lunes, 24 de septiembre de 2012

La cuota ética


Lukashenko se gana a si mismo. El último dictador de Europa, el presidente de Bielorrusia, ha vencido a la abstención, su único enemigo en las elecciones legislativas -“aburridas y tranquilas”, tiene la cara de decir- celebradas ayer con sus contrincantes políticos en la cárcel o fuera de circulación.

Para certificar el pucherazo hemos enviado 16.000 observadores nacionales, 350 de la CEI (la Comunidad de Estados Independientes formada por las ex repúblicas soviéticas), 260 observadores de la Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos de la OSCE y 74 miembros de la Asamblea Parlamentaria de la misma. Es decir, un observador por cada seiscientos bielorrusos certificará lo que ya sabíamos. Punto final. Lukashenko está en sintonía con Putin -quien también defiende el gobierno de otro tirano en Siria- personaje que cocina bien sus propios pucheros electorales y al que hace poco se abrazó nuestro Borbón, por el bien de las inversiones españolas, que –como todos los negocios- circulan en paralelo a los escrúpulos y la dignidad, sin ni siquiera rozarse.  

Poco sirve el aval de la razón frente al dinero. Hoy dice la prensa que los bosquimanos son el pueblo vivo más antiguo de la humanidad. Una humanidad que no conocen porque les hemos condenado al destierro, víctimas de los depredadores europeos que colonizaron sus tierras para exprimir su riqueza. Hoy quedan unos cien mil que malviven como un ejército de parias, la mayoría de ellos en las arenas del Kalahari, como apestados. En el año 2006 consiguieron que el Tribunal Supremo de Botsuana les diese la razón y les permitiese vivir y cazar en la Reserva del desierto por el que vagan. El Gobierno tuvo que tragar, pero les negó al acceso a los pozos de agua.

Hoy, en esa misma tierra conquistada, el Gobierno ha construido un hotel de lujo con piscina para turistas. Qué casualidad. Antes de pasar a saludar a Putin, allí se estuvo bañando hace poco el Borbón. Donde se ahogan de sed miles de personas.

Esa es la política internacional que nos corresponde. Mirar hacia otro lado y cultivar relaciones que supongan un rédito económico, no moral. Podemos negociar con Putin, disfrutar de Botsuana, vender armas al tirano sirio. Nuestra cuota ética se limita a lanzar dardos contra Chávez y Fidel Castro, por ejemplo. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Salvemos lo innecesario


La crisis no vence lo prescindible y arremete contra lo urgente. Hoy desembarca el emperador Carlos V en Laredo, y será recibido con más honores que los políticos cántabros en el acto de apertura del curso universitario donde, al parecer, han probado en directo las amargas mieles del desencanto ciudadano con el sonoro abucheo de un centenar de estudiantes.

Los ciudadanos normales -no se precisa un coeficiente extraordinario- no acertamos a desentrañar la paradoja de que en este país tenemos dinero para recrear oropeles imperialistas de cartón piedra y no para sostener la educación o la sanidad.
Esta desasosegante sensación de recelo sobre el cuestionable empleo del dinero público planea sobre nuestras humildes cabezas cada día, nada más despertar a la crisis con la primera luz de la mañana. Y la impresión se agrava a medida que las caducas hojas de realidad del periódico caen sobre nosotros como pesados ladrillos de desesperanza.

Otra vez nos predican austeridad, mientras las camas de geriatría vuelven al hospital de Liencres, donde estaban hace dos años y desde donde se trasladaron a la Residencia Cantabria, para lo que se acometió una costosa rehabilitación de la octava planta ahora inútil, por este caprichoso vaivén de los políticos de turno; quiénes luego pretenden hacernos creer que van a ahorrar en euro por cada merienda de café con leche y cuatro galletas que no se tome un enfermo.

Ayer, a esa misma hora, cuando los pacientes de los hospitales cántabros mojan la gravosa galleta –a la Consejería de Sanidad le cuesta cada una 20 céntimos, dicen-, en el Congreso se aprobaba un crédito de 1.782 millones de euros para comprar armamento militar. El ministro del ramo argumentó que “la industria de defensa es necesaria y genera riqueza” entre ellas, a la suya, a la empresa de la que el señor Morenés cobró hasta antesdeayer.

