lunes, 8 de octubre de 2012

Un país no es una patria


‘Votar por mí es votar por la patria’. Hugo Chávez, el cuestionado líder venezolano, ha enarbolado esta aparatosa bandera nacionalista para enfrentar la batalla electoral finalmente vencida, que deja un país quebrado entre el amor y el odio a un personaje cuyas excentricidades, retirado Fidel, conquistan la atención mundial.

Chávez rubrica un ejercicio de absolutismo patriótico que capitaliza para si el concepto de nación, en una mímesis irracional que identifica patria y salvador en una única persona, que casualmente es él mismo. El único caudillo capaz de defender la patria, que no es exactamente lo mismo que el país. Viene a ser algo así como la tenue pero existente distancia semántica entre el pueblo o el vecino enfrentado al concepto de ciudadano.
Una patria es más que un país, porque es un pedazo de tierra capitalizado por unos patriotas imbricados en él por la fuerza de un golpe emocional –heredado o aprendido-, un laberinto de pasiones larvadas en unas constantes, unos símbolos que les hacen iguales. La patria es espíritu, que decía Maeztu.

Para otros existen los países, no las patrias. El territorio que habitamos entre veredas y océanos sobre un mapamundi donde unas isobaras invisibles trazan imaginarias fronteras administrativas que nos separa de otros países, por los que también deberíamos poder pasear sin sentirnos ajenos. Habitamos un espacio solo por casualidad y deberíamos aprender a huir del patriotismo de postal que nos ata a la tierra que otros defienden con ese ardor patriótico novelesco, extraviado, inútil y castrador.

Dicen que patriotismo es creer que nuestro país es superior a todos los demás solo porque nosotros nacimos allí. Aquí también algunos se dan golpes de pecho con ardoroso frenesí y quieren imponer que todos los ciudadanos de este país sean, además de eso, patriotas, invadiendo esa intimidad que nos les pertenece, que es el corazón. Un país no es una patria. Todo lo más un trozo de piel donde conviven ciudadanos con sus patrias chicas.
El economista inglés Henry George se preguntaba cómo se puede decir a un hombre que tiene patria cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo. Es una buena pregunta para todos. Para los que quieren conquistar la independencia y para quienes la frenan, ambos con idéntico ardor patriótico. A ver donde tenemos asiento quienes solo ejercemos de ciudadanos y nunca conseguimos billete en preferente. 

viernes, 5 de octubre de 2012

'Modular' a los políticos


El partido de Gobierno dice que el juez Pedraz es un indecente pijo ácrata, por afirmar que la clase política está en decandencia –si no lo estaba, ya lo está tras pronunciar estas descalificaciones ayer un diputado del PP-, y por no imputar a los cabecillas del 25-S que es, en origen, el verdadero problema de estos señores: Que el auto del magistrado no les ha dado la razón.

Las sentencias y pronunciamientos judiciales hay que acatarlos con independencia de la satisfacción personal que nos producen. Se puede discrepar de ellos, pero no con esos términos tan soeces, desacreditando al juez en vez de rebatir los argumentos del auto, porque se corre el riesgo de incurrir en lo mismo que se pretende denunciar.

Más grave es el hecho de que la crítica salga por boca de un señor –el diputado del PP Rafael Hernando- conocido ya por su comportamiento poco edificante, como puso de manifiesto cuando hace unos años, en 2005, intentó agredir a Rubalcaba al término de una comisión parlamentaria.

Pero lo realmente alarmante es que el vodevil pone en evidencia el escaso respeto del actual Gobierno por la división de poderes del Estado. Hasta tal punto, que el ministro del Interior y la delegada del Gobierno desde el minuto cero imputaron públicamente -por su cuenta y riesgo- de un delito contra las instituciones del Estado a los cabecillas del 25-S que, finalmente, el juez –el único que tiene potestad para hacerlo- dictó que no era tal, con una serie de argumentos que ahora se esconden tras esa alusión, probablemente poco adecuada pero a la vista está que certera, sobre la decadencia de la clase política.

Así, durante estos días, los poderes ejecutivo y legislativo –concretamente el señor Hernando, depositario de la soberanía nacional de la que tanto presume desde su escaño- han interferido con increíble y absoluto desparpajo en decisiones que atañen al poder judicial, sobre el que intentan influir con un descaro impropio de un país democrático.

