivir, con razón, sin razón o contra ella, defendió Unamuno. Mi corona está en el corazón, no en mi cabeza, clamó Shakespeare.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Cautivos de la libertad


En la televisión venezolana no mandan las audiencias. Si el presidente Chávez ve algo que no le gusta, descuelga el teléfono y prende fuego a la parrilla televisiva. Es un modelo de televisión interactiva muy particular que se parece un poco a cómo se construyen en España algunos telediarios, que sacan sus propias conclusiones y nos aseguran que en el Madrid Arena todo era perfecto antes de que se concluya la investigación. Aunque al día siguiente haya que ‘modular’ el discurso para desintoxicar a los atónitos espectadores.
Nos escandalizamos, porque –por supuesto- nos creemos más libres y mejores que ellos, cuando leemos que Chávez censuró una telenovela porque la protagonista, una mujer altanera, gorda y malaconducta, faltaba al respeto de Venezuela. Aunque la verdadera razón es el humillante nombre de su mascota, el perrito Huguito.
A partir de ahora sagas como Los ricos también lloran han quedado proscritas y solo se producirán culebrones socialistas hechos a medida de la inquisición chavista. Como Teresa en tres estaciones, enhebrada con el hilo argumental de una cuarentona conductora de tren cuya virginidad está amenazada por un emigrante portugués, calificado de ‘podrido en real’ (en dinero). Quedan por estrenar Amar a muerte y Guerreras y centauros.
En España nos distraemos con la historia adulterada de Isabel La Católica, la inofensiva Amar en tiempos revueltos, y un Cuéntame que ajusta amables cuentas con el pasado y que únicamente ha conseguido reducir al ridículo el franquismo ante las nuevas generaciones suavizando la verdad. Sería un dislate tratar de extraer factura moral de la reposición de Ana y los siete, una pornoniñera poligonera seducida por un banquero y arrastrada desde su arrabal de extrarradio al infierno capitalista del mayordomo y las tiendas caras. Chávez vibraría de cólera en el sofá con este argumento que, por otro lado, ni desmerece ni supera al de la maquinista virgen y el portugués taimado. Ya dijo Fellini que la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.
El gobierno venezolano financia la producción de series que reflejan sus ideales bolivarianos. Aquí, una joven promesa televisiva española es portada de una revista. Debajo de su foto, ligera de equipaje, presume del siguiente curriculo: Ex tronista de Mujeres, hombres y viceversa, ganadora de Gran Hermano 12 y portada de Interviú. Parece que la libertad no mejora mucho la televisión. Como esa creatividad cinematográfica española reprimida, que cuando llegó la democracia pudo, al fin, dar rienda suelta a su talento. Y, entonces, llegó el destape. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Mientras haya otro peor


Sicilia 2012. Las urnas electorales acusan el descrédito y la inutilidad de los políticos frente a la crisis. Sólo el 47 % de los ciudadanos se presentó a votar, ni siquiera la mitad. Por primera vez tampoco la mafia se presentó a las elecciones; lo que certifica su inoperancia. Sus vecinos griegos y el efecto Amanecer Dorado saborean las hieles de este estigma. Y en Ucrania, los ciudadanos han tirado la toalla y arremeten contra el sistema despreciando su democrática oportunidad de elegir a sus dirigentes, ya que un elevado porcentaje de la población ha renunciado a luchar contra la corrupción haciendo causa común con ella y han vendido su voto por dinero al mejor postor.
En Estados Unidos el huracán Sandy fagocita la campaña electoral y viven pendientes de cómo una catástrofe natural puede influir en los resultados, dada la escasa confianza en la superioridad de ninguno de los contrincantes a quienes puede tumbar el avieso viento del oeste que amenaza Nueva York en plena celebración de Halloween, que ya ha comenzado la matanza de calabazas y este año triunfa el disfraz de Ecce Homo marca España. Donde el dubitativo y perplejo Rajoy desmenuza la eterna margarita del rescate, y la visionaria Báñez padece alucinaciones para digerir las perversas cifras de paro en las que cree atisbar los adulterados brotes verdes de Zapatero.

En los últimos juegos olímpicos el norcoreano Om Yun Chol levantó tres veces su propio peso y se llevó la medalla de oro en halterofilia. Le preguntaron cómo puede levantar 168 kilos un hombre. “Creo que ha sido el gran Kim Jong II quien me ha dado su ayuda”, respondió. Eso es confianza en un líder. En política los positivos por totalitarismo o corrupción no penalizan como en el deporte. A Amstrong le han borrado de la historia del Tour y, en cambio, al comisario europeo de Salud que dimitió forzado por un escándalo de corrupción relacionado con las tabaqueras le seguirán pagando 8.550 euros durante tres años, que luego menguarán a una pensión vitalicia de dos mil.