La perspectiva no mejora en la sección de economía porque, al parecer, el señor Ambrosio todavía sigue apegado al sillón de la extinta Caja Cantabria, cuando fue cesado en mayo y además tiene que devolver 120.000 euros en dietas que no tenía que haber percibido. Al parecer, no es una prioridad y el consejo de Liberbank ha postergado la decisión, para que siga cobrando sin merecerlo -se deduce- y exhibiendo sin pudor una vez más esa falta de notorio control sobre el dinero en las cajas de ahorro que nos ha dejado como estamos.

No aprendemos. Otra política presidirá desde ahora la Comisión Nacional del Mercado de Valores, la diputada popular Elvira Rodríguez, sin duda un nombramiento que garantiza la tan ponderada y nunca respetada independencia en las instituciones y organismos económicos.

El ministerio de Wert, por su parte, va a gastar 500.000 euros para hacer el enésimo estudio sobre la apertura de las Cuevas de Altamira, mientras el Gobierno pretende reventar el subsuelo cántabro en busca de petróleo con las infiltraciones del fracking.

Cáritas atiende ya a un millón de personas, a quienes el estado no protege ni ayuda porque está muy ocupado en los anteriores menesteres. Incluso Woody Allen, que se estrena hoy en las pantallas, ha sido seducido por el fascinante mundo de la subvención, y solo rueda en Europa por encargo del gobierno de turno spots propagandísticos que, aún así, siguen mereciendo asumir la subida del IVA en el precio de la entrada.

Por cierto, ayer robaron el cepillo de la iglesia de La Asunción de Torrelavega en plena misa. Se llevaron la hucha, que pesa más de veinte kilos y solo tenía cuatro euros. Ni que el golpe lo hubieran preparado desde algún consejo de ministros o de administración.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Españoles en el mundo


En lugar de declinar su carrera como jurado de algún concurso televisivo de nuevos talentos, Julio Iglesias retorna a la actualidad como analista político proponiendo recetas a lo Mario Conde para salvar la España de Rajoy, a quien considera un estoico capaz de dormir sobre una piedra. Pero su pensamiento se resume en una frase: “Soy muy español pero no tengo porqué pagar mis impuestos solo en España”, ha dicho. Esa es la casta de patriotas que arriman el hombro para levantar el país. 
Pero tal vez lo más delirante es su reflexión sobre el movimiento 15M: “A veces miro esta casa en la que vivo y pienso que sería susceptible de ser invadida”. Retrata sus verdaderas y tal vez miserables preocupaciones y, a la vez, nos libera de la necesidad de ponerle en evidencia, porque ya lo hace él solo estupendamente, delante de un país con tres millones de parados de larga duración y otros tanto en vías de compartir etiqueta.

Julio Iglesias representa a esa clase social económicamente privilegiada que necesita que exista España –una, grande y de libre mercado- como referente territorial de pandereta sobre el que proferir todo su ardor patriótico, inversamente proporcional a la alegría fiscal que provoque en su cuenta corriente.

Para esa estirpe de españoles de primera, España va bien si ellos ganan dinero, como hacían antes, sin controles, sin reproches. Hasta que consumieron nuestro futuro. El sacrificio, el esfuerzo de austeridad que nos pide Rajoy y el dinero para sostener la sanidad y la enseñanza gratuita que lo pongan otros, que el cantante, los banqueros y quienes más tienen lo custodian en paraísos artificiales donde se multiplica como panes y peces en una bienaventuranza fiscal a la medida de los intereses de su bolsillo. Luego nos hacen una declaración de amor para forjar un matrimonio de conveniencia con separación de bienes, claro.

Algunos dirán que el amor que profesa Julio Iglesias por España es más místico que fiscal, como el de Jesús por María Magdalena. Al menos, eso defiende el Vaticano a raíz del descubrimiento de un papiro del siglo IV escrito en copto que afirma que Jesucristo estuvo casado. Los célibes próceres de la Iglesia reconocen la autenticidad del documento pero prefieren interpretar que fue un matrimonio místico, al estilo de Santa Teresa de Jesús. Es una interpretación más complaciente que la verdad.