Para aderezar aún más el sainete, la presunta defensora del Pueblo –también del Partido Popular- la ex ministra Soledad Becerril, se estrena pretendiendo actuar contra el juez. Lo que pone en evidencia que aún no se ha estudiado con el debido rigor las competencias de su cargo y, por tanto, desconoce que su deber es defender los derechos de los ciudadanos, no los intereses políticos del gobierno de turno o de la clase política.

En boca de Hugo Chávez, los calificativos intimidatorios que lanzó ayer el diputado popular al juez de la Audiencia Nacional, serían un escándalo internacional. Lo cierto es que coloca una vez más en el escaparate del ridículo y el descrédito a toda la clase política que hoy le aplaude con calculado corporativismo, puesto que todos naufragan en el mismo mar.

Guindos se cae del idem y dice ahora que España no necesita un rescate, el alcalde de Noja dice que su sueldo de dos mil euros es lo que cobra una asistenta, Roma prohibe comer y beber en las calles del casco histórico y los obispos se manifiestan por la unidad de España. Y, ojo, que lo mismo mañana 'modulan' a Pedraz y se acaba la rabia. 

jueves, 4 de octubre de 2012

El voto de Homer Simpson


Homer Simpson ha votado por Ronmey, porque la mujer de Obama es una fanática de las verduras –y al padre de Bart le repugna la comida sana- y porque, tras la polémica reforma sanitaria del actual presidente, el abuelo sigue vivo, ha explicado en el inicio de la nueva temporada de la serie.

Hay muchas explicaciones sobre el trasfondo mental que incita al voto. Pero muchos ciudadanos comparten la motivación de Homer: Votar contra lo que no les gusta, por descarte. Michelle come alcachofas y a mi me van los donuts, luego entonces voto a Mitt.
Con estos mimbres, esta desafortunada elección entre lo malo y lo peor, tenemos que ir superando etapas democráticas; aún a sabiendas de que nuestro voto no ha ido a parar a nadie en quién confiemos, sino a quien se muestra menos agresivo con nuestros intereses y convicciones. El ejercicio en las urnas sirve para reprender pero pocas veces para reforzar unas convicciones, excepto para un limitado ejército de convencidos y contribuyentes de la cuota militante.

Probablemente este singular sistema de selección es herencia e influencia de la propia conducta política, cuyos líderes apelan constantemente al ‘y tu más’ cuando son pillados en falta. Este método genera una pestilente pirámide de despropósitos, que equivale a entablar una estúpida competición por ver quién lo hace peor, y que es moneda de cambio común en el debate político, si es que aún se puede denominar así.

Dicen que nuestro cerebro está educado para escuchar solo lo que quiere oir, lo que contribuye a minorar la eficacia de los mensajes y campañas políticas. Así, los convencidos, por tanto, se tapan la nariz e intentan buscar en las filas de la competencia política, otra equivalencia, otro ejemplo, que huela igual de mal o peor.
El resto de ciudadanos no siempre realizamos un escrutinio intelectual. Más bien nos conformamos con contribuir a que determinados partidos se alternen en el poder, fruto del desencanto que nos hace percibirlos como iguales. E incluso cabe la posibilidad, de que si ningún partido político nos ha provocado suficiente indignación como para votar a su contrario, simplemente nos quedemos en casa y optemos por la abstención, ignorando que también es una fuerza decisiva por lo que de alguna manera estamos manifestándonos en contra de nuestra voluntad.

No se por qué presumo que en esta ocasión las elecciones norteamericanas se decidirán por este primario sistema de selección. Porque los ciudadanos progresistas no tienen opciones, ni candidato que les represente. Nadie ajusta cuentas a Obama de su verdadero fracaso, que no es la economía, ni el seguro médico, sino su rotunda traición a los valores que le hicieron presidente hace cuatro años, y que le condecoraron –a la vista está que con demasiada ligereza- con la ejemplar medalla del Premio Nobel de la Paz, galardón que ha deshonrado sin sonrojo y sin consecuencia política alguna, que es tal vez lo más pasmoso.

Aspiró a cambiar el mundo con las palabras. Hasta que ganó las elecciones y salió a reducir ese acerado corazón de barras y estrellas que –casi- todo patriota norteamericano lleva dentro. Ese otro Obama –muy distinto al cálido y didacta defensor de los derechos humanos- que tuvo la sangre fría de ordenar y ver en directo el asesinato del terrorista Ben Laden. Lo que, por desgracia, le convirtió en su igual. En una persona que renuncia al estado de derecho para librar las batallas con la violencia de sangre y fuego que tanto parecía abominar.  