El otro día la viñeta de Ricardo en El Mundo preguntaba a Rajoy: Mariano, no te preocupa lo de los desahucios? Respuesta: No, con lo debilitado que está el PSOE van a tardar mucho en sacarnos de la Moncloa.
Esa es la cuestión. Mi triunfo es que hay otro que lo hace peor. 

martes, 30 de octubre de 2012

Allí termina el hombre


Ayer falleció Antonio Meño, un nombre que no representa a nadie y que somos a la vez todos. Un ciudadano que entró en un quirófano para operarse la nariz y salió en coma, por la negligencia de un anestesista que ha quedado impune.
Llevaba veintitrés años en coma atendido por sus padres. Una familia que cuando puso el asunto en manos de la justicia solo recibió más dolor, más miseria y más desamparo. El feroz instinto de protección de algunos profesionales sanitarios implicados impidió demostrar la verdad. Pero no contentos con eso, después de casi veinte años de pleitos, la familia agotó la vía civil y la penal para reclamar una indemnización, y en 2009 el Tribunal Supremo decidió que no tenía derecho a nada y la condenó a pagar 400.000 euros en costas. Les embargaron la vivienda. Confiar en el sistema judicial español les costó todo. Se quedaron sin nada, abrazados al cuerpo vegetal de su hijo. Esa fue la justicia que tuvieron.

Nada tiene que perder quien lo ya lo ha perdido todo. Así que la familia de Antonio inició una nueva batalla por su dignidad y por sus derechos. Si es preciso sucumbir, enfrentémonos antes con el azar, dijo Tácito. Se instalaron con su hijo en una tienda de campaña delante del Ministerio de Justicia, donde todos los madrileños pudieron contrastar su vergonzosa historia y respirar el amargo aroma que destila la injusticia. 522 días. 17 meses. Casi un año y medio. Un invierno y otra primavera. Bajo la impávida mirada de los políticos, los jueces, la lluvia, los vecinos, el frío, los ciudadanos, las luces de navidad y el sol. El verdugo de Antonio, en silencio.

Un proverbio chino dice que el momento elegido por el azar vale siempre más que el momento elegido por nosotros mismos. Cuando no esperaban nada, el destino se puso de su parte el día en que el cirujano Ignacio Frade, que había presenciado la operación e ignoraba el fatal desenlace, pasó por delante del improvisado campamento de la familia de Antonio. Gracias a su testimonio el Tribunal Supremo reabrió la causa. El anestesista no estaba presente en el quirófano cuando hubo complicaciones.
La familia llegó a un acuerdo y aceptó una indemnización de un millón de euros que puso fin a veintidós años de litigio. “Hemos vendido a nuestro hijo por dinero, pero no teníamos fuerzas para  enfrentarnos a otros diez años de juicios”, se lamentó la madre. Un remordimiento que conmueve en una sociedad donde, especialmente los ricos y poderosos, no demuestran ningún escrúpulo ni cuando se quedan el dinero que no les corresponde, ni cuando cobran escandalosas pensiones ni indemnizaciones.

La justicia en España es cada día más injusta para los que menos tienen. Especialmente con las nuevas tasas judiciales que entrarán en vigor el año que viene. Recurrir una multa de cien euros costará doscientos. Demandar un impago de una factura, también. Y para poder recurrir un despido en segunda instancia habrá que pagar 500 euros. Si, además, usted inicia el procedimiento y el juez no le da la razón, pagará las costas. Como les pasó a los padres de Antonio, que perdieron todo su patrimonio por ejercer su derecho a la justicia.

Antonio murió ayer por segunda vez. La primera lo hizo en la mesa de operaciones de aquel 3 de julio de 1989. El anestesista se llama Francisco González y sigue ejerciendo. Una historia que representa el fracaso del sistema. Donde comienza el estado, allí termina el hombre.  Nietzche. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Sesenta minutos


Sesenta minutos y también uno solo de ellos pueden cambiar la vida de cualquiera. El sábado, la atávica e inútil costumbre nos regaló una hora de más para que amanezcan más temprano el día y la noche. Retrocedimos en el tiempo pero no pudimos aprovechar el vacío en el tiempo para repetir o modificar nuestro destino durante este bucle de sesenta minutos. Porque estábamos durmiendo.