En realidad, toda religión peca de lo mismo. Los judíos ultraortodoxos de Israel han llegado al extremo de graduar mal sus gafas para cegarse a la tentación femenina. Utilizan lentes con menos dioptrías para difuminar los provocativos contornos de las mujeres. Siempre que se ha dicho que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y, efectivamente, este refrán le cumplen con la misma ortodoxia que su integrismo religioso. Al pie de la letra.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El tuerto es el rey


Una prueba del desatinado capitalismo que nos asfixia es que la ‘restauradora’ del Ecce Homo quiere cobrar derechos de autor a quienes visiten su obra, a la vista de la expectación que ha provocado el adefesio que, inexplicablemente, sigue colgado de la pared de la iglesia del pueblo; al menos, hasta que la mujer del ex senador Bárcenas se interese por él, ya que, al parecer, es aficionada a comprar y vender cuadros sin pagar el correspondiente peaje fiscal.
Su marido se ha apresurado a exculparla pero, de cara a la opinión pública, son muchos los tropiezos de los populares con el arte, teniendo en cuenta que en Cantabria, a los dos días de empezar a gobernar, descolgaron el mural de Orallo de la Biblioteca Central, atemorizados por el daño moral que les podría causar. Ahora, en su peculiar política de alcayata, coleccionan estampitas de santos y buscan desnortados la colección Norte, que nunca exhibirán porque considerarán sin duda demasiado procaz.

La reacción de Cecilia, mater de este Ecce Homo inspirado en Paquirrín, no hace más que imitar los peores vicios de ese pragmático liberalismo económico mal entendido que predican los poderosos: Lucrarse sin vergüenza, ni pudor, ni escrúpulos. Cristina García Rodero ha pasado de fotografiar a la España pobre y costumbrista a retratar a la familia real y no se atreve a confesar cuánto ha cobrado. Y Leticia no hace otra cosa que poner en práctica la lección bien aprendida de que por dinero todo vale, que es algo así como el abc del libre mercado emocional de la casquería rosa en la que se han enredado dos de nuestros dirigentes locales. El alcalde echa humo en la parrilla mediática de un desvaído Sálvame local, enfurruñado como un niño castigado sin recreo en el patio del Gobierno regional a cuenta de los retrasos del Plan General de Ordenación Urbana. Un documento que llevan cocinando ocho años y que no satisface a nadie, pero que todos quieren aprobar para empezar a dar licencias.
Diego y De la Serna se llevan igual de bien que Mariló e Igartiburu, abrazadas ayer en plató y chorreando almíbar suficiente como para confirmar su desencuentro. Menos mal que la televisión pública, para fortalecer audiencias, ha fichado al rey, a la pareja de Wert y a Bertín Osborne.
TVE dedicará doce personas a producir un programa de media hora sobre la actualidad de la casa real, que si decidiera ahondar más allá de lo institucional emularía el éxito de Falcon Crest. Me temo que se limitarán a reproducir las cartas de Juan Carlos a los españoles, misivas con las que ayer empezó a aleccionarnos en ese lenguaje manido y tópico que acostumbra. 
Resulta inoportuno y jocoso que el rey venga ahora a rubricar homilías a su pueblo, cuando si algo le hemos agradecido durante décadas es precisamente su prudencia y silencio. La torpeza es aún mayor cuando en vísperas del rescate, el Borbón se preocupa por las recurrentes ansias de independentismo catalán que cada cierto tiempo brotan con mayor o menor virulencia y que no es, ni de lejos, el principal problema de España, ni la preocupación de los ciudadanos.
Es lo que hay. Los referentes político-doctrinales de este país se llaman Juan Carlos de Borbón y Mario Conde. De los dos, el tuerto es el rey.

martes, 18 de septiembre de 2012

A media luz


Esta noche un vehículo equipado con sensores recorrerá las calles de Santander para detectar las bombillas fundidas, como la caricatura de un viaje futurista que escenifica la falta de iluminación de quienes lo inspiran. Para darle algo de empaque han bautizado la operación como City Light Scanning Optimization and Remediation, como si en lugar de circular con una camioneta por la cuesta de la Atalaya sacásemos a pasear una sonda por la superficie de Marte.

Los neardentales usaban plumas para ponerse guapos, dice hoy el periódico. Y lo siguen haciendo; al menos algunos descendientes para adornar disparatadas iniciativas que ya han contagiado a la ciencia. Un científico ruso pretende clonar un mamut lanudo utilizando un pelo de hace 10.000 años conservado en el hielo de Siberia. Es, sin duda, menos extravagante que tras varios meses de conflicto armado en Siria ayer la ONU anuncie ufana que ha reunido evidencias contundentes para acusar al gobierno del país de crímenes de guerra. De momento, las pruebas recopiladas se trasladarán al Tribunal Penal Internacional. Hay que ir despacio y con buena letra. Así, cuando ya no queden sirios de ningún bando podremos juzgar con garantías a los responsables del exterminio.