Obama confundió la justicia con la venganza. Asesinó al terrorista, en lugar de detenerle y juzgarle. Y ahora amenaza con abundar en el error en un nuevo escenario. Prometió justicia para el embajador estadounidense asesinado en Libia por el grupo Ansar Al- Sharia, simpatizantes de Al Qaia. Pero en realidad planea ejecutar una nueva venganza con sello yanqui, y prepara un conjunto de represalias por el atentado. Un plan del Pentágono y la CIA que incluye bombardeos con aviones sin piloto.

Cuesta asimilar que la ciudadanía estadounidense, aún adormecida por la promesa incumplida del sueño americano, no se haya despertado del encantamiento para exigir, con la contundencia que la acción merece, responsabilidad al pacifista y Nobel Obama que ha jugado a la guerra con más determinación y encono que George Bush –padre e hijo-, quienes con sus aventuras militares se limitaron a cumplir lo que ya avanzaron en sus promesas electorales, por muy deplorables que fuesen sus acciones.

En realidad, a la hora de votar muchas veces no buscamos razones sino excusas. Por eso habrá quien siga confiando en Obama, fingiendo que su oponente es peor. Tal vez, a falta de una opción mejor, voten lo que voten, estarán equivocándose. Eso sí, de forma absolutamente democrática. Y como dice Paul Auster, para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión. Y es, a la vez, el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás, en palabras del archicitado Churchill. Eso sí, Homer Simpson corre el riesgo de que le gobierne el marido de una fanática del brócoli.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Mar de otoño

He madrugado y estoy en Castro. Pisando la arena fría del otoño que parece salir de ese mar gris infinito cuyo final me entretengo en imaginar. Soy la primera que estropeo la tersura de la arena planchada por la maquina de la limpieza, mientras las olas se apagan con suavidad conquistando cada vez mas playa. Me salpican algunas gotas frías de ese mar que se abraza a la arena y que en cada batida se va acercando mas a mis pies.
No hay nada que perturbe este paisaje, lejos de su estampa bulliciosa del verano, que ahora poseo para mi sola y cuya humedad y frío me van penetrando, haciendo que olvide por que he venido hasta aquí.

Camino a la vera de este mar hoy tranquilo, que se mece con suavidad sobre mi solitario paseo, que ruge con animo desmayado y que se confunde con un cielo gris que hoy no despertó al amanecer.
La sensación del frío en mis pies desnudos me hace andar ligera. Me desprende del ruido y me atrapa. Siento la necesidad de fundirme en el, de provocar una sensación sobre mi cuerpo acostumbrado al calor. Nadie sigue mis pasos. Nadie sabe que estoy aquí, aunque cualquiera podría estar recorriendo mis pasos con su mirada, detrás de una de esas ventanas que miran al mar.
Aun así siento que mi intimidad esta protegida. Porque no necesito dar saltos, ni gritos, ni competir contra mi misma en carreras estúpidas. Solo voy a dejar los zapatos en la orilla y caminar abriendo un sendero entre este mar que se me echa encima, que me recibe con suaves abrazos de espuma, solo quiero dejarme mecer por su vaivén helado que despierta y sacude mi cuerpo antes dormido bajo la ducha caliente.

Nado hasta el extremo de la playa, rodeando las puntiagudas rocas entre las que se cuelan las olas dibujando entretenidos laberintos de espuma. Una gaviota impertinente quiebra el silencio de este amanecer sin colores y sin luz. Es miércoles. Nadie planea nunca empezar una nueva vida en miércoles. Pero las cosas siempre suceden de manera imprevista, en los momentos y en los días grises del calendario.

Hay alguien que me mira. Alguien que ha caminado en paralelo a la sombra de mis huellas sobre la arena. Me basta un vistazo rápido para comprobarlo. Escucho detrás de mi sus brazadas enérgicas, que aplastan con determinación la lamina de agua sobre la que yo ahora floto en silencio. Sus zapatos descansan en la arena, a pocos metros de los míos, perfectamente colocados, con las puntas mirando al mar. Los míos me esperan al revés, esperando ser calzados para despedirse de la arena y caminar en otra dirección.