A la mañana siguiente todo parecía igual, probablemente únicamente fue una noche más larga. Pero al despertar, Aznar había tenido un ataque de gastroenteritis. El Borbón –que mete ya casi tanto la pata como Carmen Sevilla en el Telecupón- dijo que España desde fuera se ve mejor, pero que dentro dan ganas de llorar. El Gobierno había creado una célula de crisis contra la independencia catalana liderada por Gallardón. Se supo que cada español ha aportado 1.846 euros para sanear bancos podridos. La Guardia Civil penalizó a dos agentes con 240 euros por poner pocas multas. Muchos ucranianos vendieron su voto para elegir presidente en Internet por 30 euros. Una agencia de adulterios utiliza la imagen de la Reina Sofía como gancho. Un señor del PP dice que los ciudadanos que se manifiestan contra los presupuestos del Gobierno son personas aburridas y antisistema. Detienen a un periodista griego por publicar la lista de 2.049 evasores fiscales. Una ONG es condenada a pagar tres mil euros por pedir información al Gobierno. Funcionarios de Hacienda visitarán negocios que tengan deudas fiscales y les embargarán la caja del día. Y un tipo extraño se ha operado la lengua para hacerla bífida.

Hemos desperdiciado los sesenta minutos de propina que nos regalaron ayer, y que se han precipitado, como todos, por el esperpéntico agujero negro de la realidad y la rutina.  
Una hora de más no cambia el mundo, aunque puede cambiar el de cada uno de nosotros. Nos dan una noche con una hora más, que nos atropella entre sueños.
Si hay que regalar tiempo, yo prefiero la luz. Que los relojes se paren y que todo tiempo se congele. Que se interrumpa todo, como si nada hubiese. Que no circulen los coches ni los aviones. Que se queden mudos los políticos, vacíos los mercados y bares, paradas las fábricas. Que todo permanezca inmóvil. Y que cada uno de nosotros disfrute de este tiempo puro que tanto anhelamos. Disfrutaría de un paseo, de un abrazo. De una mirada. De la compañía del otro. Contemplaría el mar. Aspiraría el aire con más fuerza que de costumbre. Ensayaría más sonrisas.
África lo define con una frase preciosa. Vosotros, los europeos, tenéis los relojes. Pero nosotros tenemos el tiempo. Y somos el tiempo que nos queda, como acertó a explicar Caballero Bonald.

viernes, 26 de octubre de 2012

Dos gestos anómalos


Ayer se han producido en España dos gestos extraordinariamente anómalos. Probablemente también se destapó a otro corrupto, alguien metió la mano al cajón y un tercero se lucró con el descrédito de un dinero público mal invertido. Pero los periódicos dan cuenta de dos hechos desacostumbrados que, acaso por esa misma naturaleza, fertilizan la polémica.
Uno es que Amancio Ortega, el quinto hombre más rico del mundo, ha donado veinte millones de euros a Cáritas, la mayor contribución privada que la organización ha recibido en sus 67 años de historia.
El otro es que el novelista Javier Marías ha renunciado al Premio Nacional de Narrativa dotado con veinte mil euros que otorga el gobierno de turno.

A Ortega se le critica que solo le supone un pellizco del 0,05 por ciento de su extraordinaria fortuna. Pero hasta ahora también se le afeaba, como al resto de ricos, que no contribuyeran ni con un duro de más para sortear los adversos efectos de la crisis.

A Marías supongo que no se le perdona que sea capaz de ganarse la vida y el prestigio sin recibir dinero público, y sin la necesidad de sentirse reconocido por el empalagoso almíbar de los halagos oficiales, que acaba por contaminar políticamente a todo el que recibe una medalla a propuesta del partido político gobernante.

Podemos discrepar, censurar, rebatir, criticar, denostar e incluso despreciar sus comportamientos. Pero tengamos en cuenta que más allá de estas acciones impera una inhumana y atroz realidad de la que echamos pestes todos los días. La dubitativa e irresoluta acción del Gobierno, el reiterado descrédito de la gestión política, la usura bancaria y los escandalosos desahucios que generan deudas vitalicias, la paranormalidad de Mariló Montero y su teoría de que el alma humana habita en el hígado de los malvados, los recortes, copagos, privatizaciones, las pensiones menguadas, los salarios reducidos. Y nuestra dignidad de ciudadanos por los suelos.

Probablemente no hay que extenderse en aplausos y agradecimientos. Pero tampoco denostar insólitas iniciativas como que un hombre rico regale veinte millones de euros a los necesitados, y otro hombre ilustrado nos ahorre otros veinte mil euros y una medalla. Lógico. Estamos estupefactos, y tardaremos en asimilarlo. 

jueves, 25 de octubre de 2012

La hija de El Cariñoso


 ‘Pin, no te olvidamos’. A la altura del número 44 de la calle Santa Lucía de Santander una frase pintada sobre un muro todavía hoy, setenta años después, recuerda a El Cariñoso, aquel maquis de San Roque de Riomiera asesinado, en la postguerra, al salir de la buhardilla en la que se ocultaba junto a su compañera María Solano, que fue encarcelada y torturada para forzarla a abortar. 