La misma lógica asiste a nuestro jefe de estado, el coronado Juan Carlos, quien en estos tiempos de extrema sensibilidad –a falta de cacerías y Corinas- ayer se entretenía jugando a pilotar uno de los 38 helicópteros de combate que nos hemos comprado. Un gasto de 22,5 millones de euros absolutamente imprescindible en tiempos de crisis que encaja a la perfección con los criterios de austeridad del Gobierno, que no tiene dinero –dice- para mamografías, ni pagar ni 400 euros a los parados pero si –suma otra paradoja- para el sueldo de 1.500 orientadores laborales que les ayuden a encontrar trabajo o para improductivos aparatos militares.

Aquí, el presidente de Cantabria en su excesivo afán por mimetizarse con los afectados por las preferentes firmó ayer, a la puerta del Parlamento, un documento que propone que Liberbank pase a llamarse Carcelbank. Ana Botella aplaude Eurovegas mientras prepara una ordenanza moralizadora para regular la prostitución y la mendicidad. Un ex directivo de la CAM declara ante el juez por concederse a si mismo créditos por importe de 17 millones de euros. Hasta Esperanza Thatcher nos libera de su despótico pontificado de tres décadas edificado bajo las ruinas democráticas de un ‘tamayazo’ que hemos asumido como parte de este putrefacto sistema. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Aquellos días sin horas


Los diputados cántabros vuelven hoy al cole, con una semana de retraso respecto a los alumnos de infantil que ya estrenaron su material escolar la semana pasada. Imagino que a estas horas apuran sus lápices para abordar la tarea de escribir la redacción sobre el verano que siempre encargan los profesores el primer día de escuela.

Siempre he odiado esa redacción del verano. Cuando iba a sexto de EGB decidí rebelarme contra el almibarado formato del relato sobre los días de estío, donde las vacaciones son idílicas, los lazos familiares se estrechan y todos pretendemos haber sido Heidi disfrutando de la compañía de las flores y los pájaros en las faldas de la montaña de los Alpes, o en la cálida orilla de la playa en una atardecer mediterráneo.

Ese año empecé –en adelante mantuve la costumbre- a editorializar sobre asuntos de actualidad, como la colza y otras variantes que, apuntaba ya maneras, me parecían más relevantes que el monótono discurrir de aquellos eternos veranos que, sin Internet, ni móviles y una sola televisión en horario restringido por la carta de ajuste, no ofrecían las mismas distracciones de hoy y, a la vez, resultaban ser mucho más estimulantes. Nunca hicieron comentario alguno de mis escritos, de lo que deduzco que nadie leía aquellas redacciones.

Los días se deslizaban muy despacio. Amanecía más temprano, y el aliento limpio de las primeras horas de la mañana embriagaba la cocina con la esencia húmeda de la escarcha que se mezclaba con el aroma de tostadas recién hechas. Probablemente todo era incluso más empalagoso que lo que reflejábamos con absoluta inocencia en la redacción del primer día de curso. Madrugábamos, corríamos, sorteábamos en bicicleta distancias kilométricas sin casco ni carrilbici. Matábamos las horas de la siesta que nunca echábamos tirando piedras sentados en la escalera de casa, cobijados en la sombra de las higueras, que no maduraban sus frutos hasta avanzado septiembre. Tocábamos la tierra, arrancábamos hierbas y nos revolcábamos sobre ella en las praderas cubiertas de pequeñas margaritas. Nos tumbábamos por la noche a ver estrellas, a imaginar el futuro, a dibujar sueños y a inventar historias ignorando cuánto añoramos de mayores esos ratos. Presumíamos que el mundo era enorme, y dentro de nosotros, en aquellas noches mirando al cielo, estallaba la energía, y el ardor de vivir y nos dibujábamos de mayores, y nos confesábamos las ganas de crecer. Y, a la mañana siguiente amanecíamos otra vez entre la escarcha y las tostadas, madrugaban nuestros sueños, íbamos corriendo a todas partes y, a veces, en un rincón, a solas, nos escondíamos y cerrábamos los ojos para soñar con otras vidas, todas aquellas que vivíamos a través de las historias que leíamos en los libros, que era nuestra única distracción. En aquella rutina estival, en aquellos días sin horas, que seguramente eran mucho más prosaicos de lo que yo soy capaz de recordar.