De repente me siento molesta. El desconocido se acerca cada vez mas, y estoy cansada de resistir el afán del mar por empujarme a las rocas. Necesito volver. Me giro con determinación y el mar me responde con una ola mas fuerte que nos desnuda a la mirada del otro, que nos deja frente a frente escupiendo el agua que nos ha vencido. Alguien grita desde la orilla. Un señor con un perro que corre en círculos y ladra con escándalo pregunta si necesitamos ayuda. Ninguno de los dos contesta. En un ataque de verdadera estupidez femenina me preocupo por como tengo el pelo.
Otra persona emerge de las rocas y saluda con el brazo en alto, entablando una ruidosa conversación con una señora que desciende a paso ligero y con ropa deportiva la ladera verde que cuelga sobre la playa. El mar y el cielo se despiertan y comienzan a separarse en el horizonte, y cada uno se viste con un color diferente. A la carretera antes silenciosa se asoman ahora mas coches, cuyo ruido empaña el rugido del mar, que ahora suena con menos vigor. Alguien sacude una alfombra desde el quinto piso del edificio frente al que nadamos. Volvemos juntos a la arena, despacio, mientras se despiertan las persianas de los edificios y la playa se va llenando de corredores en pantalón corto. El mismo mar que antes me llamaba, ahora me expulsa con una rabiosa sacudida de espuma. Nos miramos de reojo mientras intentamos secarnos. Espero que no perciba que lo estoy haciendo con un floreado pañuelo de cuello que luego escondo en el fondo del bolso.

Ya no puedo volver sobre mis pasos, porque estos se confunden ya con una decena de pisadas. No me despido del desconocido, con quien no he cruzado palabra. Abandono la playa con paso ligero y en el baño de la primera cafetería que encuentro intento limpiar mi piel de pegamento de salitre que ahora, seco, me resulta molesto. Me lavo la cara y me seco el pelo con el aire del secador de manos. Me pongo colorete y me aplico la barra de labios frente a un espejo desconchado y ahumado, que afortunadamente no me devuelve un reflejo muy nítido.
En dos minutos llego con tiempo de sobra a la cita. Me pido un cafe. Abro el periódico y lo vuelvo a cerrar. Pienso en los políticos dando sus ruedas de prensa; en el rescate; en Cifuentes, que habrá madrugado mas que yo para retocarse el rubio en la peluquería; en el nuevo escandalo político en Valencia; en los contenedores inteligentes de basura de Santander, hasta en los mercados financieros. Absurdas preocupaciones que no existían dentro del mar.
Llega mi cita, un compañero de la facultad con su cliente que me tiende la mano. Agradezco que no intente besar mi cutis salado. Le acerco la mía con energía y ambas se funden en un cálido abrazo que huele a mar. No nos atrevemos a mirarnos durante el resto de la reunión. Hablamos como dos extraños, representando cada uno nuestro papel.   En lugar de solucionar el asunto que nos ha traído hasta aquí, ambos coincidimos en convocar una nueva reunión. La semana próxima. Aquí, abrazada al mar de Castro en otoño.

martes, 2 de octubre de 2012

Bendito sea el caos


Hay que ver lo que nos hemos reído en este país de Berlusconi, cuando cambiaba las leyes a su antojo para superar ilegalidades. Ahora que ya somos como aquella Italia de pandereta, me temo que no nos hace tanta gracia. El Gobierno español coincide con Putin en que Rusia y España tienen demasiada libertad de expresión. El líder ruso ya está corrigiendo el vicio limando con dureza, desde hace años, cualquier intento de excesiva democracia. Tan equivocado está el libre albedrío del pueblo que ha tenido que intervenir para forjar un resultado electoral favorable a su persona.
El Gobierno de Rajoy –o al menos su portavoz para asuntos internos, la delegada Cifuentes- ha advertido hoy que sopesa hacer cambios legales para ‘modular’ el derecho de manifestación. Porque, al parecer, es la única manera de legalizar los métodos represivos que obliga a utilizar a la policía en las concentraciones contra el Gobierno.

Fue Noam Chomsky quien dijo que si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en ella para nada. Ahora que ha tocado poder, Cifuentes cree que la Ley es muy permisiva con el derecho de reunión y manifestación que disfrutó para sí cuando ejercía la oposición. Pero ya lo advirtió ayer Lassalle. Según su teoría, las leyes están por encima de la voluntad del pueblo, y también por tanto de la de esta señora.