Es extraño en una ciudad indiferente a una grotesca geografía urbana aún salpicada por la constante memoria de una dictadura cuyo recuerdo no se accede a borrar, como borrado está el de sus víctimas.

La hija de Pin el Cariñoso sobrevivió y hace un tiempo regresó de Estados Unidos, donde vive desde los doce años, para recuperar lo que la dictadura le negó, que es el apellido de su padre. Después de un lastimoso viaje emocional y burocrático, hoy es oficialmente Josefina Lavín Solano, como en realidad siempre fue.

Nació en la cárcel ya derruida de la calle Alta y con dieciocho meses se quedó al cuidado de su abuela Teresa, la madre de El Cariñoso, en Liérganes. Una periodista norteamericana que realizaba un reportaje sobre las mujeres en las cárceles franquistas conoció a la madre de Josefina y al saber que había nacido en Arizona, aunque con pocos años retornó con sus padres a España, se puso en contacto con la embajada estadounidense en Madrid. Salió de la cárcel y como ciudadana norteamericana embarcó con su hija Josefina desde el puerto de Cádiz rumbo a Nueva York.

Ayer, en una pequeña librería de viejo de la Rampa de Sotileza, que es la huella de Pereda y la calle más bonita de Santander -con permiso de la empalagosa postal turística del marco incomparable-, conocí a Josefina Lavín Solano. Un emotivo acto, muy íntimo, celebró la recuperación de su nombre, que es la memoria de su padre que, a su vez, se exhibió en el documental de Vicente Vega.

Es una mujer menuda, de mirada intensa y viva, que se asoma a su pasado con dolor pero sin rencor. Lo que más me sorprendió fue su percepción de España. Piensa que la democracia es un escaparate y se extraña de la falta de derechos de los ciudadanos. Supongo que para una ciudadana estadounidense, o de cualquier otro país incluso mucho más sensato, es incomprensible que no hayan sido juzgados tantos crímenes, vejaciones, expolios y torturas. O que el otro día hayan condenado a muerte por segunda vez al poeta Miguel Hernández, o que aún haya muertos enterrados en las cunetas. La dictadura les negó justicia y la democracia también. Cuando lo cubrió todo con un velo de silencio y olvido, que aún hoy supura dolor.

Josefina Lavín, la hija recuperada de José Lavín Cobo. Al despedirme, llovía. Una cortina de lágrimas acompaña el eco de mis pasos solitarios sobre el empedrado del Cabildo. Es ya de noche. Aprieto el paso hasta el número 44 de la calle Santa Lucía. Y con un bolígrafo que apenas deja huella escribo rabia, impotencia y vergüenza.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Periodismo sin kryptonita


Superman se ha hecho autónomo. Con la que está cayendo ha renunciado a su trabajo como redactor asalariado en el Daily Planet, porque un gran conglomerado multimedia se ha hecho con el control de la publicación y ha impuesto una línea editorial que choca con sus más hondas convicciones. Montará su propio diario o un blog. Y entonces se dará cuenta de que la verdad no le importa a –casi- nadie, y que en su compañía tampoco se llega a fin de mes.

Eso explica que un periodista como Clark Kent necesite ser a la vez un superhéroe como Superman para ejercer con dignidad la profesión, para resistirse a la manipulación, la ocultación y las medias verdades, que son el pan nuestro de cada día en los medios de comunicación. Paradójicamente, los más peligrosos suelen ser aquellos que se tachan a si mismos de independientes. La única verdad es la realidad, defendía Aristóteles. Eso debería bastar para definirse. Y a eso debería ceñirse un periodista, a sabiendas de que una verdad no es un cruce de declaraciones de políticos sobre un tema que les conviene airear, ni una nota de prensa redactada por el protagonista de la noticia, ni la agenda de un presidente, ni la morbosa actualidad de sucesos.

Kapuscinski sostiene que el buen periodismo, además de describir un acontecimiento, explica por qué ha sucedido; en el mal periodismo solo se describe sin ninguna conexión o referencia al contexto.

El periodista reflexiona, critica, descubre, piensa, coteja, explica, investiga, lee, desmenuza, relaciona, cuestiona. En ese proceso, en ese tratamiento de la información, reside la objetividad que, por supuesto, no se limita a contar con toda la asepsia posible lo que opina una parte y su contraria sobre un tema.

Un periodista no aplaude. Ve lo que otros no ven. Y no deja que le impongan lo que es noticia. Hace ruido. Perturba al poder. Desvela. Porque la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Y, todo eso, Superman, hay que hacerlo sin Kryptonita.