Ahora si puedo escribir esa fastidiosa redacción del verano. Ahora que los días no se deslizan a paso lento.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El futuro no conquistado


Desde que la pantalla del cine Capitol proyectó aquel fascinante holograma de la princesa Leila en ‘La Guerra de las galaxias’, siempre he soñado con que se hiciese real. Supongo que hoy se pueden hacer cosas más sorprendentes, sin embargo me queda el deseo de acariciar con mis propios ojos una imagen tridimensional colgada del vacío, suspendida en el aire.
Hace tiempo leí que ya era posible, pero que al parecer nadie le encuentra mucho uso. Yo no renuncio a tener mi propia máquina de fabricar hologramas, aunque solo sea para sentir que de verdad hemos alcanzado ese estatus futurista que profetizaron el cine y la literatura. La superación de 1984 y 2001 sin que se haya producido ninguna verdadera odisea en el espacio, en los hábitos y estética que nos pronosticaron aquellas películas, ha defraudado todas las expectativas que tenía depositadas en alcanzar un horizonte futurista que se asemeje a lo vaticinado.

Las espadas de luz siguen siendo de hierro y las guerras son un cuerpo a cuerpo en las calles de Siria. Los coches aún circulan por carreteras secundarias y no tienen alas para esquivar los atascos, los trenes penden de frágiles catenarias y tampoco nos alimentamos con píldoras nutritivas sino que la gastronomía se ha convertido en una ciencia.

Al menos nos queda otra de las ilusiones prometidas. Al parecer, el pasado mes de mayo, un grupo de científicos consiguió teletransportar un fotón de La Palma a Tenerife, a través de 143 kilómetros al aire libre. Tardaremos en poder hacerlo nosotros, pero el día que ocurra no nos hará más libres. Nos permitirá prescindir de los vuelos de riesgo en las naves basura de Ryanair, pero enseguida surgirá un organismo regulador del tráfico del teletransporte presidido por un antiguo consejero de una caja de ahorros y nos obligarán a pagar una tasa por aparecernos en el aeropuerto de Fabra. Lo peor será que nadie nos garantizará un aterrizaje con todas nuestras partículas. Nos perderán partes del cuerpo con la misma agilidad que ahora extravían maletas, cuadros o vergüenzas.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Dèja vu


El dolor siempre produce memoria. De los periódicos que he leído, solo esta frase ha capturado mi atención. La ha pronunciado el artista expresionista José María Sicilia que inaugura exposición en la galería de Soledad Lorenzo. No coincido con ella pero me ha hecho pensar, después de soslayar estériles debates Bolinaga, dubitativos rescates del naufragio económico que se demoran, la recurrente espiral independentista o las actualizaciones de los trinques de Urdangarín.

Creo que hay dolores que se olvidan y alegrías que permanecen inmutables en el recuerdo. Porque somos el resultado de esa singular convivencia entre los dos extremos emocionales. Podemos resucitar dentro de nosotros las lágrimas y la risa, aunque siempre hay quien se adhiere a una vocación pesimista que le lleva a torturarse evocando solo malos recuerdos. Roger Moore, por ejemplo, es de los que no olvidan el dolor. Lo acaba de demostrar, destrozando –de paso- la potente imagen de James Bond. El actor acaba de confesar que ha sido víctima de violencia conyugal porque su primera mujer le golpeaba con una tetera. Cuesta asimilar que 007 no fuese capaz de defenderse ante tan singular y británico ataque.

Dicen que somos capaces de almacenar en el cerebro el equivalente a diez billones de páginas de enciclopedia. Cada uno decide de qué, aunque la mente humana es caprichosa y recordamos con mayor facilidad cosas absurdas e inútiles antes que aquellas que nos esforzamos por retener. Yo, por ejemplo, creo que no podré olvidar esta anécdota de James Bond, por lo insólita que me resulta.

Los señores de prodigiosa memoria que citan y citan son un aburrimiento, porque repiten y no piensan, no fabrican sus propias reflexiones. La memoria, además, hace creerse listos a quienes la ejercitan, aunque la capacidad de almacenar información no garantiza que sepamos procesarla. Esto es, no nos hace inteligentes. Aunque el extremo contrario tampoco. La ausencia de memoria nos embrutece, nos coloca una y otra vez en los mismos abismos, los mismos puentes, los mismos bucles. Eso que, sin saberlo, nos hace reproducir una y otra vez los mismos escenarios, como el dèja vu permanente que nos tortura desde las páginas de la actualidad.