Aún así, resulta sorprendente el protagonismo de la delegada del Gobierno en Madrid que, por la soltura con la que se conduce y los silencios de Rajoy, parece haber tomado las riendas del país. En realidad es como un tres en uno, porque además de su cometido parece capaz de fagocitar las competencias de los ministerios de Interior y Justicia. Al menos solo cobra un sueldo, no como Cospedal y su obsesión por no pagar a los diputados mientras ellas percibe tres salarios y enchufa al marido en un consejo de administración.

Legislar a la medida de los intereses políticos del gobierno de turno –en este caso para intentar reprimir manifestaciones- no es precisamente democracia. Son prácticas abusivas que tienen cabida en otro tipo de sistemas políticos o, cuando menos, que evidencian un notorio deterioro del mismo. El efecto, además, es contraproducente. Obligará a los ciudadanos a sumar una nueva causa para salir a la calle.

Lo que es terrible es que los fanáticos dibujen los límites de la libertad de expresión. “Bendito sea el caos, porque es sinónimo de libertad”, decía Tierno Galván. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Los que aplaudimos poco


Precisamente hoy que ha muerto el historiador Eric Hobsbawm ya es urgente resucitarlo. Para corregir la equivocada ligereza con la que José María Lassalle, el peón ministerial del amargo ministro Wert, hoy, en una tribuna de opinión, censura y desacredita las manifestaciones ciudadanas que su partido ha disuelto a golpes, muy lejos del talante democrático que predica para protegerse de ellas.

Cuando, por mucho que se ha leído y memorizado, se confunde la mayoría absoluta con el absolutismo es normal que el señor Lassalle defienda que los ciudadanos (pueblo, lo llama él) únicamente puedan abrir la boca cada cuatro años en las urnas, donde con frecuencia se les da a elegir entre lo malo y lo peor.
En esos periodos valle, de cuatro años de legislatura, no podemos protestar, ni exigir dimisiones –como por cierto hacían ellos, día si día no, con el anterior Gobierno socialista-, ni manifestarnos contra las instituciones del Estado, ni discrepar de sus decisiones. Estamos obligados a ejercer de mudos espectadores, ese es el concepto de la democracia participativa que se ha forjado Lassalle en sus horas de biblioteca.

La voluntad del pueblo –sostiene- no está por encima de las leyes. La frase queda muy redonda, mientras se pase por ella solo de puntillas. Porque, en realidad, a su vez las leyes emanan de la voluntad del pueblo. Aunque, en realidad, las leyes las hace y deshace a la medida de sus intereses el gobierno de turno y algunos, como el suyo, a golpe de decreto ley, sin ni siquiera permitir que se debatan en el Parlamento, que es ese sitio tan respetable que custodia la soberanía popular, que a su vez les sirve de escudo para justificar que son intocables. Demasiada subordinación de conceptos concatenados para un político, Lassalle, que formula ecuaciones más simples a la medida de los intereses políticos que representa, en un nivel muy inferior –es una lástima- a su alcance intelectual.

Apocalípticamente, teme –así-, el joven profesor, que la masa “derribe la arquitectura institucional que sustenta nuestra civilización democrática”; lo cual es una pretensión demasiado petulante porque, además, de eso ya se están encargando el ministro del Interior, el responsable de la Policía y la delegada Cifuentes, con su bochornosa y escandalosa represión de la libertad de expresión reflejada en el escaparate de los medios internacionales.
Se lamenta, además, el secretario de Estado, de que los políticos sean caricaturizados como una casta parasitaria. Resulta difícil rehuir el calificativo cuando se piensa en el clan de los Fabra –padre y Andreíta-; el alcalde de los Rolex, el ex diputado Bárcenas, el Camps de los trajes, la familia Gurtel, los escándalos de Matas, los viajes y cenas de Dívar, las cacerías en África, los ERES fraudulentos, el agujero de Bankia, la ministra ama de casa que nunca cotizó a la Seguridad Social, el ministro de Leman Brothers… y así en un lamentable y crispante infinito –muy democrático, eso si- donde muchos de los representantes de los ciudadanos hibernan treinta años –como Esperanza Aguirre-, y se van con el futuro resuelto en forma de pensiones o sueldos vitalicios, sin que penalicen las chapuzas realizadas.

Se cuestiona la política representativa, clama Lassalle. No. Se cuestiona a los políticos que nos representan, que es otra cosa. “Podemos cuestionarnos y echar abajo todo lo bueno que ha traído la democracia”, sentencia al final. Podemos cuestionarnos –señor Lassalle- y echar abajo todo lo malo, que de eso se trata.

Hobsbaw decía que a la democracia se la utiliza para justificar las estructuras existentes de clase y poder. “Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el Gobierno, somos legítimos incluso para lo que no nos votaron”, formula.

Contra el apocalíptico Lassalle, el mensaje de Hobsbaw. El mundo necesita recuperar los valores de la Ilustración, para afrontar el futuro. Aquellos que creen en el progreso humano, de toda la humanidad, a través de la razón, la educación y la acción colectiva. Porque sin desobediencia civil, en Estados Unidos los negros seguirían viajando en la parte trasera de los autobuses. 
Lo que nos pide Lassalle es imposible; que traguemos y miremos para otro lado. Eso si que no soluciona nada más que su futuro político.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Esperando un milagro


Hoy un bioquímico explica cómo deconstruir un huevo en el taller ‘De yema a clara’ que, contra lo que podría sospecharse, no organiza la asociación gastronómica Pantagruel, sino el Instituto Cervantes. Ayer, el Gobierno de España también cocinó un inquietante Real Decreto que concede la Gran Cruz del Mérito a la Virgen del Pilar. Una condecoración que premia las acciones o conductas de extraordinario relieve y que, por tanto, se supone que se otorga por anticipado a la ‘pilarica’, para que se anime a rescatarnos antes que Europa. 
Eso si, con algún milagro financiero más efectivo que la austeridad que nos asfixia; aunque el dinero en España todavía da para subvencionar con 900.000 euros a las fundaciones de los partidos políticos más votados –pp y psoe- por divulgar valores democráticos. Como los que hemos visto estos días en Neptuno y el aberrante asalto armado a la estación de Atocha, películas que deberían aspirar a la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.
Aunque, ahora, ventajas para los tahúres, las pérdidas del casino o de la Bolsa se podrán deducir del IRPF, medidas que benefician a los pobres especuladores bursátiles que ya no se hacen tan ricos por sesión como antes, y a los pobres infelices que no tenemos valores, para que nos lo juguemos en Eurovegas con más ligereza. Y para entretener la espera hasta que Fomento nos ponga la primera piedra del AVE en el 2024, cuando la ministra Pastor haya comprendido el error de volver a resucitar un proyecto –nunca mejor dicho- que circula por una vía muerta. 
Esta semana también resucitó Ramontxu -que es un clásico de la Navidad como la empanadilla de Martes y Trece- y se puso la capa para adelantar la Nochevieja, que se celebró ayer en el otoño de Madrid, sin uvas ni cuartos, para conmemorar la llegada al mercado del nuevo Iphone 5 que, dada la fecha, no ha podido estrenarse en directo con una llamada a Encarna desde Móstoles, que es lo único que faltaba en esta sucesión de extravagancias.
Dicen que en este país, los ricos hablan de austeridad, la monarquía de justicia y la iglesia de sexo. Ayer alguien decía en Twitter que Google y Hacendado dominarán el mundo. Que se den prisa, que esto se acaba. 
Parafraseando a Mark Twain, de todas las cosas que ha perdido España, la que más se echa en falta es la cordura.

jueves, 27 de septiembre de 2012

La tentación de la Gran Manzana


Si es usted presidente de España, del Partido Popular y algo sosito debe extremar las precauciones cuando viaje a Estados Unidos, porque puede sufrir alucinaciones, ofuscamientos, delirios de grandeza y dismorfia muscular, también llamada vigorexia. Todo empieza fumando un puro, y a partir de ahí se suceden una serie de catastróficas desdichas.
Ayer Rajoy cayó en la tentación de la Gran Manzana y asomó a sus labios un generoso habano, mientras los indignados españoles volvían a tomar la calle. Esta falta de tacto y oportunidad confirma que puede haberse activado ya la mutación del registrador de la propiedad gallego; mutación que ya sufrió Aznar cuando ejercía de meritorio para el trío de Azores.