Hoy han descubierto una plantación de marihuana al lado de unas colmenas de abejas en Soba. Me parece que vamos a necesitar un poco de esa miel para resistir el invierno.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cicuta literaria


Luis Antonio de Villena dice hoy en El Mundo que todo personaje interesante es políticamente incorrecto, lo que condena al limbo del antónimo de la seducción a la mayor parte de los nombres propios de la actualidad. Villena se refiere a Houellebecq, sugestivo, insolente, vitriólico escritor que dibuja historias de fracaso con cicuta, amargas como esa realidad gris que nos atrapa en donde no habitan caballeros, ni héroes ni duendes mágicos, donde Esperanza Aguirre es una caricatura de la Thatcher y Sánchez Gordillo un esperpéntico Robin Hood.

Como en los escenarios de la derrota del escritor francés, uno de cada cuatro jóvenes españoles ni estudia ni trabaja, mientras 16,9 millones de trabajadores sostienen a casi nueve millones de pensionistas y seis millones de parados. La Seguridad Social recurre por primera vez en la historia a las reservas para pagar las pensiones. Descuartizan una ternera en Liencres para robar la carne. Y, por primera vez, los palestinos se han echado a la calle para manifestarse contra los recortes económicos, y no contra Israel.

La sombría y lánguida realidad que contienen estas píldoras nos enfrenta a un futuro incómodo que parece diseñado por la pesimista pluma de Houellebecq. Ahora que se ha descubierto cómo atacar a las células resistentes a la quimioterapia, ojala pudiésemos aplicar el método a los testarudos mercados financieros, inmunes a reaccionar con inyecciones de sentido común económico.

Empiezo a sospechar que remamos en la dirección contraria. El libre mercado no es un paraíso de oportunidades para todos, es solo un negocio para cuatro privilegiados. Más concretamente, para los quince clanes que controlan la bolsa española y para las diez multinacionales propietarias de todo lo que compramos en los supermercados, amén del oligopolio del petróleo o las industrias farmacéuticas.

Las páginas de `Las partículas elementales´ del provocador escritor francés han cobrado vida propia más allá de la imaginación del autor y de los ojos del lector. Ahí queda impreso el retrato del ocaso del pensamiento burgués y el fracaso de los sistemas que algunos –ingenuos o interesados- aún plantean como alternativa, como el lugar donde hemos sido felices y al que debemos volver. A sabiendas de que nos ha hecho naufragar. 

martes, 11 de septiembre de 2012

Los infelices


Hoy hace nueve años que prendí mi último cigarrillo. Me gusta no fumar, pero añoro el placer de hacerlo. Lo detesto y a la vez lo echo de menos. No se si me hace feliz fumar o no fumar.

En el ocaso del estío la Universidad Internacional Menéndez Pelayo ha reunido a expertos de todas las disciplinas para debatir sobre la felicidad. Al parecer, Bután fue el primer país del mundo que en lugar de utilizar el PIB para medir su prosperidad económica usó el indicador de la Felicidad Interior Bruta. Si después de la entrevista de Rajoy los españoles nos evaluamos con este parámetro confirmaríamos los peores augurios de Nietzche, que ya dijo que el ser humano está concebido para sufrir –en este caso- a manos de este desbaratado estado de malestar donde ayuntamientos como el de Barcelona llegan al extremo de cobrar la plusvalía a las familias que entregan su vivienda al banco para satisfacer la deuda de la hipoteca.

Aristóteles considera que ser feliz es ser humano en su plenitud y admite que hay personas que entienden la felicidad como placer mientras que para otras es alcanzar honores o conocimiento intelectual. Un cínico o un estoico defendería que ser feliz es valerse por si mismo, ser independiente. Y para un hedonista como Epicuro ser feliz es experimentar placer y evitar el sufrimiento.

Intelectuales, sabios, escritores y manuales de autoayuda coinciden en señalar que el altruismo provoca más felicidad que el egoísmo y que la riqueza por si sola no nos hace más felices. Dar es mejor que recibir y el dinero no produce felicidad. Pero nos empeñamos en cultivar infelicidad, en fertilizar la cuenta corriente para comprar bienes que únicamente nos producen una satisfacción efímera.