La precuela de esta comedia política tiene su origen en el deslumbramiento de Aznar acontecido tras pisar suelo americano, cuando también se fumó un puro con los pies en la mesa con el entonces inquilino de la Casa Blanca, George Bush. La desatinada postal fue el inicio de una delirante sucesión de gags y monólogos que ya quisieran para si los guionistas del show de Benny Hill, si continuaran produciendo una serie tan casposa. Aznar mutó. Acostumbrado al glamour de Oropesa, fue fulminado de inmediato por el oropel yanqui y dejó atrás a josemari –un gris funcionario de provincias- para refundarse en mister Aznar, como antaño su padre político Fraga hiciera con su propio ideario.
Fue un viaje apasionante para los atónitos electores españoles, un fenómeno de transfuguismo físico y mental inédito. Estalló un fenómeno, un superhombre. Viajó del yo al superyo, y lo superó con creces hasta fortalecer el superego del que presume en la actualidad. Se le disparó la autoestima por encima de la prima de riesgo, hasta tal punto que no dudó en expresarse –para regocijo internacional- en un ridículo acento tejano convencido de que realmente estaba hablando inglés. Invitado por unas bodegas, confesó -un poco piripi- que le gustaba tomar dos copitas de más cuando conducía a la velocidad que le daba la gana. Presumió ante Bush de correr diez kilómetros en cinco minutos veinte segundos. Se tatuó una tableta de chocolate en el cuerpo, a un ritmo de dos mil abdominales diarias. Se volvió una ratita presumida, cultivó una descuidada melena y se adornó con pulseras, en su frenética búsqueda de una nueva y –sobre todo- extravagante identidad; que llegó a su cénit en el congreso de Valencia que debía consagrar a Rajoy, cuando irrumpió exhibiendo moreno y un desenfadado vestuario, chocando palmas y agitando su melena con más frenesí que la rubia de los limones del caribe. Fue su momento de éxtasis.

Esta es su cara más inofensiva porque mister Aznar vivió su sueño americano, como ayer empezó a hacer Rajoy, hasta sus últimas consecuencias y nos llevó al fracaso y al dolor de una injusta guerra en Irak cuyas secuelas aún padece el desangrado país. Hay algunos apuntes incluso más miserables, pero nada importaba porque España era una, y fuerte económicamente, ¿a qué andar con remilgos morales?
Aznar ha vuelto. Reencarnado en Mariano. El juguete roto de la guerra de Irak lo designó sucesor a dedo, y eso imprime una huella. Como su mentor, ya ha aspirado las mieles del habano en suelo yanqui y ha creído rozar las estrellas de la enseña norteamericana. Tranquilos, que la mayoría silenciosa está en casa. Eso mismo pensó Aznar de las manifestaciones contra la guerra de Irak, y Nixon –que inventó el ya manido término ahora rescatado por Rajoy- de las protestas de Vietnam. Todo empieza así, cuando dejan de escuchar. Cuando se dejan seducir por delirios de grandeza. Cuando imponen. Cuando se esconden detrás de la policía.

La inmensa mayoría de los españoles no se manifiesta. Tampoco la mayoría de los españoles votó al Partido Popular. Solo lo hicieron 10.830.693 que, por cierto, han sido estafados con el programa electoral. Y a lo mejor no se atreven a salir a la calle por miedo a la feroz represión policial que hemos visto por televisión, aunque el Gobierno lo niegue. Lo dijo Groucho Marx: “¿A quién va a creer usted? ¿A mi o a sus propios ojos?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El otoño español


Mariano Rajoy decía anoche en la ONU que en España vivimos una difícil pero exitosa transición a la democracia, mientras el auditorio contemplaba atónito desde sus tabletas y móviles las imágenes de la represión policial frente al Congreso en Madrid. “Nuestra experiencia puede ser útil para los países de la primavera árabe”, continuaba el gran líder, sin darse cuenta de que en esos momentos la plaza de Neptuno parecía la plaza Tahrir, en un conflicto con repercusión internacional en manos de la reconocida habilidad como mediadora de la delegada Cifuentes, quien ya había criminalizado de antemano a los rebeldes y había cercado el congreso con un ejército de policías. Como manda la tradición, Neptuno solo puede ser invadida por los hinchas del Atlético de Madrid.

Pero mientras Cifuentes y Cospedal frenaban el intento de golpe de estado de los indignados, su jefe de filas y presidente nuestro, el señor Mariano, ni siquiera estaba en España defendiendo el fuerte. Sino a miles de kilómetros defendiendo ante la ONU la Alianza de Civilizaciones de ZP que tanto denostó. A ver si al final el ataque a la democracia no fue para tanto.

En todo caso, de nada sirven las constantes apelaciones a la confianza de los mercados si el mundo se desayuna con escenas tan deplorables como las de ayer en Madrid. De nada sirven las visitas del rey a los editores del New York Times. Pretender que en España la gente no busca comida en las basuras, es una soberana necedad. No son un secreto las colas a la hora del cierre de los supermercados, cuando los empleados vacían fruta podrida y productos caducados en los contenedores. Ni las esperas en la cocina económica. Que no pase en los mundos de Yupi que algunos políticos habitan, no significa que no exista.

Pero hay algo más preocupante que la propia imagen internacional. Es la quiebra del derecho a la libertad de expresión que se restringe, se criminaliza, se cercena, se mancilla y se desacredita. Los ciudadanos indignados tenemos derechos y dignidad; los mismos derechos y la misma dignidad que Cifuentes, Rajoy y Cospedal cuando se paseaban con los obispos por la plaza de Colón, en aquellas multitudinarias concentraciones a favor de la familia. Aquellos tiempos en los que las calles de Madrid eran elásticas y se abrían las avenidas como las aguas del Mar Rojo para permitir el paso de un millón de manifestantes. Donde ahora, misterios insondables, solo caben seis mil.

Lamentablemente, la policía está demasiado ocupada en sofocar protestas ciudadanas. Ayer, en Reinosa, un señor y su hijo llegaron a casa y se tropezaron con cuatro atracadores que les hicieron frente. La Guardia Civil tardó en llegar cuarenta minutos. Por supuesto, los malos huyeron. El día anterior otro vecino reclamó sus servicios cuando se encontró su casa también desvalijada. Telefoneó a las doce de la noche y llegaron a las ocho y media de la mañana. Tenemos claras cuáles son las prioridades.

Pero los políticos solo quieren aplausos, y no aceptan los abucheos con la misma deportividad. Nos hemos escandalizado de que Putin haya metido en la cárcel a las Pussy Riot, pero aquí vamos a juzgar a seis personas por insultar al ministro Wert cuando visitó la Menéndez Pelayo, y un juzgado ha condenado a una accionista del Igualatorio Médico a pagar seiscientos euros por llamar al director general sinvergüenza, que es sinónimo de frescales o insolente.
En el Congreso superan la categoría de este epíteto cada dos por tres, y no digamos en los programas deportivos. Y, la verdad, cosas peores nos ha dicho Andrea Fabra desde el escaño y ahí sigue, con sus cinco mil euros mensuales, su ipad, su iphone, su conexión a internet gratis y una tarjeta con tres mil euros anuales para gastarse en taxis. Como para permitir que un indignado en camiseta y chanclas la levante del sillón de la democracia. A esta no la destierran a Canarias, como a la periodista ciega que no vio la Diada.

martes, 25 de septiembre de 2012

Churros con queso


No se qué es más raro, que un juzgado haya condenado a un sindicalista por tránsfuga, que los chinos coman los churros con queso, que Mitt Romney sugiera que se puedan abrir las ventanillas de los aviones, o que en Cantabria se organice un torneo de golf que se llama ‘Cari cari’, pasarela de Pololas y Pitucas.

Me temo que todas estas referencias de la actualidad enhebran un inquietante relato que evidencia que nos enfrentamos a una realidad deconstruida, como las tortillas de Ferrán Adriá y los esperpentos de Valle-Inclán. Como nuestro particular Ecce Homo, ese rostro deformado del ángel pétreo, ahora descubierto por una mirada indiscreta, que toca la lira en el cielo del Casino de Santander con inacabada expresión, como si acabase de leer en el periódico que hemos gastado cuatro millones de euros y tres años de trabajo para descifrar el genoma del melón. O que el CSIC, junto con la Politécnica de Valencia, ha logrado producir geranios sin polen, para que no estornuden los alérgicos.

Después de esto, se puede digerir sin dificultad que Rajoy se gastase mil euros en una cena durante la Eurocopa, o que el marido de la Delegadísima de Madrid está en busca y captura –en ignorado paradero- porque se le reclama una deuda de más de 45.000 euros.

Cada semana diez familias cántabras pierden su casa por no poder pagar la hipoteca, mientras ven en la televisión como en Marte ya aterrizan más aeronaves que en el aeropuerto de Fabra en Castellón.
Los científicos siempre han tenido la esperanza de encontrar vida inteligente fuera del perímetro de la Tierra. Aquí dentro han dado por zanjada la búsqueda sin resultados dignos de mención. Las intervenciones políticas de Andreita Fabra y las televisivas de Belén Esteban han reforzado esta certeza. Y lo corrobora el afán de Romney por abrir la ventanilla del avión.

Inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer, dijo el psicólogo suizo Piaget. Y ya se sabe que en la sociedad actual estamos todos muy ocupados.